Día 0 – Ya empezó la distancia

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Prólogo a la primera entrada de blog

Empezar por el principio. No sé cuál es la mejor forma de comenzar un diario de viaje. No sé si es con agradecimientos para las personas que nos ayudaron a concretarlo (familia, amigos, compañeros de trabajo, desconocidos) o agradecer a los astros que se alinearon para que esta aventura ya esté en marcha.

Tal vez también se pueda comenzar con una breve descripción emocional de lo que se siente. Quizás es buena idea hablar de la alegría que se siente cuando uno está por cumplir un sueño. O de los nervios por asumir que durante algunos meses vamos a desaparecer de nuestras coordenadas cotidianas.

Pero si empiezo por el principio me sale hablar de un niño que soñaba con subirse a un avión y volar de un punto a otro del globo. Para así experimentar en carne y hueso, por ejemplo, lo que implica volar a lugares donde son otros los usos horarios. O volar para saber si es posible mirar por la ventanilla y ver a las personas tan pequeñas como granos de arroz. Ni hablar de volar para contemplar accidentes geográficos o la inmensidad de los océanos.

También aquel niño deseaba volar porque, intuitivamente o no, asociaba los vuelos en aviones con enriquecimiento espiritual. En aquel mundo infantil los aviones eran los artefactos que permitían llegar a otras culturas que, en tiempos donde no había internet, eran la única vía de acceso a mundos distintos.

Claro que aquel niño que se maravillaba con los aviones soy yo. Y que en 2011 alcancé el sueño de volar y cruzar el Atlántico. Pero ahora es distinto y el sueño también se completa con la diversidad cultural en la que estaré inmerso. Digamos que, para ser gráfico, cumpliré el sueño de visitar las tierras donde los ojos de la gente rompen con la forma a la cual nos acostumbramos en occidente.

Además, por si fuera poco, aquel niño también podrá cumplir el sueño de dedicarse a escribir sin tener otras actividades que se lo impidan. Por eso este viaje tiene tanta carga de aviones como de autorrealización.

Así que es momento de aprovechar y liberarse al destino de lo que por el momento desconocemos. Llegó la hora de escribir.

***

Estamos en el aeropuerto de Santiago. Aterrizamos hace una hora. Siento la necesidad de escribir. No logro descifrar si lo necesito porque, luego de tantos meses de planificación, por fin nos tomamos el primer avión de esta travesía; o porque es una vía de liberación.

Es probable que sea una mezcla de ambas cuestiones. Hasta hace pocos días, cuando conversaba con amigos sobre lo que se venía, yo resaltaba que el proceso previo estaba aislado en los confines de mi cabeza pero no llegaba a sentirlo a nivel físico. Es decir, me llamaba la atención que mi cuerpo no acusara los síntomas de ansiedad y nervios que yo suponía naturales a cualquier víspera de un viaje maratónico. Pero en los últimos días esos síntomas aparecieron. Durante la última semana, en la que pasé encerrado en casa, saliendo sólo una o dos veces por día por cosas puntuales o para comprar víveres y coca light, sentí alteraciones en mi apetito, calambres en las pantorrillas y movimientos involuntarios en el estómago.

Si bien esas sensaciones físicas me causaban incomodidad y molestias porque tenían una contrapartida psíquica donde por momentos se reflejaba en mi mal humor que, alternado con los momentos de alegría por estar cerca de la partida, me hacían dudar respecto a sí padezco algún nivel de bipolaridad.

El punto máximo de estas alteraciones físicas llegó en las últimas cuarenta y ocho horas. Primero con manifestaciones de insomnio: dormí siete horas entre el jueves y el sábado. Luego con las inexistentes ganas de comer. Hoy a la mañana desayuné sólo una taza de café y la primera comida del día fue el sanwich de jamón y queso más un bombón que nos dieron a mitad del vuelo.

No sé escribir críticas del servicio abordo de los aviones y mucho de menos de infraestructura aeronáutica. Apenas me suenan las marcas Boing y Airbus como los grandes contrincantes en la arena de la aviación. Pero hoy fue la primera vez que viaje en la línea de asientos que se ubica junto a la puerta de emergencia.

La principal diferencia con otros asientos es que, antes del despegue, un integrante de la tripulación tiene el deber de entregarle al pasajero allí ubicado un formulario con los requisitos físicos y legales para poder usar esos asientos.

El hecho nos pareció un tanto gracioso y no pudimos cumplir con el protocolo burocrático de aceptar esos asientos (con las obligaciones emergentes) sin antes soltar algunas sonrisas en la cara de la azafata.

Otra cosa que aprendí de las puertas de emergencia de los aviones es que son frías. No sé si es por el aire acondicionado o por el sistema de ventilación pero todo el tiempo hay una corriente de aire que enfría hasta al cristiano más caliente. En cierto momento Griselda no aguantó más esa corriente y pidió una frazada. La azafata respondió que en los tramos cortos no ofrecen frazadas y que ese es el punto flaco de ir cerca de la puerta de emergencia.

Además de los requisitos y del frío, encontré que en esos asientos el avión pega unos cimbronazos que me hicieron acordar a los viajes en el ómnibus 494, en Montevideo, que se sacuden violentamente si uno viaja en la zona del pasillo que está justo sobre las ruedas traseras.

Si bien cuando apoyé la cabeza en el respaldo del asiento el sueño apareció, me enganché con el documental Amy, justamente sobre Amy Winehouse.

Para el que nunca viajó en avión les cuento que en la parte trasera del respaldo de los asientos hay monitores donde los usuarios pueden ver películas, seguir la ruta de la aeronave, escuchar música y consultar ofertas de freeshop.

A mi gusto el documental ventila intimidades de Winehouse que no aportan nuevos elementos a lo que ya se conoce de su complicada vida privada dominada por los narcóticos y las relaciones intensas. De todas maneras, por tratarse de una persona con un registro vocal “de puta madre” y una fuerza creativa arrolladora, el documental despierta interés y sirve también para señalar las mezquindades de su padre en su afán de potenciar las finanzas y las ventas discográficas.

Así que, mal o bien, terminé con ganas de escucharla. Y eso es lo que importa.

***

Ahora ya estamos en el avión que nos lleva a Auckland. No sé exactamente qué hora es. Supongo que estamos a mitad de camino, sobrevolando el Pacífico. Es mi primera vez que cruzo este océano. Dado que me desvelé, decidí abrir la computadora y agregar texto al diario.

La escala en el aeropuerto de Santiago fue de unas ocho horas. Para hacerlas más llevaderas fuimos a una sala vip que nos costó cuarenta dólares por cabeza. Igual, a pesar del precio que puede sonar alto, el servicio rindió porque además de la canilla libre teníamos sillones cómodos para descansar, canilla libre de bebidas y snacks y, lo más importante: wifi con buena velocidad.

Dediqué casi toda la espera a tratar de recuperar el sitio web que diseñé específicamente para usarlo como blog de viaje. Tuve la mala suerte de que lo hackearon apenas lo subí al servidor y lo infectaron con lo que se llama un malware de redireccionamiento. Esta infección provoca que cuando alguien ingresa a la dirección del sitio web, es redirigido a otros sitios, por ejemplo de contenidos pornográficos.

En el aeropuerto nos encontramos con Rafa y Virginia. Con ellos compartiremos los primeros diez días de viaje en una motorhome que nos permitirá atravesar Nueva Zelanda de sur a norte. Ellos llegaron después por lo que tuvieron una espera menor, a lo sumo tres horas. Ahora están durmiendo sentados en la última fila de asientos del avión. Por el momento no roncan.

El incidente del hackeo me amargó un poco porque le dediqué varias horas al diseño del blog con la idea de que el contenido estuviese acompañado de una estética que lo destaque. Además que no quería empezar el viaje y tener que resolver problemas técnicos. O sea, mi deseo era dedicarme únicamente a escribir y no a diseñar o programar. Pero bueno, aún no tuve la solución así que cuando llegue a Nueva Zelanda también continuaré trabajando en eso.

A raíz de esto me di cuenta que en algunos temas soy muy quisquilloso. Tiendo a hundirme en los detalles y eso juega en contra, por ejemplo, del tiempo que destino a la vida social. Cuando al comienzo de este post comentaba que había pasado encerrado era en relación a esto. Estaba trabajando para que mi blog fuera tal cual como lo tenía pensado.

***

En la primera parte de este vuelo vi The Walk la película de Robert Zemeckis sobre lo que hizo el francés Philippe Petit en 1974.

Si estos datos no dicen mucho, agrego que este acróbata fue el que, en ese año, cruzó las Torres Gemelas de Nueva York haciendo equilibrio sobre un cable de acero. El documental sobre este mismo suceso, si no recuerdo mal, se llamó The Wire.

Aunque uno se interese o no por esas proezas extremas, lo que hizo Petit merece ser clasificado como una obra maestra. El tipo logró un manejo magistral de su disciplina artística y eso es lo que subraya la película de Zemeckis. Además Joseph Gordon-Levitt se come el personaje y la interpretación, fundamentalmente cuando está caminando sobre el cable, es digna de levantarse y aplaudir aún estando en un avión repleto de pasajeros durmiendo.

Lo que me parece un error, muy menor pero error al fin, es que el personaje tiene ojos claros y el actor no. Entonces lo resolvieron con unos lentes de contacto que siempre que se hace un primer plano al actor, en lugar de darle realismo, distrae la vista del espectador.

Ahora, mientras miraba la escena del cruce entre edificios, pensaba sobre el nivel de concentración y abstracción que logró Petit cuando lo ejecutó. En la película se hace referencia a esto cuando el personaje dice que en los primeros pasos lo único que veía era al cable y nada más. Después agregó, con otras palabras, que al caminar sintió una conexión simbiótica entre su cuerpo, el cable y los dos edificios.

La verdad es que no sólo me conmovió sino que también me abrió espacio para razonar sobre el hecho artístico en sí. Él quería dar su golpe maestro y ese deseo fue tan grande que no tuve ningún reparo en asumir el riesgo evidente de las alturas. “¿Hasta dónde puede llegar la ambición artística?” Me pregunté. ¿Se puede equiparar a otro tipo de ambiciones? En principio me parece que no porque la asocio a la única ambición noble. Tal vez mi error está en utilizar el término ambición.

En este caso particular, mientras el público se acumula en la calle mirando hacia arriba para acompañar a Petit con la mirada, él está a ochenta pisos de altura experimentando una sensación única. Esa experiencia no hubiese sido posible sin la determinación por tratar de consumar su obra.

Y otra cosa que me parece aplicable a todo artista genuino: mientras la obra se está creando, lo que realmente importa es la obra y nada más. A eso me refería con abstracción. La obra pasa a ser el mundo. Y por favor respondan con franqueza: ¿existe algo más valiente que eso?

***

Antes de continuar agrego una breve reflexión.

Siento que esta película fue la mejor inspiración que pude tener para llevar adelante este diario. El viaje, así como se nos presenta, será único. Y está será mi única oportunidad para escribirlo porque no creo que sea posible escribir un diario cuando la distancia temporal habilita al olvido y a la deformación de los acontecimientos. Mi oportunidad es ahora mismo. Por eso hace unos minutos saqué la computadora de la mochila y me puse a escribir. Porque quiero que esta representación sea lo más fiel posible a mi experiencia. O sea, porque quiero que este diario sea mi golpe maestro.

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Epílogo a la primera entrada del blog

Comparto ahora otras reflexiones sobre cómo impactó este primer día de viaje en mi psicología. Empiezo por la despedida en el aeropuerto de Carrasco. Fue muy lindo estar acompañados hasta último momento. Ya me esperaba una situación similar. Pero en mi mente las suposiciones previas nunca alcanzaron los niveles emotivos que viví ayer.

Digo “ayer” pero no sé si fue ayer. Porque empezamos a volar siendo sábado y vamos a llegar siendo lunes. Así que pido disculpas ante un eventual error de fechas.

A lo que iba, y lo que me quedé pensando, es que en esos abrazos finales, justo antes de embarcar, me emocioné tanto que no encontré mejor reacción que callar. No hablé. No le respondí a papá, ni a Gastón, ni a Martín, ni a mamá, ni a Susana, ni a Gisel. No pude decirles que yo también los iba a extrañar mucho y que los quiero con todas mis fuerzas y con todos mis huesos. Sentía como que si hablaba me iba a desarmar. Así que supongo que fue un mecanismo de defensa. Tal vez soy demasiado vulnerable a las despedidas. Quizás son varios meses. No lo sé.

Pienso también en nuestros compañeros de ruta que aún están en Montevideo. ¿Ahora tendrán menos ansiedad sabiendo que una parte del grupo ya está en camino o será al revés? ¿Nos extrañarán en estos días? No puedo evitar tenerlos presente aquí en estas letras. Mientras todos duermen a ellos los mantengo despiertos en la memoria. Jaja ¡Qué ladilla soy!

Definirme como ladilla me parece una buena forma de terminar esta primera entrada. Además estoy agotado y me vino sueño. Aún nos faltan cinco horas para llegar a Auckland.

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