Días 85 al 92 – El paraíso de Koh Phi Phi

DESDE LO ALTO

Desde lo alto, en la isla Phi Phi Don, contemplo el festival de colores que se revela entre la luz filtrada de un cielo nublado. Por los riscos bajan los verdes opacos de una vegetación agreste y exuberante. Alcanzan a los techos rojizos y ocres de algunos resorts. Más allá están las arenas con su blanco amostazado hundiéndose en el verde vibrante de las aguas que bañan la costa.

Estoy en el sur de Tailandia. A novecientos kilómetros de Bangkok. Llegué en temporada de lluvias. Los vientos traen nubes a diario y estas llegan cargadas de agua. En esta semana el agua cayó del cielo con asistencia perfecta. Por momentos habilitó una bajada a la playa. Por otros nos confinó a dormir largas siestas en el hotel o, en breves ratos de bondad, nos permitió subir hasta los tres viewpoint (miradores) para fijar en la retina hermosas vistas panorámicas. Como sea, más húmedo o más seco, en cada recorrida por esta isla no dejé de sentirla como una encarnación del paraíso.

Y así como las lluvias fueron el punto flaco, la escasa cantidad de turistas hizo el caldo gordo para recorrer el pueblo tranquilamente sin aglomeraciones ni bullicios.

Una de las magias de Tonsai, pueblo que nuclea el ocio y la actividad comercial, es la de perderse en esas calles embaldosadas que hieden a orín de gato y dibujan un laberinto en la acotada urbanización de la isla.

El mejor plan es salir sin rumbo y desorientarse por los recovecos de callejones que parecen estar yendo en un sentido cuando en realidad van en otro. Si la caminata comienza cerca de la costa, es altamente probable que algún lugareño ofrezca sus servicios de taxi boat. Esa es la otra alternativa para conocer Phi Phi: recorrerla por el perímetro costero en un longtail (botes de cola larga por la estructura metálica que sostiene la hélice más allá de la popa) o en un speedboat (lanchas de tamaño considerable con uno o más motores fuera de borda).

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LAS PLAYAS

Por agua se llega más rápido a las hermosas Loh Moo Dee y Loh Ba Kao. La primera es una playa de aguas claras y tranquilas que, excepto por la cantidad de speedboats anclados en su orilla, podría ser considerada la niña mimada de Phi Phi. La segunda es la que más disfrutamos por sus olas más definidas y una profundidad que, en pocos metros, se vuelve suficiente para hundir el cuerpo entero. Pero, si es necesario encontrar puntos negativos, de esta playa se puede decir que está “monopolizada” por un enorme resort que ocupa toda su costa de punta a punta. En sus palmeras, de altura considerable, hay carteles que advierten, y piden cuidado, ante la caída de cocos. Pero ese, más que aspecto negativo, nos pareció un elemento de diversión. Nos alegramos la tarde gritando “¡Cuidado! ¡Cae un coco!”

Longbeach es la playa más accesible para quienes prefieren caminar y, efectivamente, es la más larga de la isla. Al finalizar la zona pavimentada de Tonsai, comienzan unos senderos, entre matorrales y vegetación densa, que se recorren con poco esfuerzo y requieren apenas una pizca de agilidad. También en sus orillas hay alojamientos y bungalows. La vista es hermosa. Vale la pena pasar las noches allí aunque es notoria la dificultad para ir hasta Tonsai en horas nocturnas pues lo más fácil es contratar un taxi boat ya que los senderos con poca luz sólo son una opción para los más aventureros.

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LO QUE HAY

No sé si ya lo dije pero en Koh Phi Phi hay de todo. No sé si ya lo dije pero Koh Phi Phi es una isla. No sé si ya lo dije, y sé que va a generar polémica, pero, aún en época de lluvia, Koh Phi Phi es un paraíso.

Hay pequeños supermercados, muy bien surtidos por cierto, para comprar alimentos, bebidas y todo lo necesario para sobrevivir. Obviamente no faltan los 7-Eleven. Allí fuimos a diario para almorzar o cenar (a veces almorzar y cenar) los riquísimos sandwiches o las picantes hamburguesas.

Hay carteles que señalan la ruta de evacuación en caso de Tsunami.

Hay tiendas de arte. Sucede que el turista puede pasar por la mañana frente a una de estas tiendas y ver los primeros trazos del artista sobre un lienzo en blanco. A la noche, cuando ese mismo turista vuelva a pasar por allí mientras busca donde cenar, la obra ya estará terminada. “No puede ser” dirá el turista. “Es imposible terminar un cuadro en un día”. Pero así son las cosas en Phi Phi. En este caso, quizás, la magia no es otra cosa que repetir un mismo diseño una y otra vez (pintar diez mil veces a un chimpancé sonriente o a una mujer fumando sensualmente con una boquilla sostenida en sus labios carmín). Al día siguiente, cuando el turista verifique que la escena se repite, aún con colores y diseños distintos, el impacto ya no será el mismo porque sospechará de la “industrialización” de esas obras. Sin embargo, la intensidad de los tonos y el colorido de esos óleos que combinan efectos pop con realismo expresionista, lo llevarán a quedarse diez o quince minutos parado en la puerta de la tienda llevándose la mano a la pera.

Hay escuelas de buceo. Todas atendidas por extranjeros, en su mayoría provenientes de Europa. Los tailandeses no acceden a este rubro, quizás porque no tienen el dinero para invertir o tal vez porque  no les gusta enseñar. Quién sabe. En el menú ofrecen variedad de opciones. Los principiantes pueden hacer una inmersión por el día o un curso de tres jornadas. Los intermedios tienen opciones para perfeccionar la técnica que les interese. Los avanzados pueden aprovechar para “profundizar” (en el sentido más literal de la palabra).

Hay un bar que en el centro del salón tiene ring para que cualquier voluntario amateur exponga su cuerpo a los golpes del Muay Thai. En la puerta de ingreso un parlante convoca a los luchadores con una locución en inglés que simula la voz de un relator de boxeo de los años cuarenta. Quienes se animen ganarán un balde de bebidas espirituosas y, obviamente, el calor apasionado de una decena de espectadores.

Hay también, en ese mismo bar, una oferta exclusiva para los comensales más angurrientos. Estos adoradores de la carne podrán comer aquí una hamburguesa acompañada de papas con un peso total de 800 gramos. Sí, 800 gramos. La gracia es que, si terminan el plato en menos de treinta minutos, no pagan nada. Si demoran más, deberán abonar 500 bahts.

Hay un hospital. Por suerte no tengo idea de cómo funciona. El edificio es grande y parece con buena infraestructura para una atención primaria.

Hay masajes, claro que sí. El masaje tailandés es un masaje que implica un contacto muy estrecho entre masajista y masajeado. La mujer que masajea invade, presiona, golpea y estira el cuerpo de su paciente. Yo lo probé en Bangkok, en una sesión de dos horas y al salir sentí una relajación tal como si hubiese tomado pastillas para flotar. Así que, como ya lo había experimentado en la capital, decidí no invertir los 300 bahts que piden en estos salones y sólo me quedé con el sonido del “masssaaaaash” que repiten las masajistas invitando a pasar.

Hay, con cierto disimulo, una pequeña zona roja. En salones donde simulan brindar masajes terapéuticos, las señoritas, que también pronuncian “masssaaaash”, invitan a sus clientes a pasar gesticulando una felación. Las más implicadas y audaces, mientras gesticulan llevándose el puño cerrado a la boca, mueven los ojitos e intentan simular el sonido que se produce cuando el pene entra y sale de la cavidad bucal.

Hay opciones gastronómicas. Desde seafood y pez espada pasando obviamente por la cocina thai hasta comida italiana o israelita. Sus precios no son los más bajos pero tampoco son inaccesibles para un presupuesto de mochilero. Seguro se encuentran buenas opciones para alternar con los sandwiches y hamburguesas del 7 Eleven.

Y, para cerrar esta lista de lo que hay en Phi Phi, no podía faltar la referencia a los tatuadores. Este apuntador cree que esta isla ocupa el primer lugar, a nivel mundial, en el índice de “cantidad de tatuadores por metro cuadrado”. Algunos catálogos invitan a estampar la piel, otro no tanto. De todas maneras ninguno de ellos parece improvisado. La técnica que más se ofrece es la del tatuaje con bamboo. El tatuador toma un listón de bamboo como si fuera su lápiz. En la punta tiene agujas que moja con tinta. Esas agujas se hunden en la piel. Asombra la precisión que alcanzan con ese trazo. Estos profesionales aclaran que de esta manera no se lastima tanto la piel y por eso la recuperación es notablemente más rápida que con el tatuaje a máquina. Al asesorar aclaran que en tres horas ya se puede volver a nadar.

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LA SUSTANCIA

En Phi Phi la marihuana es accesible aunque, excepto se consiga un buen pique, es cara y de calidad promedio. Cuando la ofrecen en cigarrillos seguro que en el armado le agregaron tabaco. Este mecanismo, además del obvio estiramiento del producto, tal vez sea un atenuante para el vendedor si es descubierto por la policía. Bueno, quizás no.

Yo probé cuando conocí al capitán. El capitán es un tailandés que, como todo tailandés que vive en Phi Phi, tiene un bote. Con ese bote presta servicios de transporte. Lo que ya dije: excursiones por las islas, taxi boat, todo eso. Tiene la piel curtida por el sol, una cabellera densa que le sirve de casco, de un negro tan brillante que refleja la luz. La tarde que lo conocí volvía de trabajar. En realidad, según sus propias palabras, trabajar no es el verbo más preciso para lo que él hace porque él se dedica a disfrutar la vida. En su mano llevaba un walkie talkie apagado. “Hola amigo” me dijo en su dialecto de mar y whisky recién destilado. Del inglés sabe cuatro o cinco palabras. Party es una de ellas. Cuando le conté que era de Uruguay, un país sudamericano, me dijo que su mujer era de Argentina. Con el transcurso de la charla fui descubriendo que esa mujer era más bien un espejismo. En su celular, apenas más nuevo que un Nokia 1100, me mostró una foto que se habían tomado juntos. La conoció cuando ella lo contrató para ir a la Maya Beach. Parece que ese día tomaron de más y a la noche tuvieron sexo. Ella se fue de Phi Phi. A las semanas le contó que estaba embarazada. Desde aquel tiempo hasta la fecha actual, él la llama y le dice: “come back, I miss you, the baby, please” (volver, te extraño, el bebé, por favor). Y después de contarme su suerte (o su desgracia), remataba con un “party, party, party”. Así entendí que, para evitar el recuerdo del amor que no fue, termina las noches con música y alcohol. Confiado en que en Phi Phi siempre amanece con calor.

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LA NOCHE

Dura hasta las 2am. A esa hora se corta la música y Phi Phi se llama a silencio. Los boliches para agitar están a las espaldas de Tonsai, en Lana Bay. Slinky es uno de los que, durante mi semana de estadía, convocaba a la mayor cantidad de gente. La mayoría de los asistentes eran jóvenes. Con promedio en los veinticinco años. Predominaban los rubios y, entre ellos, los rusos (y las rusas). La fiesta avanza entre música y alcohol. A partir de la medianoche, los cuerpos calientes, por la temperatura y por las hormonas, acostumbran a zambullirse en el mar. Entre esa hora y la de cierre, es común que se formen parejas para despuntar el deseo sexual. Así se ven hombres y mujeres, pecho contra pecho, flotando entre las olas de la noche, penetrando y recibiendo con inexistente disimulo.

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LA HORA DE PARTIR

Y un domingo a fines de mayo me despedí de Koh Phi Phi Don. Llovía. Llegué al puerto con el boleto para subir al barco que me llevaría de vuelta a Krabi. Un hombre lo controló y me autorizó a pasar. La lluvia me había empapado. El viento hamacaba la nave aún amarrada. Me senté en una butaca donde el aire acondicionado no pegaba de lleno y empecé a escribir. Para enfrentarme al papel en blanco pregunté: “¿qué puedo decir de Phi Phi?”. Y así escribí una línea tras otra intentando narrar todo lo que había visto. Hasta que llegué al final y no sabía qué decir. Pensé en esto y en lo otro pero ningún cierre me daba satisfacción. Así que recurrí a otra pregunta: ¿Qué es lo que querés, Sebastián? Y ahí apareció una respuesta simple y honesta. En cinco palabras anoté: LO QUE QUIERO ES VOLVER.

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