Días 59 a 61 – Sapa y sus laderas escalonadas

Los ruidosos frenos del tren friccionaban contra los metales de la vía y alguien golpeaba con insistencia la puerta del camarote. Una voz femenina advertía con voz chillona y pronunciación vietnamita: “¡Lao Cai! ¡Lao Cai!”. Nos despertamos. Miramos por la ventana y con las primeras luces del días distinguimos los verdes opacos de la vegetación uniéndose con la arcilla rojiza en la tierra húmeda.

Habíamos llegado a la zona de las montañas. A la salida de la estación de tren esperaban decenas de camionetas preparadas para acarrear a los turistas a sus respectivos hoteles, la mayoría en Sapa.

Para llegar a Sapa demoramos cerca de media hora, minutos más, minutos menos. La carretera es sinuosa y el vehículo va trepando pendientes que, en algunos casos, son bastante empinadas. Esta es una localidad ubicada al noroeste de Vietnam, orientada al turismo que gusta de visitar zonas entre montañas con paisajes que hasta la persona más indiferente llegaría a envidiar.

Bastó con que la camioneta se detuviera en la puerta del hotel para conocer, quizás, una de las características típicas de Sapa. Como moscas a la miel llegaron entre diez y quince mujeres, vestidas con trajes en color azul marino de vivos rosados, hablando a los gritos con palabras cortitas en un inglés mezclado con lenguaje local. Se apostaron sobre la puerta del vehículo y, allí mismo, antes de que los turistas bajasen, activaron su proceso de oferta.

Ellas viven en las aldeas cercanas a Sapa y pertenecen a las minorías étnicas que pueblan las laderas y valles de estas montañas. Se ganan el sustento diario organizando paseos de senderismo y alojando a turistas en sus propias casas. Su negocio se completa con la venta de alhajas (alpaca y bronce), tapices, pañuelos y otras confecciones artesanales.

Luego de rechazar estas ofertas, y de acomodarnos en el hotel, paseamos a pie por el pueblo. Comprobamos que, como en toda zona dedicada al turismo, los inversores se encargaron de preparar el caldo de cultivo para una epidemia de construcciones. En todas las manzanas encontramos hombres acarreando ladrillos y edificios lastimando el paisaje de relieves, terrazas y junglas.

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A Mao la conocimos por intermedio de Javier y Cecilia. Ellos también aprovecharon la primera mañana en Sapa para caminar y, al mediodía, cuando volvieron al hotel nos contaron que habían conocido a una mujer de la etnia Black H’Mong que hablaba inglés bien claro y ofreció un tour con alojamiento de una noche en su casa.

Al rato la llamamos desde el hotel para saber si podía acercarse y explicarnos bien cómo sería la travesía. Llegó a la media hora. Vestía el mismo atuendo de las señoras que habían rodeado la camioneta con telas aterciopeladas y diseños en colores muy parecidos a los que utilizan los indígenas andinos en sudamérica.

Tenían razón respecto a la claridad en su pronunciación. Fue muy fácil entender que la caminata de la tarde duraría unas tres horas hasta llegar a su “homestay”, ubicado en la ladera de la montaña, donde pasaríamos la noche.

Decir “ladera de montaña” en Sapa es referirse a las terrazas que embalsan el agua y definen el paisaje simulando las escaleras donde los nativos cultivan el arroz que luego ellos mismos consumen. La referencia visual que se manifestaba en la memoria derivaba, nuevamente, hacia los indígenas andinos y, más precisamente, a las famosas terrazas de cultivo de Machu Picchu.

Mao, con su sombrero blanco de ala ancha, piel sonrojada y rostro de curvas generosas a mitad de camino entre una galletita Oreo y una Pepitos; explicaba los detalles con suma calma y simpática paciencia, marcando claro contraste respecto al modo que utilizan entre sí los lugareños, con gritos y palabras cortadas a tijera.

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El tour con Mao comenzó a las tres y media de la tarde. El sol aún brillaba. Nos untamos la piel con protector solar y repelente para aminorar el riesgo de contraer esa enfermedad debilitante, transmitida por mosquitos, conocida como “malaria”; y salimos tras los pasos de la joven Mao.

Está casada hace años y es madre de tres hijos. Ese fue uno de los temas que hablamos durante el trayecto. Las mujeres de esa aldea se unen en matrimonio a edades tempranas, antes de cumplir veinte años.

También hablamos de las dificultades que tienen para acceder a educación secundaria y terciaria. Por lo general estudian hasta los quince años. Para continuar los estudios después de cumplir esa edad las familias tienen que asumir costos demasiado onerosos en comparación con sus ingresos. Por esa razón, cuando las primaveras llegan a quince, los jóvenes aldeanos cambian libros por azadas y salen a ganarse la vida entre turistas y granos de arroz.

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Fuimos trepando colinas y terrazas por senderos trazados en el suelo gracias al insistente tráfico de turistas y aldeanos que, día a día, van y vienen desde Sapa.

Mientras avanzábamos, los últimos rayos de sol se escondían entre los picos y la atmósfera de la tarde trocaba sus colores brillantes y luminosos por otros más densos que opacaban el verde del bamboo y tiznaban el color plata de las rocas con matices de ocre.

Antes de adentrarnos en el ascenso más complicado, hicimos una parada para probar caña de azúcar. Mao se detuvo en un puesto donde vendían bebidas y algunos alimentos para turistas desprevenidos porque detectó, sobre un mostrador, la presencia de una caña de azúcar lista para ser limpiada a cuchillo. Entendiéndose bien con un cuchillo de hoja rectangular, Mao limpió la caña y luego, para degustar, nos dio un trozo a cada uno. Según explicó gráficamente, el truco consistía en mascar la caña hasta exprimir todo el jugo. Finalmente, los trozos triturados son expulsados de la boca con el mismo movimiento realizado al salivar.

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Llegamos a la casa de Mao abriéndonos paso entre nubes de mosquitos. Aún se sentía el aroma del repelente en la piel; sin embargo el temor a recibir una picadura, aunque leve, no dejaba de decir “presente”.

Subimos por una vereda de hormigón que se contorneaba entre las terrazas bañadas en agua. Era una contrucción de madera sobre una base de cemento y ladrillos. En Asia la calidad de la madera deslumbra y este caso no fue la excepción. Esos son momentos para dejar correr el tacto sobre la superficie de la mesa o acariciar, de forma disimulada claro está, una o ambas hojas de la puerta. Eso fue lo que intenté hacer mientras el resto del equipo se acomodaba en las tres camas disponibles.

Su esposo cocinaba lo que más tarde, durante la cena, calificaríamos como “delicioso”. Mao colocó en la mesa, situada bajo el cobertizo que avanzaba sobre el frente de la casa, ocho pocillos con sus correspondientes pares de palillos chinos. En ellos nos servimos el arroz desde una olla que Mao acercó al costado de la mesa.

En dos platos había tofu condimentado y saltado con algunos vegetales, en otros dos sirvieron cerdo también saltado con vegetales, un plato con omelette y otros dos espinaca. Al centro de la mesa sirvieron el curry y la salsa de soja.

La comida estaba incluida en el precio del tour. No así la bebida. Tomamos agua y cerveza. Cuando terminamos Mao trajo para compartir su vino de arroz (bebida a la que se refería como happy wine) que sirvió en vasitos del tamaño de un dedal. Según nos enseñó, se tomaban de un golpe haciendo fondo blanco.

El día que había comenzado al amanecer estaba terminando poco después del atardecer. Teníamos el cuerpo cansado y las ganas de dormir acompañaban. Antes de las diez nos acostamos, cual peces en pecera, en la cama cubierta por una malla de tul. La habitación era de construcción liviana, con paredes de madera y techo de zinc. Con un acondicionamiento acústico totalmente permeable a los sonidos que hacían visible a las ranas escondidas en las terrazas y que, en el mejor de los casos, pasarían la noche a la intemperie alejadas apenas a unos centímetros de nosotros.

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Me dormí con la idea fija en la cabeza no perderme el amanecer. Así que con esa advertencia implícita me desperté varias veces en una noche que se había hecho larga a fuerza de dormirnos en horario campesino.

A las tres y veinte de la madrugada salí de la habitación y llevé conmigo la cámara. La ajusté sobre uno de los postes del cobertizo, la orienté hacia el Este y la configuré para que disparara cada sesenta segundos. Volví a la cama. Como el insomnio estaba a punto de vencerme y quitarme todo vestigio de sueño, me coloqué los auriculares y puse a sonar discos de Sigur Ros. Cuando me desperté, el Sol, que ya estaba por encima de los picos, hundía sus rayos de luz oblicuos por las rendijas que quedaban entre las maderas y las chapas. Me levanté y fui hasta donde la cámara. Detuve los disparos.

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En las dos horas siguientes hablamos con Mao, desayunamos café con leche en polvo, luego lo combinamos con arroz y más tofu. Sin embargo la calabaza fue la vedette que se llevó todos los aplausos del desayuno.

A los pies de la mesa estaba el perro cachorro soportando los ataques del gato. Yendo y viniendo estaba la hija de Mao que faltó a la escuela por una afección en su garganta.

Preparamos las mochilas y nos aprontamos para salir. Pero antes, sabiendo que Mao lleva un cuaderno donde colecciona los agradecimientos y saludos que los huéspedes le dedican antes de abandonar la casa, le pedimos para anotar nuestros saludos. Cecilia fue la escriba que se ocupó de estampar los pensamientos en el papel. Por su parte Mao, y como muestra de su atención, nos regaló pulseras y monederos de su autoría.

Pero ya no quedaba más tiempo para la cháchara. Otra vez siguiendo los experimentados pies de Mao que, calzados con unas chancletas comunes y corrientes, desafiaban las sofisticadas campañas de marketing de las compañías especializadas en vender zapatos para trekking, comenzamos el descenso.

Con el astro brillante encima de las cabezas las paradas para hidratarnos se hicieron inevitables. Una hora y media pasado el mediodía, luego de atravesar un puente colgante, llegamos a un parador donde Mao volvió a mostrar su generosidad cortando en trozos una sandía “congelada” para compartir con nosotros. A esa altura del día, en el valle de la montaña, el cansancio mezclado con el calor pesado de las primeras horas de la tarde, se impuso ante todas las ganas de continuar la caminata.

Al hombre que atendía el parador, por intermedio de Mao que asumió el papel de traductora, le pregunté si tenía cerveza fría. Ya acostumbrado a la temperatura de las bebidas que venden en Asia, me esperaba una respuesta catastrófica. El hombre respondió con un grito seco. Mao me miró y con una sonrisa en la cara redonda tradujo: “dice que está helada”.

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