Días 21 al 23 – Singapur: una ciudad escondida

Advertencia 1: incluyendo el título, en este post la palabra “Singapur” aparece veinte veces.

Advertencia 2: nuestra visita a Singapur duró menos de setenta y dos horas, así que las impresiones aquí vertidas no serán las de alguien que conoce la ciudad sino las de un viajero que estuvo de paso y, además, tiene propensión a escribir sobre aquello que desconoce.

 

Singapur

 

El mapa dice que Singapur es un pequeña isla ubicada al sur de un país más grande llamado Malasia.

Wikipedia dice que la República de Singapur es algo así como una ciudad-estado que se divide (y segrega) en distintos consejos donde conviven personas de una misma nacionalidad. Por ejemplo en la ciudad se pueden encontrar los barrios Little India y Barrio Chino.

Algunos turistas dicen, mientras se encandilan con su arquitectura y el glamour de su oferta comercial, que Singapur es una ciudad modelo. Incluso algunos van más allá y halagan a este país por su eficacia para combatir la delincuencia, la limpieza de sus calles, los parques de diversiones y las luces de su bahía.

Si uno escucha todas estas voces, y cree en el amor a primera vista, es probable que caiga rendido a los pies de esta ciudad. Pero pensemos un poco: ¿qué es lo que vemos cuando visitamos Singapur?

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Llegamos desde Denpasar Bali, pasada la medianoche, luego de un vuelo de dos horas y media.

En Changi encontramos un aeropuerto con espacios amplios, orientado a pasajeros que gustan de la tecnología y los servicios de lujo. Por ejemplo, hay pantallas para que los usuarios califiquen la limpieza de los baños. Y moquettes afelpadas que amortiguan los pasos mejor que cualquier calzado Nike, Adidas o Puma.

aeropuerto singapur

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Salimos del aeropuerto, en un taxi lujoso, rumbo al Bunc Hostel, ubicado en plena Little India, donde habíamos reservado cuatro camas para pasar dos noches. Al taxista no le resultó fácil encontrar la dirección así que intercambiamos algunas palabras. En su acento mezclaba la pronunciación asiática de las “r” y la prolijidad del inglés británico. Por el servicio de transporte, que además incluyó aire acondicionado y wifi a bordo, nos cobró cuarenta dólares singapurenses (¿o serán singapureanos?).

Apenas llegamos, aprovechamos las duchas y llevamos toda la ropa que teníamos en la valija al laundry room (que vendría a ser el nombre internacional para “lavadero”). Pagamos ocho dólares, en monedas de uno y dos, para tener con qué vestirnos al día siguiente.

En las carteleras del hostel, además de las normas de funcionamiento, había información general sobre la ciudad. Se informaba, por ejemplo, que durante el día la temperatura promedio es de treinta grados y durante la noche baja a veinticuatro. También se aclaraba que el agua del grifo era potable y se podía beber tranquilamente.

En la mañana caminamos mucho, casi once kilómetros (que al recorrerlos en una zona tropical equivalen al doble) para llegar hasta el área de “playas” (así lo decía maps.me). Cuando llegamos descubrimos que ahí, más que playas, hay centros comerciales y el parque de diversiones Sentosa.

Al ver toda esa industria comercial con consumidores en ebullición, y con el reloj marcando las dos de la tarde, transformamos las ganas de ir a la playa en intenciones de comer unas buenas hamburguesas. Escalera mecánica, segundo nivel y a pedir un par de combos.

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Los shopping center o centros comerciales o malls o seacomoseaquesellamen son iguales en todas partes del mundo. Locales luminosos y pisos brillantes. Escaleras mecánicas y ascensores de cristal. La vista nunca puede quedar en reposo, siempre tiene que estar activa. Claro que también debe oler rico y fresco. Y hablando de frescura, el aire acondicionado no puede faltar. Tampoco faltan imágenes estereotipadas en las proximidades de los espejos para que el cuerpo que allí se refleje tenga contra qué compararse.

En este shopping, por si fuera poco, había una feria especializada en bodas. Me resultó extraño ver tanto movimiento de personas en esos locales. ¿Cuánta guita se mueve en la “industria de la boda”?

Tal vez las bodas sean al estatus social lo que las hamburgueserías son a las hamburguesas, pienso.

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Después de recuperar energías, entre frituras y aire acondicionado, recorrimos el shopping y fuimos a la oficina de información turística para tratar de conseguir algún pique interesante sobre atracciones o sitios a visitar.

El resultado fue muy pobre. Las únicas opciones que conseguimos estaban vinculadas al parque de diversiones, a los Universal Studios o a los ómnibus turísticos. Algo así como un paquete de ofertas para distraer la cabeza pero casi ninguna propuesta cultural.

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Volvimos al pavimento caliente pero al comprobar que se estaba derritiendo por tanto calor, decidimos viajar en metro.

El metro de Singapur, como su arquitectura, es moderno y colorido. Tiene cuatro líneas y, al igual que sus precios, es caro. El trayecto más largo (que no es tan largo) sale tres dólares. Es probable que viajar con la tarjeta recargable sea más conveniente pero como íbamos a estar menos de tres días no nos gastamos en averiguarlo. Pagamos los tickets y nos bajamos en una parada cercana al hostel.

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Al salir de la estación nos topamos con un montón de indios (personas nacidas en India) que caminaban en el mismo sentido. La calle se llenaba con sus camisas de colores entre amarillos, naranjas, verdes (con diseños a cuadrillé) y algunas de azul marino. Sentimos curiosidad por saber si se trataba de una procesión religiosa y los seguimos. Pero al girar la primera esquina nos dimos cuenta que estábamos viendo una tarde típica de Little India con las veredas llenas de gente y ofertas que iban desde joyas hasta cortadoras de pelo. Era una procesión, sí, aunque de tipo comercial.

Los comerciantes trataban de vender mercaderías como si ese fuera su último día de trabajo. Mientras que los clientes, todos con el mismo color de piel, buscaban el precio que los llevara al paraíso del big deal.

En las veredas los sastres cocían trajes. Algunos comerciantes hablaban por megáfono desde la puerta de su comercio con el ritmo y volumen de un rematador. No entendíamos nada de lo que decían pero sabíamos perfectamente lo que hacían.

Continuamos por esa calle hasta que los comercios le dieron paso a un templo de fachada ampulosa y colorida. Luego vino un descampado donde habían puestos al estilo de una feria ambulante. En uno de esos puestos se veía una montaña de pantalones de jean que comenzaba en el piso (los pantalones estaban amontonados sobre un plástico) y subía hasta el metro y medio de alto. Los muchachos revolvían y descartaban. Los acercaban a su cintura y estimaban si la prenda les quedaba o no. Seguían buscando. En la pila había un cartel que indicaba el precio: diez dólares.

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Por la noche, luego de dos horas de siesta bajo el ventilador del hostel, salimos a recorrer la otra parte de la ciudad, hacia la bahía.

En esa zona hay muchos edificios y construcciones de interés arquitectónico. Pero el hotel Marina Bay, según mi ojo de mochilero (que estuvo menos de tres días en Singapur), es el que se destaca por sobre los demás con sus tres torres unidas en un único pent-house con forma de fragata.

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En el interior del hotel se ven huéspedes caminando en bata. Usan ese atuendo para ir a la piscina que queda en el último piso.

No averiguamos cuánto cuesta la noche en esas habitaciones pero sospechamos que son tarifas para bolsillos de otras galaxias.

Los interiores del hotel están iluminados con luces cálidas. El flujo de personas caminando es constante. Los locales comerciales venden artículos de lujo y bienes suntuarios como relojes, vestidos de alta costura y joyas. Todo es alta gama.

Para llegar al mirador, en la terraza más alta, tomamos un ascensor ultraveloz, de esos que tapan los oídos cuando sube. Allí hay dos sectores, uno para los visitantes y otro exclusivo para huéspedes con acceso a la piscina, dominado por las batas blancas.

La vista que se logra es realmente bonita. Se puede ver toda la ciudad iluminada y, a su vez, los cristales de los edificios reflejando las luces emitidas por otras torres. Hacia el otro lado se ven esas “palmeras” (también podría decirle flores) altísimas y artificiales iluminadas con colores que van cambiando. En la cima de la palmera central, que se diferencia por su mayor tamaño y altura, funciona un pub al que se ingresa previo pago de una entrada.

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A esa altura (del edificio y de la noche) el cansancio estaba volviendo y me quedaba poco humor para seguir hurgando en esos edificios glamorosos calificados con esas etiquetas que los publicistas llaman “ultra-exclusive”.

Corresponde anotar las dificultades que se presentan cuando uno intenta salir (¿o escapar?) por esos pasillos de materiales nobles y pantallas led. Si bien la señalética está visible y en inglés, el entramado de corredores, escaleras, ascensores, galerías y luces, llega a confundir y en la huída se pierden varios minutos. Según mi cronómetro, demoramos casi media hora para salir y llegar a la estación de metro.

Mi experiencia de esas dos horas en el Marina Bay fue la de un ratón de laboratorio corriendo por galerías de un shopping construido bajo una lógica laberíntica.

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Estoy en el aeropuerto de Changi. Ya pasé el control de migraciones. Ahora esperar una hora para que salga el vuelo a Tokyo.

Hoy pasé todo el día en el hostel excepto cuando salí para almorzar en el Barrio Chino. Allí paramos en un patio de comidas donde hay casi cien puestos sirviendo platos típicos de todas las regiones chinas. Elegí un menú que tenía pollo rebozado y huevo frito. También arroz. Para pedírselo a la mujer que atendía el puesto lo señalé con el dedo.

Después de almorzar volví al hostel y me quedé en el living hasta que llegó la hora de venir al aeropuerto.

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¿Qué me dejó Singapur? Imágenes de edificios de vanguardia y calles con el asfalto hirviendo por las temperaturas tropicales, respondo. Y automóviles Lamborghini de colores a elección. También la sorpresa de cambiar de un barrio a otro como si en realidad estuviera migrando entre países. Se puede viajar de India a China caminando apenas unas cuadras. Pero quizás la sensación más fuerte es que aquí la concentración de riqueza es apabullante y, como toda acumulación de capital, también es desmesurada.

Resulta difícil creer que en Singapur existan centros productivos que generen la riqueza que brilla al caminar por la vereda. Tampoco es fácil suponer que los billetes que alimentan este circo provengan del turismo; por más grande que sea el Marina Bay, no alcanzaría para nutrir a todo este polo urbano.

Lo que queda por pensar es que es un centro financiero. Y si aquí llega dinero de todo el planeta, es lógico que su apariencia sea común a las de las ciudades de primer mundo con edificios como los de Manhattan, Londres o Munich; con inteligencia oriental y estilo occidental. Que sea igual a todo lo mejor, pero mejor.

[Mientras tanto en el aeropuerto, un sillón masajea gratuitamente los músculos de mis piernas y espalda. Creo que el masaje también me ayuda a descifrar el misterio.]

Acá viene gente de mucha guita. Gente que no puede perder tiempo en entender otro sistema cultural y necesita un lugar con sus mismos parámetros y prejuicios. Y la guita necesita circular por nodos seguros. Por eso, para brindar seguridad, la ciudad no se puede salir de la línea. Tiene que tener la cara lavada.

Entonces a los arquitectos les dijeron: que hayan bancos y junto a los bancos muchos hoteles. Que en los hoteles hayan tiendas, spa y joyerías. Que las tiendas vendan vestidos para las italianas y tapados para las rusas. Que sea una ciudad iluminada por si la gente llega de noche y que haya jardines en los pisos más altos por si algún banquero quiere cortar flores.

[Pucha, estoy brillando. En este aeropuerto los sillones, además de masajes, incitan a la pura reflexión, pienso.]

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¿Y la conclusión? Bueno, pues, si cuando llegas a esta ciudad en realidad estás llegando a otra ciudad (pongámosle por ejemplo Manhattan o Dubai) sucede que nunca llegas a esta ciudad.

Ahhh ¿por eso le falta personalidad? Mira, no es que le falte personalidad, es que la esconde. Porque, por más que te lo propongas, nunca podrás llegar a Singapur. Las agencias de viaje y las aerolíneas te venderán vuelos a Singapur pero cuando llegues comprobarás que estás en Beijing o Nueva Delhi. Lamentablemente, nunca podrás llegar a Singapur.

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Conseguí wifi. En este aeropuerto, obviamente, se consigue wifi. Actualizo Facebook. Leo estados de amigos que visitaron Singapur y aparecen cosas como “me enamoré de esta ciudad”, “volvería una y mil veces, acá hay de todo para disfrutar”, “pasamos todo el día en el Parque Sentosa con los niños y yo aproveché para ir al spa”.

Siento una tentación muy grande por comentar algo al respecto. ¿Cómo se pueden enamorar de algo que no vieron? “Eso no es Singapur, será Nueva York o París, pero nunca Singapur”, me dan ganas de decir. “De Singapur sólo se puede enamorar un estudiante de arquitectura o el dueño de una petrolera” escribo y después borro. No tengo porqué meterme en amores ajenos. Cada quien se enamora de lo que quiere, aún cuando no lo vea.

[Una voz femenina pronuncia mi apellido por el parlante. Es la Siri de los aeropuertos. Tengo que ir a la puerta 37 a tomar el vuelo de Japan Airlines. Tokio me espera.]

Después de tantos kilómetros me hubiese gustado conocerte, Singapur, pero entiendo tus razones para jugar a las escondidas. Sin embargo, no puedo evitar el desconsuelo: en mi blog apuntaré mi opinión y diré que sos una ciudad a la que nunca se llega.

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