Días 202 a 206 – El hostel más extraño del mundo

Llegamos al hostel a las ocho de la mañana. En la vereda, un veterano que quizás pisaba los sesenta años, con barba blanca y algunos pelos en la cabeza, sostenía el cigarrillo con una mano mientras que con la otra se llevaba una pequeña botella de plástico a la boca. La etiqueta era de una bebida láctea aunque en ese momento no supe precisar exactamente su contenido.

Como en el mismo lugar había tres puertas, una era la del hostel y otras dos las de un pub que funcionaba en la planta baja del mismo edificio, al vernos con las valijas y mochilas, el veterano adivinó que éramos los nuevos huéspedes. Saludó con una voz rasposa, de esas que al escucharlas hacen imaginar una garganta perdiendo diminutos pedacitos de carne al tiempo que se desangra de forma imperceptible. En el tablero junto a la puerta digitó el código 5800 y nos dio paso a la recepción. Él entró con nosotros y empezó a los gritos de “¡recepción! ¡recepción!”.

La oficina no era más que un escritorio ubicado junto a los primeros peldaños de una amplia escalera. Tenía una silla de respaldo fijo y una notebook con la pantalla cerrada sobre el teclado. Apoyado sobre el escritorio, había un osito de peluche pequeño, digamos un peluche de mano que, a juzgar por el desgaste de su piel, cumplía funciones de amanza loco para calmar ansiedades ajenas. Junto al peluche también había un block de hojitas adhesivas amarillas y un par de biromes.

El veterano sustituyó los gritos por preguntas hacia nosotros. Las típicas: ¿de dónde éramos? ¿de dónde veníamos? ¿dónde quedaba Uruguay? Se notaba que buscaba entrar en conversación. Hablaba un inglés bien cerrado. En minutos adiviné que era estadounidense, cosa que se confirmó cuando dijo que era nativo de Las Vegas.

La recepcionista no llegaba. Griselda había encontrado la clave de wifi en un cartel pegado a la pared y ya navegaba desde su celular. Buena estrategia para huir del veterano. En cambio yo no tenía más opción que continuar escuchando la historia. Las tres cuartas partes de sus palabras se me perdían. Más bien le seguía el hilo por contexto.

Hacía poco más de un año el médico le diagnosticó una pérdida visual del 80%. A partir de ese momento decidió salir a conocer el mundo antes de perder el 20% restante. Conoció algunos países de centroamérica y el norte de sudamérica, recuerdo, por ejemplo, que nombró a Colombia.

Luego comentó que después de Budapest iría a India y, posteriormente, al sudeste asiático. Su viaje era muy económico aunque, según explicaba, el dinero le rendía mucho más que en Las Vegas, donde vivía en un monoambiente que se le llevaba la mayor parte de su pensión bajo el rubro “alquiler”.

Mientras él seguía hablando y yo empezaba a desesperarme, en parte por no entenderle y en parte porque la recepcionista no aparecía, escuchamos unos pasos cansinos por el pasillo que daba al escritorio.

Apareció la recepcionista. Saludó y pidió disculpas por la demora. Era una jovencita que no aparentaba más de veinticinco años. Con el pelo rubio hacia las puntas y de raíces oscuras, sin peinar, y ojos apretados por el sueño interrumpido, aparentaba el padecimiento que llega luego de esas noches de baile y fiesta. Nos preguntó los nombres y si teníamos reserva. Además de facilitarle el pasaporte le aclaramos que habíamos reservado a través de Booking. Demoró en responder. Con los ojos entrecerrados miraba el monitor de la notebook. Si bien teníamos certeza que su cuerpo estaba ante nosotros, no podíamos afirmar nada acerca de su mente o sus pensamientos.

Pasaron unos minutos que se hicieron más largos de lo que en realidad fueron. El veterano, al quedarse sin interlocutores atentos, aprovechó para volver a la vereda y seguir con su fumata y bebida láctea. Finalmente la jovencita se dio por vencida. No encontró nuestra reserva. De todas maneras, nos dijo, no hay problema, había camas disponibles.

Como el check in era a las dos de la tarde, le preguntamos por un lugar seguro para dejar el equipaje mientras tanto. Señaló el cuarto para las maletas. Como no tenía iniciativa de ningún tipo para mostrar las instalaciones, le pregunté si el hostel contaba con alguna sala de estar o living para descansar en ese rato. Respondió que en el primer piso encontraríamos una sala para comer y unos sillones. El esfuerzo que hacía para responder era considerable. Al hablar cerraba los ojos. Al mirar cerraba la boca. Padecía, en aquel momento, algún tipo de impedimento para ejecutar más de una acción en simultáneo.

Dejamos las valijas. Luego nos dirigimos hacia el piso de arriba. El edificio habría sido construido a principios de siglo. La escalera era amplia, de escalones con anchura generosa. Había ventanas que dejaban pasar mucha luz natural. Guardaba aires de diseño aristócrata con salas espaciosas y techos altos, todo pintado en blanco.

Con un recorrido panorámico descubrimos la cocina, también espaciosa y con una mesa en el medio tipo isla. A cado lado de la cocina se ubicaba un toilet y un cuarto de baño. Desde la cocina se pasaba al salón comedor, donde había dos mesas con diez sillas en total pero no había conexión a wifi.

Mientras recorríamos el lugar nos cruzamos con una señora que, a juzgar por sus movimientos entre las habitaciones, conocía muy bien el lugar aunque en ese momento no se presentó ni como huésped ni como parte del staff.

Cuando volvíamos a la sala de los sillones, apareció la recepcionista. Sus ojos estaban un poco más abiertos. Primero nos dio la buena noticia de que nuestra habitación estaba lista y no era necesario esperar hasta las dos de la tarde. “¡Genial!” dijimos. Aunque nos pareció extraño que fueran tan flexibles con la hora del check in. Y esta extrañeza se profundizó cuando señaló la habitación que nos tocaba. Tenía dos camas de dos plazas cada una. La ecuación no cerraba porque habíamos reservado dos camas en una habitación compartida. Entonces reiteramos la pregunta: “¿Nos toca una habitación privada?”. Confirmó que sí, que efectivamente pasaríamos la noche en habitación privada.

Si bien la mañana había comenzado con momentos de desconcierto (y si bien ese desconcierto se hacía mayor con esa bendita “habitación privada”) ahora parecía que los dados estaban jugando a nuestro favor.

Antes de retirarse, la muchacha pidió disculpas por no atendernos de la mejor forma y agregó que estaba borracha porque el día anterior había terminado la relación con su novio. Frutilla de la torta. Si ya estábamos desconcertados por el errático funcionamiento del hostel, con una recepcionista que no aparece, con un huésped que oficia de portero mientras fuma y toma leche chocolatada en la vereda, con una señora que recorre las habitaciones en silencio al tiempo que nos observa sin cruzar palabra, con una habitación privada de doble cama al precio de dos camas en habitación compartida, ahora, con esta declaración de ebriedad, nuestro “umbral de desconcierto” ya había roto toda clase de récord, no quedaba más opción que aceptar el devenir de las circunstancias y echarnos a reír. Como solución a su problema le sugerimos que tratara de volverse a dormir.

Nosotros también aprovechamos para descansar. Luego de subir las maletas decidimos utilizar las horas de la mañana para completar las horas de sueño que nos habían faltado en el viaje desde Cracovia. Pero cuando Griselda ya estaba dormida y yo intentaba seguirle el ritmo, la puerta se abrió y, pidiendo disculpas por entrometerse, un señor saludó y avisó del desayuno. “Buenos días, el café ya está listo”.

Realmente no entendíamos las reglas de juego. Ahora alguien, que no sabíamos qué rol cumplía, nos ofrecía el desayuno. Si ya es difícil que en un hostel, albergue u hotel habiliten el ingreso a la habitación antes de hora, mucho más complicado es acceder al desayuno el mismo día en que uno se registra como huésped.

Algo en el tono de aquel hombre me hizo aceptar la invitación como si se tratara de una orden. Sentí que no podía oponerme. Que no tenía otra opción más que levantarme de inmediato y seguir el rumbo de los acontecimientos. Quizás si no lo hacía, quizás si yo no iba al desayuno, el desayuno vendría hacia mí, hacia nosotros y junto con el desayuno, con las tazas de café y las tostadas también llegaran algunos huéspedes a sentarse junto a nosotros en la cama.

Sin embargo, a pesar de la incomprensión, en ningún momento nos sentimos amenazados. Más bien estábamos experimentando esa incomodidad que llega cuando alguien te presta más atención de la que crees que mereces.

Por eso llegué a la cocina con una sonrisa. En la sala de los sillones estaba el veterano de Las Vegas. Con el veinte por ciento de vista que le quedaba, miraba un video, acercándose el celular a diez o quince centímetros de la cara.

En la cocina me esperaba el señor. Primero le agradecí y mientras lo observaba cómo sacaba una medialuna del paquete y la llevaba al microondas le pregunté si él trabajaba en el hostel. Respondió que sí. “Soy uno de los socios” me dijo en un inglés bastante más comprensible que el inglés del otro hombre.

Comprendí entonces que estaba hablando con el dueño de la verdad. Quiero decir, dejé de pensar que aquello correspondía a un plano más cercano a la realidad y no tanto a una forma de ficción. También sentí que estaba dentro de la legalidad. El desayuno, en cierta forma, estaba autorizado por uno de los responsables de dictar las normas. Aunque, por otro lado, en los oídos empezaron a susurrarme algunas voces que me asustaban un poco. Eran voces internas que jugaban con esa idea de los hoteles donde todo es tan perfecto y el servicio es tan omnipresente que terminan por volverse prisiones de las cuales resulta muy difícil escaparse. Todo eso mientras el hombre programaba el microondas para darle calor a las medialunas.

Para distenderme le pregunté al hombre de dónde era. En ese momento llegó la señora que habíamos visto un rato antes. Me dijo que ella no hablaba inglés. Ambos eran nacidos en Albania y habían emigrado luego de la guerra de Kosovo. La familia del hombre tenía una cadena de panaderías en Budapest y por eso eligieron la capital húngara para instalarse. La señora resultó ser muy simpática y servicial. Si bien no me hablaba, se sonreía y me alcanzaba cubiertos, platos, una jarra con leche y azúcar para servirme el café.

Las medialunas ya estaban sobre la mesa y ambos me miraban como preguntando “¿vas a desayunar solo? ¿por qué no viene tu novia?”. Terminé de preparar las dos tazas de café con leche, las ubiqué sobre la mesa de la cocina y fui a buscar a Griselda.

Ahí le expliqué que no podía demorarse más en ir, que nos esperaban para desayunar y, por sobre todas las cosas, que yo no quería desayunar solo con ellos porque había algo que me ponía incómodo.

Ya sentados los cuatro en la mesa la mujer repitió su gentileza con Griselda, alcanzándole las cosas. Ahí preguntaron si éramos italianos. Obviamente respondimos con una negativa. Sin embargo el punto en cuestión era que ella, la señora, manejaba algunas palabras del italiano. A partir de ahí ese fue el idioma que usamos.

Terminamos de desayunar y agradecimos. El hombre no respondió con palabras pero sí con una mirada que traduje como “vaya tranquilo”. Nos quedamos con la duda si el desayuno estaba incluído en la tarifa del alojamiento o si se trataba de una excepción de buen gusto. De todas maneras estábamos en un reino donde, según parecía, no existía interés en los reglamentos escritos.

Ahora sí, a dormir. Y dormimos un rato largo. A media tarde, ya descansados y tímidamente habituados a la mecánica del hostel, fuimos a un supermercado cercano a comprar unos fideos y pan para preparar el almuerzo (que también cumpliría las funciones de cena).

En ese paseo tuvimos las primeras impresiones de Budapest. Esa zona de Pest no tenía edificios emblemáticos a la vista. Más bien se trataba de edificios antiguos sin mucha vergüenza en mostrar parte de sus revoques destruidos por la guerra o el paso del tiempo.

En la salida de los comercios no faltaban (tampoco podría afirmar que sobraran) mendigos. En las esquinas algunos borrachos se esforzaban por mantener el equilibrio. Algunos ya se habían rendido y esperaban, recostados en la vereda, a que el alcohol les devolviera los sentidos.

Cocinamos unos tirabuzones con manteca y queso. Tomamos té. Hicimos sobremesa y ya entrada la noche salimos para conocer los puentes. Podría hablar mucho sobre los puentes de Budapest porque sus luces impactan y porque las márgenes del Danubio bien podrían pertenecer al dominio de los novelistas decimonónicos. Pero lo importante aquí, lo verdaderamente digno de narrar por su grado distintivo, son los sucesos que, sin prisa pero sin pausa, ocurrían en el hostel.

Al día siguiente preparamos el café con leche sin que nadie diera la orden de hacerlo. Al rato apareció la señora y nos invitó a comer la medialuna que nos correspondía. Intentó decirnos que estaba incluida. “Coman, coman” era nuestra traducción a sus gestos.

Mientras desayunábamos vimos al viejo de Las Vegas cargando su botella. La misma del día anterior. Descubrimos que el contenido era café con leche. Así fuimos comprobando que aquel hombre era fiel a su rutina. A medida que pasaban los días se repetían los mismos hechos. Fumaba en la vereda. Miraba videos en la sala de los sillones. Cargaba la botella en la cocina. Hacía ruidos extraños al respirar. Saludaba con un “hey buddy”. Y volvía a repetir la historia. Día tras día. Cocina, sillones, escalera, vereda.

Ese día, mientras preparábamos el almuerzo, un grupo de muchachos, pongamos por caso unos cinco veinteañeros, aparecieron por el hostel recorriendo los pasillos al grito de “¡Esperanza, Esperanza!”. Uno de ellos llevaba un ramo de flores rojas en la mano. Fueron y vinieron por las habitaciones hasta que desaparecieron.

Creímos que estaban buscando a la recepcionista y que el jovencito con las flores era el novio con el que había roto relación. “Qué mala estrategia de reconquista caer con todos los amigos” pensamos. Hasta que pasado el rato apareció la recepcionista y le dijimos que un grupo de muchachos la estaba buscando. Ella se rió y dijo “a mi no, buscaban a Esperanza”. Jaja. Reímos los tres. Así nos enteramos del nombre de la señora aunque quedamos sin saber cuál fue el motivo de las flores.

En esos ratos, mientras cocinábamos o descansábamos en la sala de los sillones, fuimos trabando amistad con Esperanza y su esposo. No era que conversáramos largo y tendido sino que, simplemente, aceptábamos las tostadas, el café, las medialunas y cruzábamos alguna sonrisa o miradas como quien se cuenta un chiste para pasar el tiempo en la sala de espera de algún consultorio.

La única charla en extenso con el esposo de Esperanza tuvo lugar a la hora del almuerzo del día siguiente, cuando propusimos preparar tallarines caseros con salsa caruso.

Cocinar pasta casera (comprar los ingredientes, amasar, cortar la pasta, hervir y cocinar la salsa) es una práctica que nos hace sentir en casa. Quizás lo que para otros es tejer junto a la ventana de un living o para otros tocar la guitarra o para algún otro leer con el cuerpo estirado en un sofá. Tener la posibilidad de cocinar una receta propia convierte al lugar en nuestro hogar. Con el vapor subiendo hacia el techo y la harina cubriendo la madera de la mesa.

Es que con todas sus excentricidades, con un fuerte protagonismo de Esperanza, el hostel se estaba convirtiendo en un sitio cálido. Pero esto no era todo. Mientras preparábamos la pasta apareció un nuevo personaje para adobar aún más la fauna del hostel.

Con la piel pálida, los ojos claros y las facciones cortadas por la misma tijera que seguramente cortó a Ewen Bremner en la Trainspotting de Danny Boyle un muchacho se paró a mi derecha para escuchar con atención lo que hablaba alguien en la radio que, a esa hora, sonaba a todo volumen.

El flaco se reía. “No puede ser que escuchen esto”. Decía y se reía agarrándose el tabique nasal con el pulgar y el índice. Le dije que no entendía nada de lo que hablaba aquella voz femenina. Me preguntó de dónde era y luego dijo que era húngaro y obviamente entendía. “Están hablando de dios pero con un enfoque muy estricto, muy duro”. Y desapareció por el pasillo hacia la sala de los sillones.

A los dos minutos volvió. Contaba que la resaca lo estaba arruinando. Había dormido apenas un par de horas. Mitad chiste mitad verdad decía que necesitaba otra cerveza para recuperarse. Se quedó parado en silencio mirando el celular. Le comenté que estábamos preparando pasta y lo invité a unirse. Le aclaré que el costo del plato sería muy bajo pero rechazó la invitación. Su flacura dejaba en evidencia que no acostumbraba a comer con regularidad. Sus globos oculares con pequeños derrames rojos contrastando con el celeste del iris mostraban que su apetito, en realidad, era bastante más débil que su sed.

Finalmente para el almuerzo fuimos cinco: Esperanza y su marido, la recepcionista, Griselda y yo. Con la recepcionista hablamos muy poco. Básicamente cruzamos preguntas sobre el alcohol. ¿Cuál es la bebida que más consumen en la ciudad? por ejemplo. A lo que respondió que, para ella, la más consumida era el Jägermeister. También le comentamos nuestra impresión sobre Budapest como ciudad no tan segura. Y dijo que si no te distraes con los bolsos o no la dejabas muy fácil a los pungas en el tranvía, no pasa nada. Por último le pregunté si otra vez estaba de resaca y prefirió responder con una sutil sonrisa para luego echar un trago al vaso de vino.

Era un vino rosado, un poco dulce a mi paladar. Fue aporte del marido de Esperanza. Cada vez que lo cito digo “marido de Esperanza” porque nos fuimos del hostel sin preguntarle el nombre.

Esperanza llegó por último a la mesa y se fue antes. Estaba ocupada con la limpieza de las habitaciones. Creo que también influyó el no poder hablar en inglés. Quizás se sintió con un poco de vergüenza por no seguir el hilo.

Cuestión que el hombre empezó a hablar y no paraba. Primero, de joven emigró con su padre a Estados Unidos. Allí estudió periodismo. Con esa profesión llegó a CNN donde trabajó como reportero de guerra. Al especializarse en esa temática generó lazos con militares y políticos de su país. Cuando llegó el tiempo de la guerra en Kosovo, por voluntad propia se unió al ejército. Según su relato, por el conocimiento adquirido en su profesión, tuvo la responsabilidad de estar a cargo de un batallón de seiscientos soldados. Durante la guerra apenas vio sólo un par de veces a su familia. Recibió tres disparos en el cuerpo que se sumaron a otros dos que ya había recibido como reportero. Nos mostró las cicatrices de los brazos y la pierna derecha.

Al finalizar la guerra fue requerido por Interpol por crímenes bélicos cometidos bajo su mando. Él negó todos estos crímenes. Según dice, el ejército serbio levantó estas denuncias para ocultar todas las atrocidades cometidas por sus propias filas. “Los serbios fueron muchísimo más crueles que Hitler”. Esa fue una cita que repitió una y otra vez. Se paraban frente a las mujeres que llevaban a sus niños en brazos y asesinaban a las criaturas a sangre fría. Violaban a las mujeres delante de la familia. No tuvieron ninguna especie de escrúpulo.

Yo creía que en cualquier momento, mientras construía el relato, iba a largar en llanto pero no. El hombre hablaba con voz tranquila dándole mucha cadencia a las palabras. Dos por tres lo interrumpía para que me repitiera algún fragmento que no había entendido. Le pregunté si psicológicamente habían soportado las secuelas de la guerra pero no comprendió el alcance de la pregunta. A las cansadas dijo que muchos soldados habían sido internados.

Ahora un tribunal internacional lo había declarado inocente pero mientras los dieciocho meses que duró el juicio estuvo encarcelado en Bélgica. En ese lapso Esperanza ya estaba en Budapest.

La figura de Esperanza se hacía cada vez más grande en mis sentimientos. No sabía exactamente porqué pero me la imaginaba padeciendo sufrimientos que no le eran propios, que ella no había hecho nada para merecerlos pero, sin embargo, le había tocado padecer en carne propia. La pérdida de su casa, la lejanía con su esposo, el exilio.

Esa charla también nos acercó más hacia su esposo. Aunque nosotros sabíamos más de él que él de nosotros. En realidad conocíamos su versión, lo que no quiere decir que así hayan ocurrido los hechos. Porque en algún plano menos superficial yo mantenía la duda sobre la veracidad del relato. En ningún momento llegué a cerrar la historia de cómo él se convirtió en socio del hostel, de cómo no corregía la conducta de la recepcionista sabiendo que era algo que les molestaba tanto a él como a Esperanza, de cómo no incidían en la asignación de las camas o de las habitaciones. En fin, no comprendía como él era uno de los dueños pero la dinámica del hostel, por momentos, le resultaba tan autónoma y ajena como a mi.

Pero para aplacar las dudas teníamos pasta y salsa caruso. Comimos ese día, y el día siguiente, y el otro.

Una noche antes de irnos, luego de un día intenso con recorridas por el antiguo Barrio Judío y por las colinas de Buda, regresamos al hostel con frío y hambre. Cuando estábamos calentando los tallarines apareció un morocho de nariz enorme y redonda. Nos escuchó hablar y preguntó si éramos españoles. Él era egipcio, arquitecto de profesión y estaba haciendo un viaje relámpago por Europa. Diez ciudades en siete días. En Barcelona escuchó el idioma castellano y, cuando se cruzó con nosotros, los sonidos le resultaron conocidos.

Era cristiano, profundamente religioso. Para tener una idea del alcance de su pasión por cristo, cuando le pregunté sus impresiones sobre Ámsterdam, dijo que no la había disfrutado tanto porque, por su fe, él no fuma marihuana ni bebía alcohol.

Esto último igual fue un poco relativo porque para la cena compartimos el último vino que nos quedaba.

Pero si tengo que destacar algunas de sus características, debo hablar sobre su profundo conocimiento de las historias bíblicas y su sobresaliente pericia para narrarlas. Esa práctica la adquirió en las clases de su iglesia, donde semanalmente enseña a niños del barrio sobre los relatos sagrados.

Y entre esas historias, la que como arquitecto y cristiano más le llama la atención es la Geometría Sagrada. Así nos pasamos horas hablando sobre triángulos, pirámides, faraones y personajes legendarios.

Se hizo tarde. Al día siguiente él debía partir temprano hacia el aeropuerto y nosotros teníamos el plan de arrancar a pasear desde primera hora de la mañana. Necesitábamos apurar las horas de sueño. Nos fuimos a dormir.

La habitación privada duró apenas una noche. En un momento de sobriedad la recepcionista se dio cuenta que esa habitación no nos correspondía. Desde la segunda noche hasta la última, dormimos en planta baja en una habitación de seis camas. Allí dormimos desde la segunda noche hasta la cuarta con tres jovencitas francesas. A excepción de los ruidos que, hasta altas horas de la madrugada, llegaban desde el pub a segunda y la tercera fueron noches tranquilas. Las francesas llegaban cuando nosotros ya habíamos conciliado el sueño y se despertaban después de que subíamos a desayunar.

Pero la cuarta noche, es decir, la penúltima en el hostel, a las tres francesas se sumó un “hooligan” polaco.

Las chicas aún no habían llegado, faltarían diez o quince minutos para la una de la mañana. El tipo entra a la habitación con la agitación de alguien que corre cincuenta metros para no perder el ómnibus. Vio que yo estaba despierto, dijo hola y me preguntó de dónde era. “Soy de Uruguay” le respondí. “Really!” fue su contra respuesta. No daba crédito a mi nacionalidad. Sus gestos eran como los de alguien que encontró vivo a un dinosaurio.

Enseguida habló de Suárez y de Cavani. Me miraba a través de los cristales de sus anteojos. No eran culo de botella pero sí de un grosor respetable. Él era alto, con piel de palidez eslava. Tenía los labios tan finos que parecía se los habían recortado con bisturí. Le faltaban cinco o seis dientes de la dentición superior. Sin embargo la naturaleza diminuta de sus otros dientes ayudaba a no evidenciar ésta carencia.

“¿Ronaldo o Messi?” me preguntó. “Messi”, respondí. La discusión sobre el mejor futbolista del mundo es una discusión que no me interesa mucho de por sí. Pero cuando estoy acostado en un hostel, ya pasada la medianoche, me interesa aún menos. Para él el mejor era Ronaldo. “Bueno, son opiniones” le dije. “Sí, pero Ronaldo es mejor”, siguió.

Como intuía que mis ganas de dormir eran mayores que las de conversar, dio un giro en la temática y pasó a contarme que su mejor amigo estaba viajando de mochilero por América del Sur. Ahora estaba en Colombia. Y para asegurarse de que yo entendiera de lo que hablaba, fue hasta mi cama, me hizo señas para que me incorporara y en el celular pasó una por una fotos publicadas en el muro de Facebook de su amigo.

Claramente mis respuestas no podían ir más allá de un “ah, sí, bueno”. Cuando terminó con las fotos me invitó a tomar vodka. “Vamos que tengo vodka polaca”.

Mis negativas fueron como siete en cuatro segundos. De su locker sacó una botella y volvió para mostrarme la etiqueta donde se leía Polish Vodka. Y así se fue con su botella a otra parte.

No sé cuánto tiempo pasó luego. Me despertó encendiendo la luz y entrando nuevamente como un bagual. “Vodka, vodka, vodka” susurraba. Revisó en su locker abriendo la puerta del casillero y golpeándola contra los bordes de mi cama sin ningún pudor.

La francesa que dormía en la misma cucheta que él ya estaba en la cama superior. Quizás por no encontrar vodka se fue de la habitación. Dejó la puerta abierta y la luz prendida. Desde el pasillo se escuchaba que hablaba con la recepcionista para conseguir vodka. Ella le decía algo así como que no le quedaba más. Él insistía como alguien que no le gusta escuchar.

En la habitación la luz continuaba encendida hasta que la francesa, a los gritos, le exigió “hey man, please turn off the fucking light!”.

El polaco volvió riéndose. La recepcionista le había dado indicaciones de donde comprar vodka. A la francesa le dijo: “ay bebé, no te enojes corazón, ya te apago la luz” y en la misma frase remató “¿querés tomar vodka?”.

El “do you want vodka?” fue la expresión más repetida hasta ese momento.

La jovencita le respondió con un “no” firme y la luz se apagó.

Nos dormimos.

A las cinco de la mañana me desperté con sus gritos. Él estaba en su cama, con los auriculares puestos y revisando la pantalla del celular. Cantaba It´s my life de Bon Jovi. Se sabía toda la letra. No paraba. Primero pensé que una de las chicas le iba a pedir silencio pero luego escuché que la primera en reaccionar fue Griselda.

Le pidió que se callara, que queríamos dormir pero no acusó recibo. Griselda insistió con palabras hasta que en un momento se hartó y, desde la cucheta superior a la mía, le tiró con un peine que encontró a mano. Con una reacción demasiado rápida para tratarse de un borracho, el tipo le devolvió el peine. Griselda saltó de la cama y salió de la habitación, supongo, para ir a quejarse a recepción.

Con ese incidente decidí levantarme para pedirle al tipo que se ubicara. Pero apenas saque los pies de la cama lo tuve parado delante. Me decía “así que queres pelear, te levantaste para pelear, vamos a pelear, sos hombre, vamos a pelear”.

Ahí entendí que sus intenciones no eran simplemente las de armar bardo por el bardo en sí. Desde un primer momento estaba buscando algo más.

También me cayó la ficha de los dientes que le faltaban. Se ve que esa estrategia, de llamar la atención para terminar a las piñas, era la que venía usando en todos sus anteriores alojamientos.

Volví a acostarme para tratar de que se calmara. Pero nada. Él seguía junto a mi cama. Quería acción. “dale, levantate que te peleo con una sola mano”, “come on! I fight you with one fist” decía en su inglés agresivo.

Mientras tanto me tiraba piñazos con la mano que le quedaba libre, la otra se la llevaba a la espalda.

Griselda volvió. No había encontrado a nadie. Le pedí que volviera a pedir ayuda, que golpeara en todas las puertas. El borracho seguía ahí parado.

Las otras francesas se sentaron en sus camas. “No te entiendo” le decía yo. “Volvé a tu cama, nadie va a pelear contigo”. Pero si bien estaba borracho, sus reacciones aún parecían rápidas.

Ya me estaba hartando. No quería reaccionar porque la situación era absurda y sospechaba que una reacción de mi parte podría derivar en una final triste para cualquier de los dos. Si peleábamos y alguien llamaba a la policía, luego el peso de probar que lo hice en defensa propia caería en mis espaldas. Si nadie llamaba a la policía, y yo lo lastimaba, luego mi conciencia no estaría en buenas condiciones para continuar viajando. Pero, en esa segunda hipótesis, lo que más ruido hacía, era que mi bronca estaba subiendo a un ritmo muy acelerado y sentía temor de luego no poder controlar la ira.

Estaba en Budapest, durmiendo tranquilamente hasta que, de repente, tenía a un borracho pegándome puñetazos en las piernas y pidiéndome que me levantara a pelear. Algo allí pertenecía a otra dimensión.

De pronto las luces de un auto alumbraron velozmente la ventana y el polaco saltó hacia su cama y se hizo el dormido. Cerró los ojos y se mantuvo allí durante un par de minutos.

Aproveché para levantarme y en ese momento llegó el esposo de Esperanza, Esperanza, Griselda y la recepcionista. Las francesas, que habían visto todo el juego, le advirtieron que se estaba haciendo el dormido.

El esposo de Esperanza le pidió que se levantara, que le explicara lo que había

hecho. Entonces otra vez. El polaco se levantó y volvió a tirarme unos puñetazos. “Con una mano, dale, peleá”. Ahora, frente a todos, agregaba que él era un hooligan polaco. Que quería una pelea entre “Uruguay y Polonia”. Entre un hooligan polaco y un “nigger” uruguayo.

El hombre intentaba calmarlo pero no había forma. Por fin lo sacó del cuarto. Pero a los minutos volvió. Ahí yo ya estaba parado. “No fight, finish” eran las únicas palabras que le repetía aunque cada vez me sentía más cerca de perder el control.

Con Griselda entendimos que era momento de preparar las valijas por si teníamos que ensayar una huida rápida. La situación se había vuelta insana.

La recepcionista volvió para avisarnos de que ya habían llamado a la policía pero, con poca vergüenza, me preguntó qué era lo que yo había hecho para motivarlo a pelear. Allí intervinieron las francesas y aclararon los puntos en cuestión. El polaco estaba fuera de sí pero nadie le había hecho nada.

Para desactivar el conflicto, Esperanza nos hizo subir a su habitación. Allí ella nos dejó saber que ese mismo polaco ya se había quedado antes en el hostel y también había armado lío aunque nunca como este noche. También nos enteramos que la recepcionista se sentía cómplice porque ella había estado bebiendo vodka con él.

La habitación de Esperanza era pequeña. Había dos camas de una plaza. Sobre las camas había ropa y otros elementos, como por ejemplo un secador de pelo. Vivían en ese hacinamiento con algunas repisas donde había alimentos y unos muebles que parecían los tesoros que traían de su Albania querida. Ese era el desorden apretado en paredes que no dejaban más espacio que unos pocos metros cuadrados.

Esperanza nos ofrecía su cama y nos pedía disculpas. Volvía a insistir con las camas. “En este duermo yo y en esta mi esposo, duerman tranquilos ustedes que aquí el polaco no entra”. Todo eso nos decía en su italiano de palabras cortadas.

Claro que no podíamos acostarnos en esas camas. El sueño se nos había ido y el las excentricidades del hostel ya nos habían agotado.

Mientras tanto entreteníamos la mirada con las toallas colgadas en una cuerda que colgaba de lado a lado de la habitación. O con la máquina de coser de Esperanza, que también oficiaba de mesa sobre la cual había una manzana a medio comer. Nos costaba dar crédito a lo que veíamos.

¿Por qué tendrían que vivir así? ¿Si él era socio del hostel y durante su vida activa había ganado, en sus propias palabras, miles de dólares trabajando para CNN? ¿Cuál era la guerra que realmente estaba peleando?

Al rato entró el esposo a la habitación y nos avisó que ya podíamos bajar, la policía tenía el control de la situación.

Cuando pasamos por la recepción, dos oficiales le tomaban declaración. El polaco seguía fuera de sí. Reclamaba el dinero que había pagado por la noche porque si se tenía que ir, quería que le devolvieran el dinero.

Llegamos a nuestra habitación y todo estaba en calma. La luz estaba apagada y las francesas dormían. Detrás nuestro vino el húngaro flaco, el de Trainspotting, a confirmarnos que la policía se lo había llevado. Nos pidió disculpas y aseguró que el polaco no volvería. No entendimos porque apareció el en la escena pero bueno, claro que aceptamos las disculpas y otra vez volvimos a la cama. Ahora sí, saludé a Griselda y le dije hasta mañana.

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