Días 15 al 20: El paraíso entre caballos, hongos y tabaco

Islas Gili

 

Para trasladarnos a Gili primero necesitábamos llegar desde Kuta a Padangbai (todo eso en Bali) y, desde allí, tomar un barco hacia las islas.

A las seis y media de la mañana nos levantamos para conseguir ese traslado a primera hora y evitar el calor del mediodía.

Salimos del hostel rumbo a Legian Street, una calle con muchos comercios y ofertas turísticas. Mientrás caminábamos con Rafa, por esas calles angostas, cada pocos pasos en las veredas encontrábamos pequeños platos con arroz, hierbas y saumerios. Este último ingrediente advertía que eran ofrendas aunque aún no sabíamos a qué religión correspondían.

Aquí los sentidos se confunden. El calor en la piel se funde con el aroma denso de comidas que mezclan vegetales verdes con arroz blanco y el azúcar de las frutas tropicales que se hace notar con un dejo hediondo.

Mientras caminaba, intentaba explicar la felicidad de la gente que aparecía, a esa hora de la mañana ya sonriendo, con alguna teoría más o menos argumentable. De alguna forma concluí que la combinación de religión y calor deriva en alegría. Es que además de intentar vendernos algún servicio, sonreían sin pausa.

En Legian Street, además de las ofrendas, los lugareños se acercaban para ofrecernos transporte adonde fuera. Primero autos, luego taxis, hasta que se acercó uno a ofrecernos un viaje en su moto.

Agradecimos con gestos y reverencias improvisadas. ¿Por qué creían que eso nos podría interesar? ¿Los extranjeros que llegan allí prefieren subirse a una moto antes que caminar?

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La camioneta hasta Padangbai pasó por el hostel a las diez de la mañana y demoró una hora y media en llegar hasta el puerto.

Durante el trayecto viajamos con cierto nerviosismo por la idiosincracia del tránsito en Bali. Se conduce por la izquierda y el movimiento de los vehículos es bastante más anárquico que en el mundo occidental. Además, las motos, que invaden las avenidas, se meten por los huecos que quedan entre autos o camiones sin importar la velocidad a la que circulen.

Algo llamativo es que muchos de los motociclistas viajan abrigados, con buzos deportivos, capuchas, camperas de cuero y pantalones de jean. Tal vez prefieren sufrir calor antes que rostisarse por el sol. Quizás por su costumbre ya no sienten calor. Desde la camioneta, sudando la gota gorda, mirábamos ese paisaje con asombro.

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Luego, en un catamarán, viajamos casi una hora y media hasta llegar a Gili Trawangan. En el interior de la nave la brisa, que entraba por las puertas y ventanas, era insuficiente. Sudamos mucho. Nos dieron una botella de medio litro de agua a cada uno. Yo intentaba leer, dormir, hidratarme pero no conseguía nada de eso. Apenas lograba respirar y transpirar en abundancia.

El buque hizo una parada en Gili Air y luego llegó a Trawangan. Al bajar tuvimos que meter los pies en el agua, ese fue nuestro primer contacto con el mar salitroso y cristalino.

Pero la mayor sorpresa fue el paisaje que seguía al salir del agua. Aquello no coincidía precisamente con ninguna definición de paraíso. (Excepto por las letras multicolores de un metro de alto que parecen traídas de una capital de occidente).

En esa playa, que oficia como puerto, se ven bolsas de arpillera amontonadas una encima de otra sin ningún orden en particular ni más intención que el de formar una pequeña muralla. Supongo que es para indicar que esa es la zona de transa. Ahí llegan las personas y las mercancías. Esa es la boca que alimenta la isla. Por eso, debo suponer, también hay basura y olores que mezclan salitre con el tufo de las frutas pasadas de calor.

Mientras llegábamos a la arena, esquivábamos a los turistas cargados con mochilas y valijas que ya terminaban su estadía y rodeaban el barco para subirse y volver a Padangbai. En las islas el transporte funciona así, los viajes se aprovechan en doble sentido. Sirven para llevar y traer.

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Aquí los taxímetros son carros pintados de rojo y amarillo tirados por caballos. En Gili no hay estaciones de servicio, no llegó el combustible fósil, por eso la tracción es a sangre, excepto algunas bicicletas con motores eléctricos. Estos obreros del volante (?) también ven a los turistas como bolsas de dólares con patas. Por eso intentan seducir al cliente con su inglés domesticado: “transport, transport, transport, taxi, transport, taxi”.

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Un turista australiano, que caminaba en solitario porque su novia estaba en la peluquería aprovechando el rendimiento de los dólares, nos indicó como llegar al hostel. Había que caminar derecho. En Gili siempre se camina derecho. Go ahead.

El centro comercial de Gili Trawangan se estira a lo largo de la calle que bordea la isla. Ahí se puede encontrar una infinidad de servicios orientados a las necesidades de relax y ocio del turista. Hay tiendas de ropa, de chucherías y souvenirs. También hay spa donde ofrecen masajes, tratamientos faciales, pedicuría. Además están las oficinas que ofrecen paseos: hacia Komodo donde está la reserva de dragones (esos que tienen la boca más venenosa del mundo), hacia las otras islas y hacia los puntos marinos más destacados para hacer snorkel. Mientras haya dólares, aquí encontrás el tour que quieras. Y como era de esperarse, el resto de esa “rambla” se completa con una serie de bares, uno junto al otro, con bajada a la playa. Todos son la extension del hotel (o hostel) que queda al otro lado de la calle, hacia el interior de la isla.

En algunos de esos hoteles ofrecen cursos de buceo. Un rubro dominado por extranjeros.

Así que para llegar al hostel caminamos por esa calle que mezcla algunos metros de pavimento con otros tantos metros de tierra que, al caer el sol, los mozos de los bares humedecen con agua para que no se levante el polvo.

Mientras se camina, y para no ser embestido por los “taxis a caballo”, hay que prestar atención a las bocinas (de aire) que van tocando los conductores.

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La vida en Gili T se nutre con las rupias que circulan en esa calle. El interior de la isla, que se parece mucho a un asentamiento de esos que antes en Montevideo se llamaban cantegril o en Buenos Aires villa miseria, vive y lucha gracias a esos billetes. Billetes que los lugareños usarán para comer, vestirse y fumar.

Fuman y se ríen. Fuman y ofrecen algún servicio (sea lo que sea el servicio). Fuman y te invitan a entrar a beber y comer en su bar. Fuman y se quedan callados sin ofrecer nada, sólo mirándote a vos o mirándose entre ellos. Pero fuman. Fuman como forma de matar el tiempo que en Gili es imposible de matar.

Y como síntoma de que ahí el tiempo es invencible es que hay gente vendiendo películas en cd. Nunca podría imaginar que, en un lugar como Gili, podría prosperar un negocio de ese tipo. Pero el ocio, cuando llega a niveles extremos, deriva en un consumo que supera los límites de la imaginación más rica.

Es que en la isla todos los días son iguales. Se repiten uno tras otro sin variaciones. Por eso los lugareños, para no caer una y otra vez en ese mismo loop, dilatan el sueño hasta que su cuerpo cae agotado en las sillas de los bares. No quieren dormirse porque, al mejor estilo Memento, al despertar no encontrarán diferencias entre ayer y mañana.

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Pero esa propensión a la repetición y las costumbres es lo que sustenta, creo yo, las necesidades religiosas. Las islas Gili quedan muy próximas a otra isla llamada Lombok (mucho más extensa en términos geográficos), la cual no visité pero según me contaron es el motor productivo de la zona donde se trabaja duro, dicen algunos locales y por eso se escapan para trabajar como meseros en Gili.

Lombok es una isla de mayoría musulmana, los porcentajes no están claros, pero la mayoría de “muslims” está entre el setenta y noventa por ciento, según sus propias estimaciones. Cuando el sol más calienta las arenas de Gili, desde la mezquita se amplifican las plegarias por varios parlantes que llevan los rezos a las playas.

No leí el Corán y no sé nada de Al-lāh (o Alá, por decirlo a lo criollo) pero es un dios con mucha experticia en playas.

En Bali, en cambio, la mayoría es hinduista, y por eso sus ofrendas con platos de arroz y hierbas en las veredas, en los autos y en los pequeños templos que crecen con la misma fuerza que los hongos de Gili.

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En realidad no sé si los hongos crecen en Gili Trawangan, pero ahí es donde los venden. Después de taxi y transport, la palabra que más se repiten en LA CALLE de Gili T es “mushroom”.

También se escuchan ofertas de marihuana, incluso de cocaína aunque para que aparezcan esas palabras antes hay que mostrar cierto interés en las sustancias narcóticas. Pero si se abre el diálogo hay posibilidades hasta de conseguir cristal o meta (que no sé si es lo mismo pero así me lo ofrecieron).

Cuestión que la palabra mushroom se hizo tan amiga de mis oídos que en los últimos días acepté probar.

Aunque me generaba cierta sospecha que justo los oferentes de esa sustancia fueran musulmanes: fieles que no toman alcohol ni comen carne de cerdo porque es mala para el cuerpo.

Pero el marketing de esos susurros surtió efecto y en uno de esos bares, al mediodía, le pedí al joven mozo un trago con hongos y jugo de piñas. Al rato apareció con un vaso cargado hasta la mitad con líquido negro que según dijo era Kopi (café) porque el jugo se le había terminado. También me dijo que el viaje con hongos iba a durar cuatro horas. Así que me apronté para lo que sería una tarde muy larga. Y esperé con ansias esas visiones mágicas que había prometido. Y seguí esperando. Y esperé un par de horas. Y esperé tres horas y llegué a las cuatros horas. Y nada. Sólo veía carros tirados por caballos, playas paradisíacas, turistas con sombreros de todo tipo y lugareños fumando con el pucho pegado a los labios.

Mi primer viaje de hongos fue igual a cualquier otra tarde sin hongos.

Como no quería irme de Gili sin conocer ese viaje alucinógeno. Probé un par de veces más. En cada una de las veces los mozos que lo servían prometían un viaje de horas y horas de risas y visiones mágicas y coloridas, de árboles que hablaban y de olas que crecían como edificios. Pero yo seguía viendo gente intentando venderme collares de perlas y fumando tabaco.

El negocio en Gili es timar a los turistas imbéciles que piensan que ahí están los mejores magic mushrooms. Habría que ver las estadísticas pero tal vez solo uno de cada diez turistas accede a los hongos y los otros nueve se quedan bebiendo juguitos o kopi.

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Mientras tanto la gente del lugar, con sus pelos endurecidos por el agua de mar sigue fumando y tocando la guitarra sobre la calle principal.

Creo que el arte que mejor les sale, además de vender tragos con hongos falsos, es el de cantar. Tienen una capacidad avanzada para entonar las voces y, fundamentalmente, para tocar reggae. Ellos fuman, cantan y tocan reggae.

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A la noche, en el medio de la isla se levanta el Market: el mejor lugar para comer comida típica y barata. Por cincuenta o sesenta mil rupias se come un buen plato cargado con pollo o pescado (frito o asado). Los pescados están disponibles a la vista en el mismo estado que salieron del mar, basta con elegirlos y los ponen a las brasas.

Ahí también descubrí que la gente de Gili, cuando pronuncia palabras del inglés, cambia la “f” por la “p”. Así, los thirtyFive (que valía una pata de pollo frita y rebozada) se pronunciaban como thirtyPive.

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Y los días en Gili terminan con un cielo nublado donde se hace difícil ver el atardecer.

Las playas del oeste de la isla, con bares que tienen pufs y sillones orientados hacia el poniente, son perfectas para el sunset. Pero las nubes esconden el sol hasta que se despide y dice “hasta mañana”.

En cambio, las playas del este de la isla, donde se termina la calle, son las mejores para bañarse. Ahí la calma del agua es total. Y se puede caminar hacia adentro sin dejar de dar pie a los pocos metros.

Las playas que dan hacia el sur, y que también tienen un agua nivel “paraíso”, se hacen muy profundas a pocos metros de la orilla. Eso les permite a los capitanes de los Glass Bottom Boat amarrarlos en el lugar que prefieran sin la necesidad de llevarlos hasta el muelle.

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Se hace de noche en Gili y el barullo crece entre la cantidad de turistas circulando por la principal y la música en mp3 o tocada en vivo. Recuerdo ahora la tremenda voz del vocalista de la banda de covers (creo que se hacían llamar The Whirlpool o algo así) haciendo temas de Foo Fighters, Kings of Leon, Arctic Monkeys y Black Keys que escuchamos la última noche en el bar de Rudy (uno de los lugares donde el mozo me vendió hongos fakes y negó que me había cagado argumentando que era musulmán).

Por eso es difícil entablar un diálogo desinteresado con los locales. No es fácil conversar un rato largo con ellos sin que tarde o temprano aparezca una oferta más o menos decorosa.

Esa dificultad, y la cantidad de basura que se amontona por la falta de cuidado en un lugar tan hermoso, son las cosas que menos me gustaron de mi paso por el paraíso de Trawangan.

Pero al fin y al cabo esos puntos negativos quedan como anécdotas cuando hago consciencia de mi fortuna al pasar varios días con sus noches sentado en esa arena donde descansan los restos de enormes corales que llenan el mar de Bali a pura fauna de peces y colores.

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Y por las noches, el paisaje que se repite, es el de los relámpagos alumbrando el horizonte y amenazando con tormenta. Hasta que amanece y la lluvia moja la tierra despertando a los lugareños de su vigilia para avisarles que otra vez tienen que salir a vender.

Así viví estos días, con una fortuna que se repitió hasta que llegó mi barco y volví a la Bali hinduista de las ofrendas en la calle y el tránsito alocado.

Atrás quedó la Gili Trawangan de los carros con caballos y la mezquita musicalizando las playas mientras los lugareños, entre plegaria y plegaria, aprovechan para dar otra pitada.

Comentarios

2 Comments

  1. Camilo

    Pa, es tal cual como lo contás. Leo y me acuerdo de todo lo que viví ahí. Me vienen los olores del mercadito de comida con los pescados en exposición, los olores a la tierra mojada de las tardecitas, los susurros de “mushroom”, la mezquita en la madrugada, los bares en la orilla. Me lleve la misma impresión que vos, todo muy sucio, muy turbio, mucho negocio raro, para ser un lugar tan hermoso naturalmente. Sigan disfrutando y conociendo de estos lugares increíbles….

    1. Sebastián Villar
      Sebastián Villar

      Ja! qué bueno que ayude a recordar esos momentos 😀
      Ahora estoy demorado con Japón porque me pegó fuerte, es difícil poder comentar algo en este estado de alteración.
      Con Singapur ya avancé (y creo que cuando lo suba va a traer polémica jaja)

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