Día no sé cuanto (y me falta título para el post)

Escribo rápido. Creo que esa es la única forma de ponerme al día con este diario. Que sí, es un “querido diario” y tal vez por ser tan querido, a veces me tomo el derecho de abandonarlo. Casi un mes que no hago público ningún apunte.

Aún sigo enredado con los borradores de nuestro paso por Nepal. No encuentro el foco de esos apuntes. Ahora lo que hago es agregarles o quitarles recuerdos. El polvo es el único elemento que se repite en esos apuntes. En Katmandú el polvo flota en el aire y se adhiere a la ropa y zapatos. En Pokhara no tanto, allí el aire se respira sin mayores problemas, eso es porque el poblado está a orillas de un lago y como telón de fondo están los Annapurnas.
Adelantó que el título para el post de Nepal será “Los colores del polvo”.

Después de Nepal visitamos India. No sé si puedo utilizar el término “visita”. Tal vez quede mejor si le agrego “de médico”, así todo junto queda “visita de médico”. Porque en la fugacidad de ocho días es casi una tomada de pelo hablar de un “recorrido” por ese país que es un continente. De esos días no tomé ningún apunte. Así que cuando escriba todo será en base a la documentación que acumulamos entre fotos y videos. Claro, también apelaré al engaño de la memoria.

Porque en India nos adaptamos al itinerario marcado por la agencia de viajes. El denominador común, a partir de allí, fue el de madrugar. Nunca después de las siete, incluso a veces el despertador sonó a las tres am. ¿Qué recorrimos en India? Varanasi, con un paseo típico a la ribera del Ganges. Agra, para conocer la belleza inmaculada y blanca del Taj Mahal. Jaipur, que para llegar recorrimos algo así como cinco horas de carretera y sentimos el calor incinerante de la aridez india. Allí, en Jaipur, ciudad caracterizada por la calidad de sus telas, géneros y sarees, me pasé toda una tarde en la tienda donde me compré unas camisas hablando con el dueño y los vendedores. Además les ayudé oficiando como traductor cuando un grupo de españoles llegaron a la tienda para hacer sus compras.

Por último nos quedamos tres días y dos noches en Delhi. Una megaciudad con megamiserias. Aún no logro comprender como, una sociedad con tanta historia, puede sostenerse con semejantes inequidades colectivas. Allí vimos gente pobre cagando en la calle y limpiándose las manos con un jarro con agua. Quizás el mismo jarro que al rato les ayuda a quitarse la sed con agua más o menos potable. También conocimos shoppings enormes. Y la tumba donde descansan los restos de Gandhi.

En India el olor a curry está en todas partes. El curry es a India lo que el polvo es a Katmandú. Además, en ese continente país fue donde más padecí el calor. Con temperaturas cercanas a los cuarenta y cinco grados centígrados. Por eso el título para el post, que aún ni siquiera empecé a escribir es: “India: el olor del fuego”.

Y después de India marchamos hacia Dubai. Cuatro días fueron suficientes para darnos de lleno con el lujo árabe. Allí ostentan y disfrutan mientras lo hacen. Por las carreteras, de perfecto asfalto, se ven las fotos del jeque que comanda la nación. Es una familia estado. No tienen impuestos y el régimen de aduanas lo manejan a gusto para atraer la mayor cantidad de negocios posibles. La legión de extranjeros que vive en ese emirato es grandísima. Y son ellos quienes pagan el costo de los servicios públicos. Porque los ciudadanos locales exoneran casi todas esas expensas. Cosas que hicimos en Dubai: safari por el desierto en camionetas cuatro por cuatro. Día entero en Abu Dhabi para divertirnos en el Ferrari World (donde me subí tres veces seguidas a la Fórmula Rossa, la montaña rusa que alcanza 240 km/h en menos de cinco segundos) y en el parque acuático Yas Waterworld. Al otro día me animé a correr en karting pero como no tuve los huevos suficientes para pisar el acelerador, quedé penúltimo en el marcador. Me saqué fotos vestido con ropa típica de árabe. Así actualicé mi perfil de facebook.

De Dubai no tengo ni los borradores de los apuntes ni el título del post.

Creo que no sirvo para mantener un diario actualizado y madrugar. O una cosa o la otra. Justo hoy preferí la otra y me quedé durmiendo en el crucero, en el Nilo, mientras el guía turístico y el resto del grupo salía a visitar el templo de Horus.

Sí, sí, llegamos a Egipto, la historia hecha arena, calles y edificios sin ventanas. En El Cairo hay muchísimo edificios que parecen ruinas. No sé porqué le faltan puertas y ventanas. Tal vez por la revolución civil del 2011. Ahí estuvimos un par de días. Conocimos las pirámides de Giza y las momias del museo que lleva el mismo nombre que la ciudad.

Los madrugones allí no fueron tan intensos, excepto el día que salimos para Asuan. La llamada para despertarnos llegó quince minutos antes de las tres (de la mañana).

Aquí en el sur conocimos Abu Simbel y se me cayeron las medias. En realidad con tanto calor es imposible usar medias pero lo digo como una aforismo para explicar que al ver semejante monumento quedé de boca abierta. Bueno, tampoco fue que quedé con la boca abierta y me entraron moscas, a lo que me refiero es que sentí un asombro inusitado. No daba crédito a lo que veía. Esculturas enormes talladas en piedra que quedaron como legado arqueológico milenario de una civilización que ya no existe.

¿Cómo es que Egipto no define el destino de la sociedad moderna? ¿Cómo es que las libras egipcias no son la referencia mundial? ¿Cómo es que Egipto no es el modelo al que todos los otros países intentan imitar? Es realmente difícil de entender las causas que llevaron a que una civilización tan avanzada decayera hasta quedar reducida únicamente a la increíble majestuosidad de sus obras faraónicas.

En fin, no tengo título para este post.

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