Día 9 – Las piscinas de azufre y vapores especiales

De Ohakune a Rotorua

En síntesis: el post de hoy trata sobre nuestra visita a Taupo y Rotorua, dos lugares que, además de estar muy próximos, tienen paisajes naturales de belleza exquisita. Pero no sólo de belleza natural vive el hombre, así que también compartiré algún comentario sobre las hermosuras femeninas que encontramos en nuestra primera parada (y de los comentarios que las mujeres del grupo soltaron a propósito de los cuerpos masculinos que vieron en esa misma parada).

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Cuando nos fuimos del Top Ten, hicimos varios kilómetros bajo un cielo encapotado que amenazaba con arruinarnos los paseos. Pero por fortuna, al acercarnos a Taupo, las nubes desaparecieron y tuvimos carta libre para bañarnos en aguas termales, visitar las cascadas Huka Falls, liberar adrenalina y girar a 360 en lanchas rápidas, caminar por el maravilloso entramado de lagos de azufre y termas de Wai-O-Tipu y terminar la jornada con una cena en una reserva maorí.

Antes de todo eso nos detuvimos para tocar el agua del Lago Taupo. Donde la arena es muy oscura y el agua, además de fría, muestra un color verde oscuro donde se reflejan las nubes.

Cuando llegamos a la ciudad de Taupo no teníamos idea de qué hacer, así que con Grise fuimos hasta el centro de información turística. Allí nos atendió una señora muy amable que hablaba un inglés perfectamente claro. Para ayudarnos a “conocer Taupo y Rotorua en menos de 24 horas” nos entregó un mapa donde señaló todas las atracciones y sitios de interés.

En la vereda nos esperaban Rafa y Virginia. Desplegamos el mapa y comenzamos a deliberar sobre qué recorrido hacer. Justo en ese momento escuchamos una voz con tono porteño acercándose con recomendaciones turísticas. Otra vez la suerte nos reunía con hermanos rioplatenses (como el que encontramos cuando salimos a caminar por Nelson y nos dijo “a ustedes los entiendo sin activar los subtítulos”).

¿Por qué el lenguaje actúa como una fuerza magnética que acerca a las personas? Necesito una explicación con los argumentos que fundamenten este fenómeno socio-psico-filológico. Por el momento, sin llegar a los diez días de viaje, no tengo el más mínimo interés de acercarme a desconocidos por el mero hecho de compartir el idioma. Al contrario: prefiero evitarlos (pero ellos insisten). Quizás en algunos meses, necesite entablar charla en lengua materna pero por ahora prefiero los acentos extranjeros, porque no hice tantos kilómetros para buscar aquí las palabras que ya conozco. Mi búsqueda no se restringe a repetir, en lugares remotos, las costumbres cotidianas del lenguaje materno.

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Primero nos detuvimos en las termas naturales cercanas a Taupo.

La curiosidad es que estas aguas termales, que caen desde una pequeña cascada, confluyen en un profundo y gélido lago.
El agua cae sobre rocas donde la gente reposa sus nalgas durante varios minutos para relajar el cuerpo. En unos pocos metros cuadrados se conforma un pequeño spa natural donde llegan muchos turistas que andan por la zona para bañarse en un entorno que bordea el surrealismo.

De un lado la cascada con agua caliente. Luego un montón de rocas. Más allá el lago de una profundidad considerable con fuertes corrientes de agua azulada.+

Antes que nosotros había llegado una pareja que, a juzgar por la dulzura en sus caricias y miradas, estaban de luna de miel.

La mujer era joven, de unos veintisiete años, tenía el cabello recogido, ojos claros y un cutis liso y dorado aún no superado por ningún maquillaje. Su bikini era blanco con los bordes de cada pieza en negro. El contraste entre los colores de la tela y su piel era casi tan perfecto como el blanco de su sonrisa. El tamaño de sus pechos era el justo y necesario para equilibrar toda su silueta. Resultaba muy difícil no mirarla.

[Para la descripción del hombre, que también era rubio con la piel de tinte más colorada que ella, le consulté a Griselda si quería dejar aquí algún comentario pero se rehusó, aunque confesó que mientras estuvimos en el lugar, también le costaba no detener la mirada en “ese lomo de pectorales marcados”.]

Rafa también deslizó comentarios sabrosos sobre la rubia pero, para preservar su integridad física, me reservo el derecho a publicarlos.

Quince minutos después comenzaron a llegar más turistas y repetían el mismo procedimiento que nosotros. Dejaban la ropa en las maderas del puente que se alzaba sobre la cascada de aguas termales y bajaban para apoyar el cuerpo en las rocas calientes. Había llegado la hora de compartir el paraíso.

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Desde allí nos fuimos para las Huka Falls. Esta vez no vimos ninguna cascada ni aguas termales sino que nos encontramos con unos rápidos caudalosos de aguas claras y verdes.

Aquí, además de maravillarnos con la vista, nos sorprendimos con el sonido desenfrenado del agua corriendo entre las paredes rocosas.

Nos detuvimos en los miradores y sacamos algunas fotos. Y adivinen con quienes nos encontramos: sí! exacto! con la pareja de rubios germánicos! Claro que ahora tenían más ropa; no recuerdo la ropa del flaco, pero ella tenía una musculosa turquesa con un short blanco, también le quedaba muy bien.

 

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Antes de continuar el recorrido por bellezas naturales, quisimos probar un poco de adrenalina con los jetboats. Para esta aventura nos subimos a una lancha rápida (que alcanza una velocidad que despeina, excepto a quienes no tenemos pelo) y recorrimos el mismo río por el que bajaba todo el caudal de las Huka Falls. Para mayor impresión y adrenalina, la mujer que conducía la lancha luciéndose con gran destreza, además de pasar a menos de un metro de las paredes rocosas y doblar justo antes de estrellarnos contra los árboles que crecen en la ribera del río, hacía giros de 360 grados que nos despegaba el culo del asiento.

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Y así seguimos hasta que llegamos a Wai-O-Tipu, quizás el paseo más surrealista de todo nuestro recorrido en Nueva Zelanda. En este caso caminamos por senderos entre cráteres (¿o cráters?) donde la tierra se abre para mostrar cúmulos de azufre y otros químicos que liberaban gases de aromas penetrantes y marcaban el paisaje con colores intensos.

A medida que encuentro estas maravillas voy conociendo una parte de mi que se despierta y goza a partir de estímulos visuales. Tengo treinta y dos años pero hace poco que descubrí esta sensibilidad ante las variedades cromáticas. Hay combinaciones de colores que me llevan a disfrutar con los ojos como cuando una bebida refinada pasa por mi lengua dejando su huella de sabores frutales (en el caso del vino) o de intensidades más o menos fuertes (en el caso de bebidas destiladas).

En Wai-O-Tipu los lagos de sustancias químicas cambian su estado líquido a gaseoso y en esa reacción inundan el ambiente con vapores de densidad variable. La experiencia de caminar por esos senderos involucra, por tanto, a otros sentidos como el olfato y el gusto porque el azufre y los óxidos se pueden respirar y saborear.

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Pasadas las cinco de la tarde terminamos el circuito que nos llevó casi dos horas de caminata sin pausa.

Fue un día de temperaturas altas y humedad baja. Salimos del parque Wai-O-Tipu con mucha sed pero cuando llegamos a la motorhome nos dimos cuenta que se nos había terminado el agua. La necesidad de líquidos era tal que compartimos la última cerveza (de 330ml) que quedaba y seguimos con la última reserva de leche que quedaba en el bidón.

La jornada había sido intensa pero aún no llegaba a su fin. Rafa no quería despedirse de Nueva Zelanda sin antes visitar alguna tribu maorí para presenciar sus rituales. Así que revisamos la guía turística de la isla norte y encontramos que a unos cincuenta kilómetros un grupo de maoríes organizaban espectáculos sobre su cultura con cena incluída pero había que llegar antes de las seis y media de la tarde. Sin discutirlo mucho más, con el reloj corriendo, partimos en busca de los nativos.

Cuando llegamos tuvimos que insistir para entrar porque la visita estaba a punto de comenzar y nosotros no teníamos reserva.

Al principio nos reunieron con el resto de los visitantes en un lugar al aire libre donde luego aparecieron los maoríes, con su vestimenta y maquillaje típico, emulando cierta sorpresa por encontrarse con todos nosotros.

Posteriormente nos llevaron a otro sitio donde está la aldea maorí. Digamos, es una escenografía a escala real, con chozas de madera y paja donde cada integrante de la tribu explica su status y rol en esa sociedad.

Durante el circuito, al comenzar y finalizar cada etapa, los nativos saludan con el vocablo kia-ora (que se pronuncia kiora). Esto se reitera tantas veces que llega a aburrir hasta al más fanático de la cultura maorí.

Luego los visitantes pasamos a un salón con un pequeño escenario donde se hace una muestra de las expresiones artísticas típicas de la tribu con canto y la conocida danza que los All Blacks llevaron a la fama mundial.

La cena llega como última etapa del paseo y es de platos elaborados de acuerdo a la tradición maorí en base a papa, boniato, zapallo y ensaladas. El ticket para toda la recorrida y la cena nos costó ciento quince dólares por persona, por lo que en la cena, que era buffet, tratamos de descontar lo que habíamos pagado.

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A las diez de la noche volvimos a la ruta y todavía nos faltaba encontrar el lugar para dormir. Con la ayuda de maps.me localizamos un holiday park de la cadena Top Ten en el corazón de Rotorua y pisamos el acelerador hast llegar allí.

Al ingresar, con la misma intención de los días anteriores (de no pagar estacionamiento), encontramos que si bien la recepción estaba cerrada, había un guardia de seguridad justo en el camino por donde teníamos que pasar.

Entonces, para tantear el nivel de control del guardia, Griselda se bajó de la motorhome para hablar con él y determinar si había posibilidades de ingresar o no.

La conversación con el guardia derivó en lo que denominamos el “MOMENTO GRISELDA” de la noche.

Mientras nosotros tres, observábamos con atención lo que ocurría entre Griselda y el obeso guardia, vimos que en un momento el hombre uniformado le hizo una seña en dirección a la puerta de la recepción que, como ya dije, estaba cerrada.

Cuando terminaron de hablar, el señor de panza prominente se subió a su auto y Griselda caminó hasta la puerta de la recepción. Nosotros tres no comprendíamos nada de lo que sucedía. De pronto Griselda se agachó, levantó un sobre blanco que estaba sobre una alfombra, lo observó con atención y comenzó a abrirlo.

Desde la motorhome no dábamos crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Por qué el guardia le había señalado el sobre? ¿Qué había en el sobre? ¿Acaso alguien esperaba a Griselda y le había dejado un mensaje escrito? ¿Era Griselda la destinataria de aquel misterioso sobre?

En fin, para nosotros se suscitaron un montón de interrogantes. Veíamos que Griselda, sacaba una hoja del interior del sobre y la leía con atención. Pasaron unos segundos (que a nosotros nos parecieron minutos) y volvió a la motorhome.

Antes de preguntarle si podíamos pasar o no, obviamente, le preguntamos qué había pasado con el sobre. Y la explicación fue que el guardia le preguntó su apellido, ella respondió “Carle” y el hombre entendió “Clark” (?). Entonces el tipo, que había visto que en la recepción había un sobre para Clark le dijo que tal vez el sobre era para ella. Acto seguido, y sin importarle las consecuencias de abrir correspondencia ajena, Griselda consideró que sería una buena idea revisar lo que había allí dentro. Finalmente nos enteramos que el contenido era la clave de wifi para el señor Clark que estaba alojado en la parcela treinta y cuatro.

La perplejidad ante lo ocurrido cedió frente a nuestra necesidad de ubicar la motorhome en un powered site y conectarnos a internet aprovechándonos de la clave del señor Clark.

Pero cuando creíamos que, nuevamente, íbamos a instalarnos gratuitamente, apareció el primer neozelandes que conocimos con aspecto plancha y se presentó como el manager del lugar. Primero nos preguntó si teníamos intenciones de quedarnos y después nos informó las tarifas. Si ocupábamos una parcela teníamos que pagar veintiún dólares por adulto.

El muchacho vestía con championes deportivos y gorra. Solo le faltaba la campera Alfa Polar para coincidir exactamente con la tribu urbana que los uruguayos conocemos como planchas. Tal vez por estar cansado de tratar con gente que intenta instalarse allí sin pagar, nos habló con prepotencia y anotó los datos de la motorhome en su celular. La situación, a pesar de que nosotros estábamos por fuera de la norma, me molestó y simulé sentirme agraviado por su trato. El continuaba informándonos sobre la forma de pago de los ochenta y cuatro dólares con la mirada perdida en algún punto del horizonte

 

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La última escena de la noche tuvo lugar cuando, con Rafa, salimos a buscar un almacén donde comprar agua, leche y cerveza. Caminamos unas diez cuadras

y no encontramos ningún lugar abierto. Rotorua se parecía a un pueblo fantasma. Sólo nos encontramos con tres chicas a las que les preguntamos si era posible encontrar algún comercio para comprar bebida pero respondieron que allí todo cierra a las diez.

Cuando volvíamos, ya rendidos sin agua, leche ni cerveza, prestamos atención a la arquitectura del lugar. Encontramos varios complejos de viviendas que, por su aspecto, nos parecían muy similares a las viviendas de ladrillos a la vista que se pueden ver entre los barrios Buceo y Malvín en Montevideo, pero con un aspecto muy descuidado. El contraste de esa zona era muy grande respecto a la prolijidad y perfección que habíamos conocido en la isla sur.

Unas cuadras más adelante, quizás a dos manzanas del camping, pasamos por un parque sin luces y con algunos árboles. De pronto miramos para atrás porque tuvimos la sensación de que alguien nos seguía y efectivamente vimos a una persona de traje de vestir en color rojo y corbata del mismo tono. En la cabeza llevaba un sombrero negro. La situación, en una ciudad donde parecía que no había rastros de vida, nos impresionó y apuramos el paso.

A pocos metros de llegar al camping giramos la cabeza y la persona de traje rojo ya no estaba. Estábamos conociendo la otra Nueva Zelanda.

 

 

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