Día 84 – Ao Nang: un celular que casi me cuesta los dientes

Ao Nang es un balneario de la provincia de Krabi. Allí hay: hoteles, agencias de viaje, salones de masajes, restaurantes y tiendas de souvenirs.

Hasta allí fuimos, en un grupo de ocho personas, con la intención de que fuese el epicentro de nuestras excursiones hacia las paradisíacas islas cercanas: Koh Hong, Koh Phi Phi, Bamboo y otras más. El plan para las tres primeras noches era dormir en Ao Nang y durante el día tomar un bote hasta esos paraísos de arenas blancas, monos y palmeras cocoteras.

Para esas noches teníamos reservado el Krabi Heritage Hotel. Un hotel muy bonito con habitaciones amplias y hermosa vista hacia unos acantilados, piscina y a pocas cuadras de la playa. Como servicio adicional, en el lobby, hay una agencia de excursiones donde se pueden contratar los paseos que teníamos en mente. Aprovechando la espera, entre almuerzo y check in, en esa misma agencia contratamos, para el día siguiente, el tour en un bote longtail hacia Koh Hong por unos 3.200 bahts los ocho. Acordamos que la hora de partida, desde el hotel, sería a las siete y media de la mañana.

En este viaje por el Sudeste Asiático hemos ganado cierta experiencia en la contratación de excursiones y, antes de pagarle a la señora de la agencia, que por cierto nos atendía y explicaba las características de cada tour de forma clara y muy amable, le subrayamos que sólo contrataríamos el paseo si en caso de inconvenientes ajenos a nuestra voluntad (clima, problemas con el bote, o cualquier otra contingencia) devolvían la suma abonada. Ella aseguró que sí, que parte de su servicio era darnos la seguridad de que, en caso de suspensión o cancelación, el dinero retornaba a nuestras manos.

Y así pasamos el primer día en Ao Nang. Espera para el check in, seis de nosotros almorzamos en el lobby unos sandwiches y platos preparados que habíamos comprado en un Seven y, por la tarde, bajo recomendación de la señora que nos vendió la excursión, recorrimos la costa hasta llegar a la playa Nopparat (a tres kilómetros del hotel).

Cuando llegamos a la playa, que supuestamente era la mejor de esa zona, nos sentimos un poco decepcionados porque casi no se veía agua. La marea estaba tan baja que, para llegar a mojarse los talones, había que caminar varias cuadras por una arena poblada de pequeños cangrejos casi transparentes que se camuflaban con el color del suelo.

***

Con Ernesto y Rafa declaramos noche de bar. Las chicas tenían su propio plan.

La noche de bar merece un relato aparte porque habría que narrar las peripecias para encontrar un bar con mesa de pool. Luego, llegar al lugar y encontrarlo vacío, incluso sin nadie en el mostrador. Jugamos un montón de mesas, sin pagar nada. Por momentos nos tentamos a abrir las puertas de la heladera. Pero no, comprábamos la cerveza en un bar de enfrente. Llegó un alemán. También quería jugar al pool. Le intrigaba el mismo misterio que a nosotros. ¿Por qué estaba abierto sin nadie que lo atendiera?

Pool en Luna Bar

Jugamos un montón de mesas. El alemán jugó tres o cuatro y se fue. Vivía en Sidney. Tenía 48 años. Estaba solo. Entendimos que se había divorciado hacía años. Le ofrecimos cerveza y se disculpó de no aceptar. Tal vez era abstemio.

Los mosquitos estaban tan desquiciados que salimos a comprar un repelente. Bah, el que salió fue Ernesto. En un momento el alemán se quejó de las picaduras y le ofrecimos el producto. Respondió con una exposición de motivos para no usar químicos en la piel. Habló de que en China estaban los peores cosméticos, que en Europa son mejores y de que en América (por EEUU) hay que revisar las etiquetas. Siguió hablando. En parte por el acento y en parte por su postura preventiva, resultaba muy gracioso escucharlo. Se fue.

Nosotros seguimos hasta que llegaron cuatro personas. Fueron atrás del mostrador. Hablaban entre ellos pero aún no preguntaban nada. Pensábamos que pedirían explicaciones por las cervezas. Tendríamos que responder con una verdad que seguramente ellos no creyeran. Las habíamos comprado afuera del boliche. Pero, justo ese día era feriado budista y ningún comercio podía vender alcohol, por estar bebiendo en su bar tal vez los multaran o algo y nos quisieran cobrar un monto adicional por esa supuesta multa. No sabíamos qué decir.

Hasta que uno de ellos habló. Dijo que el bar estaba cerrado. Que nos teníamos que ir. Le insistimos un par de veces para que nos dispensara un par de cervezas. Como dando a entender que, sin su autorización, por nuestros propios medios no abríamos la heladera. Pero otra vez, igual con tono amable, nos volvió a pedir que termináramos de jugar y nos fuéramos. Que para ellos todavía era feriado.

***

A las siete y media llegó la camioneta que nos llevaría hasta el muelle de los botes. Con Grise aún nos costó despegar la cabeza de la almohada. Bajamos a las siete y cuarenta. El vehículo arrancó ocho menos cuarto. En quince minutos, a lo sumo veinte, llegamos.

Parecía un puerto improvisado. Quedaba junto a la playa de Nopparat, la misma que en la tarde anterior había sido abandonada por el mar. A esa hora no se veían otros botes embarcando. El chofer de la camioneta nos indicó cuál era nuestro bote y subimos. El “capitán”, un muchacho de treinta y poquitos años con la piel curtida por el sol y la delgadez de alguien que desayuna pescado siendo el desayuno su única comida diaria, nos pidió que al ubicarnos en el bote equilibráramos el peso. Nos sentamos cuatro de cada lado. Él saltó del bote. A los minutos volvió con un tanque de combustible. Lo echó al motor. Encendió la máquina y sumergió la hélice en el agua. Partimos rumbo a Koh Hong.

No demoramos en sentir el nerviosismo del mar. Luego, esos nervios se transmitirían a “el capitán”. El longtail (anglicismo utilizado para describir estos botes de cola larga que utilizan un caño metálico para llevar la hélice del motor varios metros más allá de la popa) se hamacaba cada vez que su estructura de madera golpeaba contra las olas. Pronto advertimos que, entre las tablas del casco, longitudinales a la quilla, surgía un hilo de agua con poca presión pero de caudal constante. Supusimos que, oculta en algún lugar de la cubierta, el longtail tenía una bomba para desagotar toda esa agua que lentamente se acumulaba.

Pero la histeria del mar no dio tregua y de tanto agitarnos entre olas, preguntamos al capitán si navegar en esas aguas de tanta turbulencia no sería peligroso. Abriendo sus ojos, de globos blancos como la leche con arrugas nerviosas que le cruzaban la frente parda, respondió que sí. A continuación no entendí qué palabras masculló pero interpreté que decía “It’s very dangerous”.

Mientras todo esto ocurría, Rafa aprovechaba para dormir recostado en las tablas de los asientos, con la cabeza apoyada en el muslo de Vir. Luego diría que no estaba durmiendo, que venía siguiendo los hechos con atención pero prefería esa posición para no marearse.

Javier aclaraba que en caso de naufragar, por la estructura del bote, en poco tiempo las tablas se desarmarían y quedaríamos a la deriva, flotando sin más ayuda que los chalecos salvavidas. Los nervios se le notaban más que a cualquiera de nosotros. Era como si ya hubiese experimentado una situación similar y conociera fielmente las terribles consecuencias de un naufragio. Ahora recuerdo cuando, en un momento de mucho agite, de mis bolsillos se escapó el empaque vacío de un bocadillo que había comido como desayuno. El viento lo llevó al extremo de la popa y yo fui detrás para capturarlo antes de que cayera al mar. Me disgustaba colaborar con la contaminación de este paraíso. No podía mantenerme parado. Primero caí hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Javier pedía que por favor me sentara. Llegó a decir que estaba poniendo en peligro a todos por ayudar a distorsionar el equilibrio del bote. Finalmente conseguí atrapar la bolsita.

La tensión fue tanta que volvimos a interrogar al capitán. “¿Nuestras vidas corren peligro?”

Y este fue uno de los puntos de inflexión. Aquí el hombre se quedó sin palabras y volvió a repetir el gesto de ojos grandes y frente preocupada. Con esa respuesta pareció tan ignorante como nosotros en cuestiones de marea. Entre semejante confusión y amenazas de peligro, le pedimos que reconsiderase el rumbo y que, si el riesgo era alto, por favor volviera a tierra firme. Cerramos con un “It´s up to you” como recalcándole que él era responsable de la decisión porque ÉL era el capitán.

Por un par de minutos nos refugiamos tras unas rocas de una pequeña isla que encontramos de paso. A la media hora ya estábamos de vuelta en el puerto. Toda la travesía, entre que partimos y arribamos, no duró más de una hora. El chofer de la camioneta estaba en el mismo lugar donde nos había dejado. Nos subimos y regresamos al hotel. Al bajarnos, en el lobby, le pedí que por favor nos acompañase para hablar con la mujer de la agencia y así explicarle lo ocurrido.

***

Los sucesos que siguen en esta parte fueron tan intensos como frenéticos y sirvieron para dejar en evidencia algunas de mis reacciones dominadas por la inconsciencia.

No era la misma mujer que nos había vendido el tour. Luego de explicarle todas las peripecias, el chofer se fue y quedé yo sólo con ella. Cada uno de un lado del mostrador. Sin más preambulo le pedí que nos devolviera el dinero o que ofreciera otro tour para hacer ese día. Desde un celular llamó, según me dijo, a su jefa para saber cómo proceder ante el reclamo.

La respuesta fue tan extraña como concisa: no podían hacer nada. Ya habíamos utilizado la locomoción hasta el puerto, se le había cargado combustible al bote y el capitán había intentado llegar hasta Koh Hong. No supe si la voz al otro lado del teléfono respondía con conocimiento de causa o si ensayaba una respuesta que tenía programada por defecto.

A la mujer del mostrador, una tailandesa con facciones suaves y piel blanca con mirada de timidez asiática, le reiteré que esa respuesta no coincidía con el discurso de la otra mujer cuando nos vendió la excursión. Ella intentaba aclararme la situación con plena calma y respeto. Entendí que ella no era responsable del timo que nos damnificaba.

Pedí que, nuevamente, le refrescara a su jefa el trato que habíamos celebrado un día antes. Que le repitiera sus mismas palabras: “ante algún inconveniente, devolvemos el dinero”.

Ahora mi contraparte hacía su segunda o tercera llamada por celular. Reiteró la negativa. De inmediato le pedí que me pasara el teléfono así yo podría hablar directamente con la jefa.

La voz femenina en el teléfono primero me pidió disculpas. Luego continuó hablando sin darme espacio a que diera mi versión. Pedí que por favor me escuchara. Hizo caso omiso. Se cortó la comunicación.

Volvió a llamar. La mujer de la agencia otra vez me dio el celular. Por primera vez escuché una oferta: nos devolverían el 50%, el resto del dinero sería para cubrir los costos incurridos.

Esa respuesta me llevó a pensar que, efectivamente, nos estaban cagando con todas las letras entre la “c” y la “o”. Entonces creí que lo mejor era idear una estrategia rápida para que estos malhechores tailandeses no se salieran con la suya.

Estaba convencido que nosotros no teníamos merecíamos perder dinero. Tal vez había sido negligencia del capitán o de ella misma al vendernos un tour imposible de realizar por el estado de las mareas. ¿Por qué tendríamos que pagar nosotros las consecuencias? Está bien, estábamos en su país y deberíamos apegarnos a sus reglas pero realmente sentí que éramos rehenes de una situación injusta.

Mientras el proceso de negociación avanzaba (o retrocedía, según la óptica de cada espectador) perdí de vista al resto de los gurises. XXXXXX * y Ernesto estaban más cerca, tratando de seguir el hilo de la conversación. Más atrás, en los sillones del lobby, Grise, Cecilia y Vir. Creo que Rafa había vuelto a la habitación. No recuerdo donde exactamente estaba ubicado Javier pero supongo que a pocos metros de Cecilia.

* Novia de Ernesto, por pánico escénico pidió expresamente que no mencionara su nombre en este blog, jaja

***

[Se acerca el desenlace.]

La mujer me volvió a pasar el celular Samsung S6 de color blanco con una llamada de su jefa.

Mientras la voz reiteraba lo del 50%, la interrumpí y, con la entonación más clara que encontré en ese momento, aclaré que si no nos devolvían el total, el celular terminaría en la piscina.

Cuando la mujer del mostrador escuchó lo que le decía a su jefa, se irguió como resorte y trató de agarrar el aparato. Empezó a decir que el teléfono era personal. “Por favor dámelo, es mío, no es de la oficina”. Me paré y con pasos rápidos, en pocos segundos llegué al borde de la piscina con agua fuertemente clorada.

Es fácil respondíUstedes devuelven el 100% y yo te devuelvo el celular. Si no lo hacen, lo voy tirar y, para recuperarlo, tendrás que sacarlo desde el fondo —agregué con palabras aún más firmes.

Por curioso que parezca, yo estaba disfrutando la escena. No sentía nervios. Si bien secuestrar el celular no fue de lo más atinado, confiaba en la justicia de mi planteo. Mientras la mujer a mi lado rogaba por la devolución del Samsung, yo me veía dominando la situación.

De pronto llegó otra llamada. Era la voz de un hombre. Para mantener el celular en mi poder activé el altavoz. La mujer hablaba en tailandés y trataba de agarrar el aparato pero y se lo alejaba.

El hombre parecía preocupado. Por la diferencia de idioma no pude comprender nada de lo que dijeron. Ella aclaró: “era mi marido”.

Volvió a llamar pero esta vez, también por altavoz, le respondí yo. “I have the cell phone and I’m requesting the refund of our money” (Tengo el celular y estoy pidiendo que nos devuelvan el dinero). La respuesta del tipo fue de palabras agitadas que se interrumpieron cuando corté sin más aclaraciones.

La mujer volvió al lobby del hotel. Yo me quedé en una reposera, al borde de la piscina, tomando sol para mostrarle que, bajo ninguna circunstancia, perdería la calma. Desde el restaurante, a unos veinte metros de mi ubicación, dos mujeres contemplaban la escena.

Cerré los ojos y, por primera vez en mi vida, me sentí en una película protagonizada por Denzel Washington. Me faltaba un arma, pero tenía un celular.

Otra llamada. Atendí. De nuevo la jefa. Advirtió que si no devolvía el celular no reintegrarían el dinero. Repliqué que si no devolvían el dinero llamaría a la policía. Se cortó la llamada.

El sol calentaba demasiado. Opté por volver al lobby y explicar la situación en la recepción del hotel. La funcionaria que me atendió dijo que no podía hacer nada. Consideré que, con esa respuesta, se estaban lavando las manos. Le dije que denunciaría la situación en Booking.com y en Tripadvisor. Respondió que lo hiciera tranquilamente, la tenía sin cuidado.

Sentí que tal indiferencia le agregaba un chili ultrapicante a la situación. Así que exigí hablar con el responsable del hotel. La chica indiferente, con voz también insípida, hizo una llamada por línea interna. Al ratito llegó una señora con ojos redondos aunque apariencia más achinada que cualquier otro miembro del staff. Con entonación empática y maquillaje perfecto, de sombras y líneas prolijamente trazadas, procuró calmar las aguas.

Se presentó como la Resident Manager. Era una de las mujeres que me observaban desde el restaurant cuando amenacé con tirar el celular a la piscina.

Para creerle, le dije, necesito una identificación con fotografía. Se rió. Le pareció absurdo que un huésped le pidiese tal acreditación. Aclaré que tenía evidencias suficientes como para desconfiar de su palabra.

Está bien, le mostraré nuestro organigrama —aceptó la encargada.

— Ok, espero —y le mostré una sonrisa simulando cordialidad.

Yo seguía calmo, interiormente tranquilo. Pero hacia afuera mostraba indignación. Alguien le pidió a Griselda que intentara calmarme. Aproveché que allí nadie hablaba español y le dije en voz alta que “tranqui”, “no estoy quemado pero ya que nos van a robar, vamos a complicarla un poco”.

Y cumplí el objetivo con creces: la cosa se complicó bastante más que poco.

***

Resident Manager:

— La devolución está fuera de nuestro alcance porque la agencia no pertenece al hotel.

Sebastián (indignado):

— El mostrador de la agencia está en el lobby del hotel. Para mi es la misma empresa.

R.M.:

— Por favor, hablemos los tres.

S.:

— No, con la agencia ya hablé todo lo que tenía para hablar. En todo caso hablé usted y consiga una solución.

R.M.:

— De acuerdo. Espere aquí unos minutos.

Y me quedé esperando en los sillones mientras ella fue al otro lado del acceso principal para hablar en el mostrador de la agencia.

***

Mientras esperaba, llega otro empleado del hotel con los brazos extendidos sosteniendo un cuadro que parecía recién descolgado de una pared. “Este es el organigrama, mire, ella es nuestra Resident Manager.”

Efectivamente, el nombre coincidía con el que la mujer tenía en su tarjeta personal y la fotografía con su cara.

“Ok, muchas gracias” respondí al empleado. Y volvió reculando a la oficina con los brazos estirados y el organigrama entre ellos.

***

[Ahora sí. Un gordo peludo con ganas de pelear, tres policías y dos mil bahts. Llega el final.]

Aunque seguía siendo protagonista, no me sentía dueño de la situación. Las piezas del puzzle comenzaban a tener vida propia. Pero, así como la historia se complicaba para nosotros, también se jodía para la gente del hotel y la agencia. No comprendía cómo los responsables de ambas empresas dejaban que todo siguiera su curso sin poner un freno a la insatisfacción de sus clientes.

La Resident Manager, que pendulaba entre el mostrador y el living donde estábamos nosotros para darnos las noticias de su intermediación, insistía en que la responsabilidad era de la agencia mientras que, desde la agencia, nos achacaban la responsabilidad argumentando que nosotros pedimos para volver a puerto.

No vislumbrábamos una solución favorable. Y aún faltaban mayores complicaciones.

En un Toyota azul oscuro cubierto de tierra y polvo llegó la jefa. Confirmamos que era la misma mujer que nos había vendido el paseo. Del lado del acompañante bajó un hombre tailandés, con altura quizás superior al metro noventa y físico generoso superando el centenar de kilos. Usaba el pelo largo, recogido con una cola que le bajaba un poco más allá de su nuca.

El tipo entró, sin mirarnos, por una puerta lateral y con pasos rápidos, llegó hasta el mostrador de la agencia donde empezó a hablar con la empleada.

La jefa se acercó sin saludar y me invitó a subirme al Toyota para ir hasta la comisaría.

-Ni lo pienses –respondí tajante- En todo caso que la policía venga al hotel pero a tu auto no me subo –dije en un inglés de calidad dudosa.

Ella gesticuló con manos y brazos, trasluciendo cierta furia, y se subió al coche. Se fue. El gorila tailandés se quedó en el mostrador hablando con la empleada dueña del celular.

Se había cortado el diálogo. La Resident Manager ya no traía noticias. El celular no sonaba. En los sillones del lobby, frente al mostrador, estaba el capitán, el chofer de la camioneta y una mujer musulmana que hacía su aparición en escena por primera vez. Supusimos que era la propietaria del bote.

Durante la espera, con Ernesto y Grise, comenzamos a evaluar opciones para cambiar de hotel. Revisamos hoteles en Koh Phi Phi y hasta en Koh Lipe, la isla cercana a Malasia. Encontramos algunos hoteles que incluso eran más económicos y prestaban, más o menos, las mismas comodidades.

La idea de instalarnos en Phi Phi o Lipe no nos agradaba tanto por temor a que estuviesen repletas de turistas. Pero, al fin y al cabo, allí estaban las mejores playas. 

La búsqueda de nuevos destinos se interrumpió bruscamente cuando vimos que, junto al auto de la jefa llegaba una camioneta con la insignia de la policía.

Primero estacionó ella. Poco más atrás los agentes. Bajaron tres. El más veterano, de bigotes, era el que hablaba con los locales. Subieron las escaleras del lobby y quedamos todos en ronda. La jefa, el gordo tailandés, la mujer del celular, la Resident Manager, los policías, el capitán, Griselda, Ernesto y yo.

El de bigotes comenzó a tomar fotografías de la reunión. Les pedimos que no lo hiciera y el otro oficial dijo que necesitaba las fotos para incluirlas en su informe.

Con una mirada cargada de respeto, y cierto temor, el capitán declaró lacónicamente su versión de los hechos. No podremos saber si coincidía o no con la nuestra pues habló en tailandés. Por los gestos suponemos que decía algo del mar agitado.

Llegó el descargo de la jefa. También en tailandés. A ella se le cortaba la voz, cosa que me confundía. ¿Estaba actuando? ¿Esa era su versión teatral? ¿O también estaba indignada por nuestro reclamo? Llegué a cuestionarme la justicia del planteo que nos había llevado a ese entuerto.

Lo reconozco: la táctica de secuestrar el celular no fue la más acertada. Pero fue el elemento de presión que encontré en el momento. Si un juez me preguntase si, ante una nueva violación de mis derechos como consumidor, volvería a amenazar con tirar un celular a la piscina, seguro respondería que no. “No señor juez, por el honor que me distingue, juro no volver a secuestrar teléfonos móviles.”

Pero… ¿por qué resultaba tan difícil resolver el dilema? ¿Era justo quedarnos sin el tour que habíamos pagado o solamente con el 50% del dinero? ¿La jefa, cuando nos vendió el tour, no debería haber revisado el pronóstico del clima? ¿Por qué afirmó que, ante cualquier inconveniente, nos devolvería el dinero?

Y mientras los oficiales de policía intermediaban y pedían que aceptáramos el 50% las preguntas continuaban rebotando en mi cabeza. ¿Por qué la Resident Manager no asumía parte de la responsabilidad? ¿Por qué, como huésped, me sentía destratado? ¿Acaso estábamos alojados en un hotel donde las reseñas de Booking.com o Tripadvisor importaban poco o nada? ¿Por qué Javier, que en el barco desbordaba de nervios e insistía para volver a puerto ahora no colaboraba para destrabar el asunto? ¿Quién me mandaba a tratar de cuidar el dinero ajeno y sumergirme en una disputa que ni siquiera entre nosotros parecía unánime?

Entre todo este barullo, y cuando justo le pido a la jefa que no me grite, a Griselda se le ocurrió filmar un video.

 

Continuamos con la negociación. Insistimos en que el 50% era muy poco. El oficial que conversaba con nosotros (no sé si era el de más alto rango o el único de ellos que hablaba inglés) trataba de no perder la sonrisa y cuando respondíamos que no, giraba para hablar con la jefa de la agencia.

Los policías de Tailandia resultaron más simpáticos de lo que imaginaba.

El juego continuó en esa misma dinámica hasta que la mujer ofreció devolvernos dos mil bahts en efectivo. Otra vez a sondear las opiniones del grupo.

¿Agarramos los 2.000 o continuamos firmes con el 100%?

Ya sea porque la tensión era demasiada, quizás exagerada, la respuesta llegó rápido: ¡agarremos los 2.000 bahts!

Pero todavía no se levanten del asiento, falta el último minuto de peligro.

***

Mientras la jefa completaba el recibo por los tan codiciados dos mils bahts, el grandote tailandés se me acercó a menos de un metro y con cara de desquiciado amenazó con pegarme. Lo hizo delante de la policía y de todos los otros testigos, repito: el capitán, el chofer, la musulmana, la Resident Manager, la dueña de la agencia y su empleada (que ahí comprobaríamos era la esposa del gorila).

O sea, el tipo con el que había hablado vía celular desde la piscina (cuando aún la escena resultaba graciosa) era el mismo urso que ahora tenía frente a frente. La bestia señalaba el celular y trataba de explicarle a los policías lo que yo había hecho. Los oficiales no entendían. Estaba fuera de sí. El labio superior, junto a la comisura, se le movía involuntariamente. Acompañaba ese movimiento bucal entrecerrando los párpados con movimientos arrítmicos.

Es hora de mi confesión: en ese momento me hice caca en los pantalones. Si me embocaba una piña seguro perdería un par de dientes. Con Ernesto apostábamos a que el loco tenía nociones de Muay Thai. En cambio yo no sabía ni rezar. Además, si yo pegaba primero, con mucha suerte, quizás conservaba mi dentadura intacta pero en ese caso terminaba el día detenido en la seccional de Ao Nang.

Ahora más que nunca: ¡¿qué carajo hacemos, muchachos?! ¡Tenemos los dos mil baht pero esto se está pudriendo!

[Sí, sí, interiormente yo repetía “para qué mierda agarré ese teléfono, la concha de la lora!”]

Griselda también se asustó. Mientras el Titanic Tailandés moría de ganas por aleccionarme con sus puños, ella pedía a los oficiales que por favor lo controlaran.

“¡Este hombre es un violento! ¡Deténganlo!” exigía Grise y agregaba “¡Mi novio jamás le pegó a nadie! ¡Además devolvió el celular intacto!”

Los policías se miraban entre ellos y no sabían qué hacer. Finalmente le pidieron al hombre (a la Gran Bestia Tailandesa diría yo) que se retirara del hotel.

La reunión finalizó. Griselda se sentó uno de los sillones y largó el llanto. Sentía temor por mi integridad física. Repetía que en ese hotel no estábamos a salvo. “Acá no estamos seguros” balbuceaba mientras le caían las lágrimas.

Las chicas la consolaban. Yo me acerqué para abrazarla y repetirle que todo estaría bien. Pasaron unos minutos y volvió la calma.

Hablamos con Ernesto y Virginia y coincidimos que lo mejor era abandonar el hotel. No tenía sentido continuar allí, queriendo o no habíamos quemado todas las naves.

Nos acercamos a la recepción del hotel. Ahora para pedir la cancelación de nuestras reservas y la devolución de las dos noches que teníamos pagas. La Resident Manager accedió a nuestro pedido luego de disculparse por la agresividad del hombre.

Aseguró, una y otra vez, que era un tipo inofensivo. Además, nos dijo, ella le habló para que entrara en razón de que nosotros no le habíamos hecho nada al celular.

A los minutos, mientras esperábamos la devolución del dinero, nos dijo que el hombre pedía disculpas por su exabrupto. Respondimos que aceptábamos las disculpas pero, de todas maneras, no confiábamos en la seguridad del hotel.

Aprovechamos la demora en la devolución para subir a la habitación y aprontar las maletas. A los diez minutos bajamos. Cobramos la plata y nos quedamos con mochilas y valijas esperando una camioneta que nos llevara hasta el puerto, estaba decidido: partíamos rumbo a Koh Phi Phi.

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