Día 80 – Bangkok: desde Buddha hasta Khao San

Veinte grados, tal vez dieciocho. Esa es la temperatura en el vagón del Skytrain (que circula por rieles elevados) en Bangkok.

Afuera, en las calles de los tuk-tuk y los monjes de cabeza rapada, hay calor suficiente como para empapar la remera con el sudor que, en el tren, se vuelve frío y refresca la piel a velocidad ultrasónica.

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Comenzamos por donde, supongo, se inician todos los turistas: el Palacio Real (o Grand Palace como aparece en algunos mapas). Un recinto sitiado por muros anchos pintados, a la perfección, con un esmalte blanco inmaculado.

Para ingresar, además de exhibir la mochila o el bolso a los guardias de seguridad, es requisito vestir camisa que cubra los hombros y pantalones que vayan más abajo de las rodillas. Por creer que esas formalidades de vestuario habían quedado atrás, en los templos de Angkor Wat, llegué de musculosa y bermuda corta. [Este descuido fue útil para conocer la aceitada maquinaria tailandesa para atender la constante demanda de servicios turísticos].

Cuentan con un departamento de vestuario, ubicado a la derecha del sendero de ingreso, donde prestan, previo depósito de 200 baths de garantía por cada prenda, camisas y pantalones confeccionados en telas frescas de colores pasteles.

Mudarme la ropa que traía en uso, por esta otra (más fresca y sin transpirar) hizo mi paseo por el Gran Palacio mucho más agradable.

Vestuario en Gran Palacio - Bangkok

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Durante la visita nos impactó la extrema prolijidad de los templos y la elegancia de la arquitectura budista con sus techos curvos coloreados con pigmentos dorados, azules y naranjas con base de bermellón.

En la primera parte del paseo por el Gran Palacio, disfrutamos los murales que cubren todas las paredes de la galería principal. Allí se representan variadas escenas de la historia y mitología del reino tailandés. Demonios que emergen del mar y amenazan la ciudad con sus gigantes cuerpos bestiales, de senos también enormes, ojos de nuez y labios gruesos cruzados por colmillos puntiagudos que se escapan de la boca.

Así recorremos en redor el templo principal, donde se haya el buda esmeralda…

 

[PAUSA: pido disculpas por esta interrupción en el relato pero entiendo que se justifica.

Ahora estamos en el cuarto día de Bangkok. Escribo estos apuntes mientras viajo en una camioneta cargada con diez turistas y un chofer rumbo al “mercado del tren”. Es un mercado con puestos ubicados a cada lado de la vía que, cuando pasa el tren y para evitar desgracias, desarman y alejan de los rieles las mercaderías . 

Al mirar por la ventanilla, con ojos desprevenidos, descubro que junto a la autopista, en la fachada de uno de los comercios, hay un retrato a gran tamaño (6 metros de alto y 4 de ancho) del rey mientras toca el saxo.

Claro, esto no es para nada curioso en Bangkok. Los retratos y gigantografías del matrimonio real abundan por toda la ciudad. La particularidad de este mural es que aquí el rey aparece tocando un instrumento musical, es decir, alejado de las posturas serias e impostadas con las que suele mostrarse habitualmente. Así, el imaginario tailandés se puebla con referencias hacia la realeza.

Listo, aquí termina este apunte sobre la omnipresencia real (real de realeza) y vuelvo al post sobre el primer día en Bangkok].

… el buda esmeralda es una escultura muy pequeña ubicada en un alto pedestal rodeado de simbología budista y labrado en oro marcando contraste con los tonos rojizos que visten las paredes del templo.

Como lo advierten los carteles, aquí no se pueden tomar fotos. Un guardia vestido con uniforme beige controla que se cumpla con dicha ordenanza. En dos ocasiones, con gestos toscos y sin ningún tipo de diplomacia, le quitó el celular de las manos a dos mujeres que fotografiaban la pequeña escultura y, antes de devolver el aparato, confirmó que hubiesen borrado las imágenes religiosas.

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Otros carteles, ubicados al ingreso de cada templo y que también marcan el sentido budista de los tailandeses, son los que advierten sobre la falta de respeto que significa comprar souvenirs u otras imágenes de Buda (en la gráfica escriben “Buddha”) con destino ornamental o decorativo. Para desmotivar este tipo de negocios (que hacen extensivos a los tatuajes) avisan que utilizar la imagen de Buda para decorar (la casa o la piel) está penada por ley.

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Wat Po es el templo donde descansa el famoso Buda Reclinado.

Para llegar seguimos el perímetro del Gran Palacio. Dimos media vuelta manzana, de cuadras bien largas por cierto, y en unos diez minutos alcanzamos el punto de acceso.

Unos metros antes de entrar, paramos en un puesto improvisado en la vereda para comprar agua y una gaseosa fría. Mientras la señora nos atendía, otro señor mayor que estaba sentado junto a ella intentó, inútilmente, convencernos para hacer otro paseo porque, según su versión, a esa hora del mediodía Wat Po sólo abría sus puertas para tailandeses, más no para extranjeros.

Las artimañas de los conductores de tuk-tuk son muy conocidas gracias a los centenares de experiencias que se cuentan en los blogs y foros de viajes; siendo la más común esta que acabo de apuntar. “Ese templo está cerrado, venga conmigo que mejor lo llevo a un templo más interesante”. Y, si el turista confía en la mentira del chofer, termina en algún mercado de seda o joyas o, si es de noche, en un pussyshow pagando alguna “propina” por haber presenciado el polémico espectáculo. 

De piez a cabeza el Buda Reclinado mide 46 metros y, de alto, 15; es realmente inmenso. Sin embargo, no es posible contemplar semejante figura de un único vistazo pues descansa en la parte central del templo y allí, los anchos pilares que sostienen la cúpula, lo encierran ocultando, al mismo tiempo, fragmentos considerables de su estructura dorada y pulida.

La espalda, es decir: la parte posterior de la escultura, está actualmente en restauración. Se puede circular por ese lado del templo pero tiene algunos sectores cubiertos por nylon blanco donde se esconden los artesanos que lo restauran.

Pero tal escultura, magnífica y opulenta, no fue lo único que me llamó la atención en ese templo.

De repente escuchamos un sonido repetitivo, similar al de la lluvia cuando golpea los techos de chapa. Seguía cierto ritmo, repitiendo el ciclo cada pocos segundos.

Al girar por la galería, a espaldas del Buda Reclinado, descubrimos que el goteo metálico provenía de las monedas que un funcionario recolectaba de las urnas de donaciones y las pasaba a una urna mayor. El hombre estaba en pleno proceso de recolección de las donaciones que los creyentes habían depositado allí unos minutos antes. Todas las urnas, con formas de ollas de metal, tenían monedas. Y por la cadencia con que el uniformado ejecutaba la tarea, era fácil suponer que sus ocho horas (tal vez más) se dedicaban exclusivamente a este traspaso para acumular las donaciones en un mismo depósito.


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Al salir de Wat Po ya estábamos cansados del circuito turístico y optamos por recorrer los Royal Grounds (que funcionan como parques abiertos con césped corto y vista despejada) donde se puede observar la cúpula del Gran Palacio hacia el sur o el área donde se emplaza el museo de la moneda hacia el norte. Luego, desde allí, partiríamos con una larga caminata hasta volver al hostel.

Justo esa tarde, en los Royal Grounds,  tenía lugar una “exposición” de monasterios budistas, por tanto, los jardines reales estaban bordeados por tiendas de lona blanca identificadas con el nombre de cada monasterio*.

Los monjes de cabeza calva y túnicas anaranjadas pululaban por todo el perímetro. Algunos, en la entrada de sus templos-carpas, hablaban por micrófono. En otras tiendas parecían organizar conferencias presenciales, en otras las reuniones eran virtuales, con proyectores y pantallas gigantes. No obstante, el denominador común, en todos los casos, eran las urnas apostadas allí para recibir donaciones.

*El 20 de mayo se celebraba el Visakha Bucha: fecha del nacimiento, iluminación y muerte de Buddha. Fiesta pública seguida por los budistas theravadas (escuela de mayor arraigo en Tailandia).

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Pasamos luego por el Monumento a la Democracia que, vale aclarar, no se destaca por la relevancia de su diseño ni arquitectura. Es un monumento amplio ubicado en el cruce de dos avenidas, pero no mucho más.

Ahora pienso que la falta de destaque en este monumento, y el realce del afiche que tiene al fondo con el retrato gigante de la reina, guarda coherencia con sistema monárquico que comanda esta nación y con la fuerte presencia del aparato militar en la historia reciente del país.

[Dos días después le preguntaríamos a Lek, la dueña del hostel donde nos alojamos y guía por un día en Bangkok, sobre el sentido popular hacia la monarquía. En su respuesta nos explicó que el Rey es muy respetado por el pueblo tailandés porque demuestra solidaridad con las clases menos favorecidas (ejemplo: campesinos) y realiza aportes económicos a diferentes causas sociales.]

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Continuamos la caminata. Atravesamos un barrio de carpinteros y talleres donde fabrican, arman y venden artículos de madera (desde parquet para pisos hasta persianas de enrollar).

También pasamos por un mercado donde encontramos, por fin, precios baratos. [Aquí podría abrirse un discusión respecto a si Tailandia es un destino barato (por ejemplo: ¿es más barato que Vietnam?) pero, supongo, la discusión se tornaría infinita así que lo dejo para una charla aparte con el que quiera comentar este post.]

Allí compramos un ananá que fuimos deglutiendo mientras concluíamos que, si bien su sabor era deliberadamente dulce, no alcanzaba a ser exquisito como los ananás vietnamitas.

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Van dos kilómetros de caminata a ritmo lento y el sudor nos baña sin pedir permiso. Griselda me pregunta si quiero seguir caminando o si paramos un taxi. Instante en el pasa un niño por delante de nosotros, camina descalzo, sin camisa, con labios y uñas pintadas de rojo. En la espalda desnuda le cruzaban unas rayas como si correspondiesen con arañazos. Giró y se perdió en una esquina.

Mientras tanto, esa imagen del niño nos dio pie para otra cuestión. ¿Por qué en Bangkok convive un contingente tan grande de travestis?

Lo de “convivir” es a propósito. Aquí no se percibe discriminación hacia los transexuales. Los travestis (o ladyboys por el anglicismo que los hace internacionalmente populares) no están confinados a vivir de la prostitución. En Bangkok, los transexuales trabajan en restaurantes, tiendas de ropa, salones de belleza y comercios en general.

Y claro, hay más preguntas.

¿Por donde cortó camino la sociedad tailandesa para aceptar a sus ladyboys mientras mantiene las murallas de una monarquía con religión oficial?

Esta fue otra pregunta que llevamos a la conversación con Lek. Pero ella tampoco tenía una respuesta. Mientras almorzábamos en un restaurant atendido por un travesti (sus facciones mezclaban la sensualidad de la Coca Sarli con la geometría de Florencia de la V), ella nos decía que la transexualidad aparece en ellas (las ladyboys) por causas biológicas.

Bueno, sí, esa es una respuesta que hasta podría considerarse obvia pero al insistir y preguntar por qué aquí la concentración (quizás la exposición) de travestis es mayor que en cualquier otra ciudad, nuestra amiga tailandesa se queda sin palabras para completar una respuesta.

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“No dan más, mis pies no dan más”, le dije a Grise justo antes de proponerle tomar un taxi para volver al hostel.

Aunque no parezca, esa decisión “¿tomamos un taxi o caminamos?” no resulta tan sencilla para los primeros días en Bangkok.

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Nos tiramos en la cama para descansar una hora antes de volver a la calle, esta vez para conocer el lado más salvaje de Bangkok: Khaosan Road (Khao San Road) la calle ubicada en el barrio Banglamphu del distrito Phra Nakhon.

A las nueve y media de la noche escuchamos el pitido de la alarma y nos levantamos. Esta vez preferimos tomar primero SkyTrain y luego combinar con un taxi.

Una hora después llegamos a Khaosan. Cuando doblamos la esquina para tomar la calle en cuestión, nos dimos de frente con puestos callejeros donde venden ropa o comida al paso. En pocos metros encontramos barbacoas cocinando pequeños trozos de carne porcina, remeras de dudosa calidad a 100 baths y tiendas de souvenirs.

Ya en la siguiente cuadra, el volumen amplificado de la música que pasaban los boliches complicaba la conversación. Esa era el área más dura de Khaosan. Quizás cinco o diez antros en unos cien metros. Repletos de turistas tomando alcohol de baldes venidos como “Buckets a 180 baths”.

La masa sónica sonaba pegajosa. Bajos crudos alentando el punchi-punchi.

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Allí, con turistas amontonados por decenas en pocos metros cuadrados, los tailandeses intentan ganarse la vida con rubros que rozan (o directamente se sumergen) en la ilegalidad.

Junto al puesto que despacha cervezas a ciento veinte baths aparecen los carritos ofreciendo arañas, escarabajos, escorpiones y cucarachas fritadas en aceite, salsa y sal. Entre esos puestos (y entre el punchi-punchi que afloja para dar paso al pop de Ricky Martin o Pitbull) afloran, como hongos, las señoritas tailandesas, de estatura modesta, con carteles que anuncian los “laughing balloons” a cincuenta baths.

Los laughing balloons (globos de la risa en español) son globos como los que se acostumbran a inflar en cualquier cumpleaños. Sin embargo, en este caso, los cargan con óxido nitroso en estado gaseoso para que, cuando la persona aspira el contenido, experimenta una sensación hilarante que la lleva a una risa profunda durante un par de minutos.

A pesar de lo ilegal, los bares de Khaosan ofrecen estos globos sin ningún tipo de pudor. Estando allí y, obviamente, con ganas de reírnos y pasarla bien, compramos un par de globos para probar su efecto.

Griselda se quedó sin su pase directo a la risa porque mientras se lo colocaba en la boca, un turista le pasó por al lado y el globo salió disparado. En mi caso, aspiré todo el gas posible de una sola calada pero, a pesar del esfuerzo, la risa descontrolada no llegó.

Creí que lo había hecho mal. Pregunté a otros turistas, estos respondían que sí, que el gas “pega” y que durante minuto y medio o dos no parás de reírte. Como no quería irme de Khaosan sin conocer ese “pegue” (supuestamente tan intenso como efímero), a los minutos volví a comprar un segundo globo. A esa altura ya había tomado una cerveza.

En esta instancia tomé la precaución de aspirar con cuidado. Sujeté la boquilla del globo entre los dientes y labios y metí el gas al cuerpo…

1, 2, 3… fui contando los segundos hasta que llegara el efecto…

58, 59, 60… otra vez: NADA, esa fue mi segunda y última experiencia con los globos de la risa. Ningún efecto.

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Pasada la medianoche y con la experiencia fallida a cuestas, me contenté con estar en la zona más agitada observando como esa especie de zoológico nace, vive y muere cada noche.

Por ejemplo: un bar anunciaba en un cartel de neón que no pedían documentos ni para controlar el ingreso al local o para expender alcohol. Frente a ese bar, un puesto callejero (sin personal visible en su mostrador) ofrecía, mediante un listado gráfico, la falsificación de una variada gama de documentos oficiales. Según informaba el cartel, allí se podía conseguir desde una libreta para conducir hasta un certificado de idiomas que habilita a dar clases en cualquier institución de enseñanza. Lo que quieras. 

Sin duda Khaosan se presenta, para algunos, como la tierra de las oportunidades. En cambio, para otros la experiencia se acota a tomar cerveza, aspirar óxido nitroso, recorrer una y otra vez sus cuatro cuadras y contemplar el tránsito infinito de personas deseosas por satisfacer sus instintos más básicos.

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Luego caminamos por Rambutri, a la vuelta de Khaosan. Y lo que en la selva de Khaosan eran pubs y ofertas indecorosas, en Rambutri eran restaurantes, hoteles y choferes de tuk-tuk intentando hacer su faena.

A esa altura nuestro objetivo de tener un “pantallazo” de la ciudad ya estaba cumplido. Nos acercamos a los tuk-tuk y buscamos precios. Ninguno se bajaba de los 200 baths, decían que el precio bajaba si aceptábamos parar en un pussyshow para luego seguir hasta nuestro destino. Declinamos la oferta y paramos, por segunda vez en el día, un taxi (a esa hora el SkyTrain ya no funcionaba).

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En el camino nos encontramos con una situación que fue el broche final para la velada.

La vereda de la estación de trenes estaba atestada con decenas (quizás llegando a la centena) de monjes durmiendo sobre sus ropas coloridas. Entre ellos se divisaban vagabundos y personas sin hogar. Estos últimos entre cartones o telas con las que improvisaban refugios más o menos apropiados para el pernocte.

Asombrado por toda esa gente durmiendo en la vereda le toqué el brazo a Grise y exclamando le dije “¡mirá los monjes!”. A lo que ella, con la mirada fija en las manos del taxista, retrucó con voz nerviosa “¡vos no te distraigas y mirá las fichas!”.  

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