Día 76 – De templos, bailarines y piernas amputadas

De templos

Si se habla de Camboya, se habla de Angkor Wat. Y las razones son muchas: es el templo más impresionante del legado Jemer, es la principal atracción turística del país, es el símbolo central en la bandera camboyana y es un lugar muy bonito para contemplar el amanecer.

Y para hacer honor a semejante emblema, hoy nos levantamos muy temprano para presenciar el amanecer en Angkor Wat.

Synat, quien ofició de amable y simpático chofer en nuestra recorrida de dos días por los templos, nos recogió a las cinco menos diez por el hotel para llegar al templo unos treinta minutos más tarde.

Mientras nos acercamos a Angkor, divisamos primero sus torres y observamos el reflejo de estas construcciones en el agua del canal que bordea al templo. Ese es el lugar elegido por los cientos (tal vez miles) de turistas que se apuestan por allí con sus cámaras y celulares prontos para registrar el ascenso del astro Sol.

Angkor Wat esa una construcción majestuosa craneada bajo el imperio de Suryavarman II que, además de hacer justicia a la devoción religiosa del rey, refleja su megalomanía incontrolable.

Este complejo religioso se dedicó en principio a Vishnú, una de las principales deidades del hinduismo pero con el pasar de los años, los reinados y las guerras, los sucesores de Suryavarman se acercaron un poco más al budismo. Por esa razón, al día de hoy, se encuentran en los rincones de Angkor Wat varios espacios destinados al culto de Buda.

Con el amanecer registrado en la cámara, volvimos a la pasarela central para caminar un centenar de metros y así adentrarnos en las intimidades de esta maravilla del mundo mundial, ja!

Piedras con formas más o menos regulares y prismáticas levantan los muros de Angkor Wat. Y ya en los primeros metros de recorrida, notamos los detalles esculpidos en las rocas con la técnica del bajorrelieve.

Para avanzar y cambiar de ambiente es necesario subir y bajar escalones. Las galerías se abren en forma de cruz hacia los cuatro puntos cardinales. La distribución de los templos interiores, se realizó atendiendo criterios, además de mitológicos, supersticiosos.

Así llegamos al patio central donde nos topamos con una larga fila de turistas aguardando para subir a la torre que marca el centro de Angkor Wat y permite apreciar su arquitectónica belleza desde las alturas.

Mientras los turistas esperamos , los guardias recorren la larga fila controlando que la vestimenta no atente contra la creencia jemer. Las rodillas y hombros deben ir cubiertos, si la pollera es muy corta o usted está de musculosa, saque un pareo o una toalla de la mochila y cúbrase. Vamos que ya falta poco para subir. Ah, el sombrero tampoco está permitido, por favor: ¡quíteselo!

Desde arriba, y a lo lejos, vemos el verde de la jungla. Más cerca vemos los techos cerrándose con formas triangulares. Según parece, en aquel entonces, los arquitectos jemeres aún no dominaban la técnica del arco y por ese motivo los espacios bajo techo resultan angostos y estrechos. También observamos el enjambre de turistas cubriendo recovecos y patios.

Impacta el tamaño y resulta difícil imaginar el trabajo de diseño e ingeniería para semejante construcción. Sin embargo, lo que hace abrir la mandíbula hasta llenarla de asombro son los trabajos de escultura en cada una de las paredes que completan los miles de metros cuadrados edificados.

Y llegamos a la galería exterior. Han pasado dos horas desde que atravesamos la puerta principal. Pero necesitamos más. Un día, por favor, tal vez una semana, no, mejor un mes. Aquí la sensación es de infinito. No alcanzan los ojos para fijar los detalles ni el olfato para oler tanta historia.

Esta galería tiene en sus paredes un extenso relato épico esculpido con bajorrelieves. Son cientos de metros para recorrer con la mirada entre lineas que contornean siluetas antropomórficas con armas levantadas y multitudes enredadas en una lucha que parece no tener tregua. Y sobre los hombres, los dioses. ¿Hasta dónde llega la creencia? ¿Hubiese sido posible un monumento tan magnífico sin dioses que lo inspiraran?

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Angkor Wat es el complejo más imponente de todos los que visitamos pero no es el único que logra asombrar. Toda la colección de templos del imperio jemer tienen abundancia infinita de detalles interminables.

Luego de Angkor Wat pasaron a construir Angkor Tom, donde la escultura se enfocó en la representación de rostros esculpidos en gran tamaño con expresiones que guardan significados religiosos particulares.

Y otro de los templos, tal vez el que más nos gustó después del indiscutible Angkor Wat y que merece especial atención por sus árboles enormes invadiendo el espacio antes destinado a las piedras talladas, es el Ta Prohm (célebre por ser locación principal de la película Tomb Raider).

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De bailarines

Si se habla de Camboya, nadie habla de bailarines. Pero sí deberían hacerlo. En la Pub Street de Siem Reap la noche arde con la música azotando los oídos. Son un par de cuadras con bares, restaurantes y pubs atosigadas de turistas que buscan acción (y placer nocturno) luego de calma reflexiva (y el calor intenso) en las recorridas por los templos.

Además de los restaurantes de comida típica, en la calle se pueden encontrar puestos donde venden tarántulas, escorpiones y cucarachas asadas. Allí los turistas pueden probar toda su valentía gástrica o pueden optar por acercarse algunos de estos bichitos a la boca para tomarse una foto con la que luego impresionar a sus amigos (pero en ese caso deberán pagar medio dólar para consumar la hazaña).

Sin embargo, el acontecimiento que caracteriza la noche camboyana en Siem Reap llega de la mano de los sensuales y afeminados bailarines que pueblan las tarimas de los boliches con sus coreografías entrenadas y sus remeras que dicen “Butterfly” o “Miracle”.

Son ágiles, delgados y no miden más de un metro setenta y cinco. Algunos tiñen su pelo con tonos rubios, otros disfrutan levantándose la remera para mostrar el ombligo. Nacieron en Asia pero sus ojos no acompañan el diseño chino. Juntan las manos y sacuden las caderas. Mientras unos agitan las nalgas otros ponen su pelvis a disposición. Bailan, sonríen y escuchan techno.

Entonces, así como el francés Henri Mouhot llevó a Angkor Wat al reconocimiento mundial, este humilde anotador considera oportuno (y necesario) que se reconozca el particular talento de los camboyanos para la danza y el baile erótico.

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De piernas amputadas

Y si hablamos de Camboya…

Por alguna extraña razón, el mismo dios que dotó de pericia extrema a estos bailarines, ordenó una guerra que dejó a una multitud de personas con piernas amputadas.

Se los ve en la calle, arrastrándose a veces con la ayuda de sus brazos o, en el mejor de los casos, con alguna muleta o pierna ortopédica. Estas personas, ahora discapacitadas, son el testimonio de un conflicto bélico que no midió crueldad alguna y se sufrió con la complicidad de las principales potencias.

Muchos de ellos ahora se ganan la vida como músicos de orquesta. A la salida de los templos, o en la mismísima Pub Street, interpretan sus canciones para esperar la ayuda de los turistas.

Ellos, que padecieron un capítulo siniestro de la historia humana, perdieron sus piernas cuando, con mucha desgracia, pisaron una mina hundida en la tierra que cultivaban. Y ahora, al igual que los bailarines o los templos, forman parte de la variopinta (y sufrida) escenografía camboyana.

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