Día 75 – Camboya: tierra seca regada con sangre

Para ser honestos: pisamos suelo camboyano porque aquí se levantan los templos de Angkor, la mayor colección de templos religiosos que se haya construido jamás. Así que no puedo afirmar si, en caso de que Angkor no existiese, este habría sido un destino tan firme como lo es ahora, en nuestro primer viaje por el Sudeste Asiático.

Pero bueno, esa reflexión (¿y si Angkor no existiese…?) no tiene mucho sentido porque de hecho existe. Así que basta de lucubraciones inútiles y vamos a las primeras impresiones de nuestra visita por Siem Reap.

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En esta tierra árida brotan los tuk-tuk. Este es el medio de transporte por excelencia para los turistas que llegan a Siem Reap. El vehículo se compone de una moto que tira de un carro con dos ruedas (al igual que un auto tira un trailer o un camión de una zorra). En ese carro van los pasajeros, que pueden ser hasta cuatro, sentados en butacas más o menos cómodas (variando su calidad de tuk-tuk a tuk-tuk).

Por tratarse de nuestro primer día, anterior a la visita a Angkor, nos propusimos dar una mirada panorámica al lugar y confiamos en la conducción de Johnny, un nativo de Siem Reap que se gana la vida manejando su tuk-tuk.

Primero nos dirigimos hasta la zona de los lagos, a unos diez kilómetros del área donde se encuentran los hoteles y el mercado. En esa especie de puerto se ofrecen tours acuáticos por el Tonlé Sap (que traducido del jemer sería algo así como el Gran Lago) hasta una “ciudad flotante”. Pero en pleno mayo los niveles de agua están muy bajos y el paseo deja de ser recomendable. Sin embargo, hicimos caso a la sugerencia del chofer y luego de transitar casi media hora por la seca carretera cubierta de polvo, dimos con el lugar. Johnny, recién allí, nos aclaró que para conocer el “gran lago” debíamos dirigirnos hasta la oficina donde vendían los tickets.

Veinte dólares cada ticket para hacer ocho kilómetros en bote nos dijo un camboyano desde el otro lado del mostrador. Después de allí, por el bajo nivel del lago, sería necesario tomar un taxi acuático para navegar por las aguas de la ciudad flotante, para eso pagaríamos quince dólares adicionales.

Así son los precios para los turistas en Camboya. Evidentemente esos tickets no podrían, jamás, tener lugar en nuestro presupuesto. Y tal como llegamos hasta el puerto de botes, volvimos en sentido inverso.

Aún no podemos afirmar si este destino es más o menos caro que los otros países del sudeste, pero es una ilusión inevitable cuando se utilizan dólares como moneda principal.

En el camino de vuelta cruzamos a varios escolares vistiendo camisa blanca y calzados con chancletas. Aquí, quizás por las temperaturas que soportan, la genética colorea la piel de las personas con tonalidades más achocolatadas que en destinos anteriores.

La pobreza se manifiesta en los hombres y mujeres que trabajan en el campo o cargando materias primas o mercaderías variadas en sus bicicletas o en los carros que improvisan sobre las carrocerías de unos tractores adaptados a tal fin.

Aunque, mejor dicho, la pobreza queda en evidencia cuando, entre los campesinos, vemos pasar, no una, sino varias camionetas con el logo de Lexus con tracción en sus cuatro ruedas.

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Al volver del lago visitamos el Museo de la Guerra. Poco entendimos del inglés hablado con marcada velocidad y singular monotonía por nuestro guía. En principio creímos que no tenía esmero en contar la historia pero, a medida que su relato avanzaba, comprendimos que perder toda la familia en la guerra o amigos con piernas amputadas gracias a las minas que quedaron hundidas en la tierra como peor testimonio del conflicto bélico eran argumentos que justificaban ese tono cansino al narrar.

Por lo demás, en el museo se encuentran los restos de proyectiles, armas y demás artefactos de la industria militar. No son extensos los metros cuadrados que ocupa pero basta con muy poco espacio para comprender la ferocidad, y crueldad, de esa guerra en la que sucumbieron millones de camboyanos (donde, además, muchísimos otros quedaron heridos para siempre).

A eso nos referimos con tierra regada de sangre en el título de esta entrada. No obstante la poca cantidad de información, la dificultad para intuir que fue una guerra al estilo carnicería humana es nula.

En la noche de este día confirmaríamos varios pasajes del relato pronunciado por el guía del museo. Mientras cenábamos en Pub Street, calle principal en la movida nocturna, varios hombres amputados se acercaron a mendigar apoyo económico. Porque así como lo aclaró nuestro guía: estamos en un país con mucha corrupción donde, antes de suministrarte medicina, te preguntan cuánto dinero tienes en la billetera.

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Al cerrar la ronda de paseos visitamos el killing field donde encontramos, amontonados en recintos sagrados, restos óseos de las personas asesinadas bajo la dictadura de Pol Pot.

Restos óseos en el Killing Field
Restos óseos en el Killing Field

Se trata de un conjunto de templos budistas que entre los años 1975 a 1979 también funcionaron como prisión para alojar a los supuestos detractores del régimen comunista camboyano.

Caminar por esos senderos, bajo el sol que incinera los días de mayo, es una actividad poco amigable para el alma pero muy rica para el saber histórico. Si a este recorrido se le suma el realizado en el War Museum, uno queda muy cerca de comprender las atrocidades sufridas por el pueblo de Camboya.

Luego de esto resulta muy difícil hablar con Johnny, el chofer, sin transmitirle el pesar por todo su padecer.

Casi escondida, detrás de un templo con paredes interiores pintadas en colores de tono alto, encontramos una pequeña habitación con pinturas que describen las penurias sufridas por los prisioneros en los campos de exterminio.

Pinturas sobre el Killing Field
Pinturas sobre el Killing Field

Killing Field

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Por último decidimos ingresar al templo budista. Sobre la pared del fondo se hallaban dos monjes sentados en la posición que naturaliza a su religión, con una mirada tan calma como océano sin viento.

Allí creímos que era buen momento para terminar nuestro primer recorrido por las tierras de Siem Reap.

Monjes Killing Field
Monjes en templo de los Killing Fields

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