Día 7 – Picton: puerto, baños públicos y montón de jubilados

De Nelson a Picton

 

Como no podía ser de otra manera, el primer domingo en NZ despertamos más tarde que todos los anteriores. Aprovechamos que habíamos pagado el camping y no teníamos que salir huyendo antes del amanecer.

El equipo de cocina, esta vez comandado por Virginia, se mandó bruto guiso. Mientras cocinaba, varias personas se acercaron a la cocina para preguntar por ese aroma con mezcla de picantes, tomates y especias.

Me levanté con muy pocas horas de sueño efectivamente dormidas. Me quedé hasta cerca de las cuatro de la madrugada para avanzar en la reparación del blog que aún no está operativo. Por eso estas columnas aún no han sido publicadas. Cuando alguien las lea, si es que eso pasa, van a ser más una memoria que un reporte en vivo y directo.

Así que las primeras horas del domingo estuve mutando. Preparé el necessaire con el jabón y demás implementos para ducharme. Estuve casi cuarenta minutos bajo los chorros calientes que salían por la roseta y arrugaban la yema de los dedos.

Cuando el reloj marcó las once, Virginia volvió con el guiso pronto, pero como estaba caliente no podíamos guardarlo en tuppers así que tuvimos que esperar hasta que enfriara. Esas demoras, que no son tan demoras porque siempre se aprovechan para avanzar con otras tareas: por ejemplo aprovechar la energía eléctrica del camping para continuar la carga de los dispositivos electrónicos, son imposibles de estimar y uno se choca con ellas mientras viaja.

A Griselda se le ocurrió aplicar una receta de abuela para enfriarlo más rápido y comenzó a pasar el guiso de un recipiente a otro. En la espera también aprovechamos para el recambio de las aguas de la motorhome.

Y así, con guiso recién cocinado y reserva de agua a tope, salimos rumbo a Picton.

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Teníamos que llegar a Picton porque desde ese puerto, al otro día, nos embarcaríamos en el buque Interislander para llegar a Wellington, en la isla norte.

Si consideramos todo lo que Nelson nos brindó en un sólo día, podemos decir que la despedida fue prematura. Seguro la ciudad, con su playa y su noche, tenía mucho más para aportar. Por eso mi voto fue para quedarnos una noche más y salir para Picton el mismo día del embarque. Pero perdí, la opción de llegar a la noche antes ganó por robo (si es que se le puede decir robo a un tres contra uno).

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La primera vista a Picton, desde lo alto de una montaña, sorprendió con su agua azulada y un pequeño puerto con yates blancos muy similar al Puertito del Buceo pero en un entorno paradisíaco. Además, la temperatura del mediodía había estado muy cerca, por arriba o por abajo, de los treinta grados.

Pero después de una breve recorrida, comenzamos a sospechar que ese pueblo portuario no era más que una bonita fachada.

Dimos una vueltas en la motorhome. Estacionamos un par de veces y caminamos en recorridas cortas. Lo que veíamos eran algunos bares con vista al mar, yates, jubilados y turistas que, tal vez como nosotros, habían llegado hasta allí para continuar el recorrido por la isla norte.

En una de esas recorridas, dimos con tres muchachos, morochos y de espalda ancha al estilo maorí, que estaban practicando el arte de los clavados. Aunque, si analizamos un par de saltos donde entraron al agua de plena panza, podemos decir que son más practicantes que artistas. Sin embargo lo que les faltaba de destreza les sobraba de valentía. Cuando se aburrieron de los saltos a baja altura, subieron hasta lo más alto de un puente y probaron suerte desde allí mientras yo registré los saltos con la cámara.

Cuando volvieron a tierra firme, a pocos metros de donde estábamos, les preguntamos sobre el pueblo, porque no veíamos mucho movimiento. Después le pedimos alguna recomendación para la noche. Pero uno de ellos nos miró achinando los ojos y abrió la boca para reírse y mostrar sus dientes blancos: “Jaja ¡Hoy es domingo! Esto está muerto los domingos.”

Nos miramos los cuatro insinuando una leve aparición de desconsuelo, y volvimos a la camioneta sin agradecer la información.

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Mientras buscábamos lugares para pasar la noche nos fuimos alejando de Picton hasta que llegamos a otra bahía de aguas azuladas, donde paramos para lagartear al sol y comer unos Doritos que habíamos comprado en Nelson empaquetados en bolsa extra grande.

Luego volvimos a la zona del puerto pero en el trayecto paramos un par de veces en campings con powered sites para campervans. Ambos cobraban dieciséis dólares por adulto. Preferimos no cerrar el negocio en ese momento y postergar la decisión hasta la noche.

De nuevo en Picton, estacionamos cerca del acuario/cine, en un lugar donde se habilitaba a estacionar hasta por cuatro horas. Ahí tomamos la leche y compartimos la tarde de domingo al ritmo impuesto por los jubilados que pululaban por la zona. Jubilados y sustancia.

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Entre todas las vueltas que dimos desde que llegamos, en promedio, fuimos al baño tres veces cada uno. Es que en Picton abundan los baños y los jubilados. Es como si las ganas de me*r o cag*r fueran directamente proporcionales al aburrimiento dominical.

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Pero finalmente anocheció y la decisión sobre donde pasar la noche sin recibir la segunda multa se hizo inminente.

Otra vez la votación, altamente informal, me dejó en minoría y el resultado indicó que no pagaríamos ni un centavo de dolar. Así que deberíamos ingresar clandestinamente al holiday park donde en horas de la tarde había entrado a consultar la tarifa. En ese momento también le pregunté hasta qué hora la recepción estaba abierta y el señor, sin comprender el motivo de la pregunta, respondió que hasta las nueve.

La pregunta sobre la hora de cierre de la oficina del camping parece no ser muy habitual, por eso cuando les pregunto “¿hasta qué hora están?” miran con cara de desconcierto. Claro, no todo el mundo les pregunta hasta qué hora controlan el ingreso para que los avivados caigan después de esa hora para meterse al camping de canuto.

Sería algo así como si un asaltante, en el instante en que se dispone a ejecutar el atraco, le preguntara al asaltado cuánto tiempo demora en llegar la policía.

Así de rudimentario es nuestro modus operandi en los estacionamientos nocturnos para campervans.

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Con luces apagadas y la camioneta estacionada en un recoveco sobre la ruta, esperábamos a Rafa que estaba en el baño.

En la oscuridad de la noche y con el tenue rocío estival vistiendo el parabrisas, parecíamos una banda de rapiñeros en los minutos anteriores a dar el golpe. Mi estado de nerviosismo era alto. Me había opuesto a ejecutar el delito que estábamos prontos a perpetrar.

Griselda me pedía que por favor no le transmitiera el nerviosismo a ella y trataba de bajarle la carga emocional al hecho.

Por este arrebato del destino ahora comprendía la fuerza que tienen los grupos en las decisiones individuales. Porque si bien mi posición personal era la contraria, yo iba a ser tan culpable como los otros tres.

Tal vez en esas bandas de delincuentes que son capturadas después de algún golpe, alguno de sus integrantes también opuso resistencia a rapiñar o desvalijar determinada mansión pero la moral individual sucumbe ante la imposición grupal.

Entonces, cuando Rafa volvió del baño, partimos hacia el campamento que quedaba a unos diez minutos de donde estábamos (quizás a causa de mis nervios para esos pocos minutos fueron como media hora). El cartel en la ruta que señalaba el ingreso al camping no aparecía más. Hasta que por fin Griselda lo vió y doblamos por ese camino.

Cuando pasamos por la oficina de recepción confirmamos que estaba cerrada. Por nuestra falta de experiencia en materia delictiva, ingresamos con luces apagadas. Estacionamos en la parcela más cercana al portón de salida. Debido al temor por ser descubiertos, les pedí encarecidamente a todos que durante esa noche no enchufáramos el cable a la corriente eléctrica.

Los tres que habían votado afirmativo para estar ahí bajaron para ducharse. Yo les pedía que, mientras se aprontaban para dormir, tampoco encendieran las luces interiores de la motorhome.

Mientras todos volvieron con el cuerpo limpio después de la ducha, yo sentía que mi consciencia estaba sucia. Esa noche, en la cama de abajo de la motorhome, dormí con la cabeza tapada.

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