Día 66 – El señor de Da Nang

El vuelo entre Hanoi y Da Nang duró poco más de una hora. El tiempo a bordo no fue suficiente para conciliar el sueño. Apenas sirvió para planificar el itinerario de los siguientes tres o cuatro días entre la ciudad destino y sus primas hermanas por cercanía: Hue y Hoi An.

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Da Nang es una ciudad ubicada en el centro de Vietnam que mira de frente al mar de China. Por su posición estratégica fue ocupada por los franceses en el siglo XIX y por los primeros marines norteamericanos que desembarcaron para dar comienzo a la nefasta guerra que Francis Ford Coppola inmortalizó en su Apocalypse Now.

Es de suponer que (al menos este comentarista lo supone y una entrada en Wikipedia lo ratifica) con el río Han desembocando en el mar que baña sus costas, Da Nang es una ciudad portuaria.

Y donde hay río hay puentes. Y donde hay puerto, además de barcos, hay dinero. Y donde hay puerto, barcos, puentes y dinero: ¿qué más hay? La respuesta es simple: ratas, muchas ratas.

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Inauguramos la primera noche en Da Nang con una caminata nocturna rumbo a la ribera del río. Fueron un montón de cuadras que sirvieron para conocer la faceta menos iluminada de la ciudad.

Al igual que en Hanoi: aquí los puesteros, que venden comida al paso, también utilizan latones para lavar su vajilla en la vereda.

A diferencia de Hanoi: aquí los cables de electricidad están mejor ordenados en las columnas de alumbrado pero, en las torres de alta tensión, los cortocircuitos se manifiestan con zumbidos a volumen alto y chispazos como luciérnagas artificiales.

Pero lo que de verdad sorprendió de la noche en la ciudad no fueron los platos sucios en los latones ni las torres de energía en falso ni tampoco las hermosas casas de construcción moderna y diseño tradicional.

El centro de atención fueron las ratas que surcaban la calle de cordón a cordón. Los detestables roedores se apersonaban como si fuesen adolescentes adictos a la tecnología cuando Apple anuncia su último lanzamiento o como señoritas coquetas cuando Forever 21 abre una nueva casa.

Al llegar al río la cuenta nos había dado un total de veintitrés ratas en un trayecto de trece cuadras. Anotamos la cifra en el celular y pasamos a fotografiar los puentes iluminados.

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Entre los varios puentes, la obra que se destaca es el Puente del Dragón. Esa es una criatura mitológica en Vietnam, junto la tortuga, el unicornio y el fénix. De nuevo con las suposiciones, es de suponer que, para este puente, el diseño se inclinó por el dragón porque es la única de las criaturas cuyo lomo podría servir para montar un puente.

Como sea, toda persona que guste de fotografiar paisajes nocturnos con reflejos en un curso de agua, aquí tiene material para entretenerse a sus anchas. Además, a las nueve de la noche, el dragón completa el espectáculo resoplando unas llamaradas por su boca.

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Hoy arrancamos el día pasadas las once. Conocimos la estación de tren en donde compramos los boletos para mañana ir a la ciudad imperial de Hué.

En el camino pasamos por unos puestos donde vendían gallinas en pie, ranas, gallinas recién muertas y desplumadas, fideos caseros y hasta pequeñas víboras que reptaban en los límites de unas palanganas.

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A modo de primera impresión, los nativos de estas tierras, con antepasados de la etnia Cham, tienen la piel más oscura que sus compatriotas del norte. Cuestión que guarda cierta lógica porque aquí el sol pega con insistencia tropical.

Y además de la piel más oscura, otra característica es que gustan acercarse a los turistas de aspecto occidental.

Algo de eso sucedió cuando buscábamos la parada del ómnibus en Dien Bien Phu, que nos llevaría hacia las Montañas de Mármol, al sur de Da Nang.

Le preguntamos a un hombre si por allí pasaba el ómnibus de la línea 1. A partir de esa pregunta circunstancial comenzó una charla de balbuceo gestual que terminó en una sesión de fotos.

Luego de confirmarnos, mediante señas, que el ómnibus pasaba por allí, se vio tentado a tirarme los pelos de las piernas. La situación, por su falta de sentido, resultaba graciosa. Cuando le señalé que yo repetiría la acción contra él. Se levantó el pantalón para mostrar la piel lampiña de sus piernas.

A esa escena surrealista siguió un interrogatorio, sobre nuestro viaje, tan profundo como lo permitía la lengua de señas que improvisábamos in situ. Cuando entendió que el itinerario llegaba hasta Europa, con la palma de su mano hacia arriba frotó el dedo índice con el pulgar para darnos a entender que éramos personas acaudaladas. Lo cual negamos de inmediato.

Por último nos dio datos sobre él y su familia. Era natural de Da Nang, tiene setenta y dos años, su esposa sesenta y ocho y de su matrimonio nacieron siete hijos.

Mientras contaba esos detalles, vimos que se acercaba el ómnibus y, para el recuerdo de la efímera relación que construimos en esos pocos minutos, le pedí que aceptara tomarse unas fotos.

Con el señor de Da Nang

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Subimos al bus y allí nos topamos con una pareja (ella y él) que organizaban a los pasajeros en los asientos y cobraban los boletos. En unas pocas paradas, el ómnibus que tenía como destino Hoi An, quedó repleto.

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Finalizado el diálogo con el veterano y luego de viajar en un ómnibus donde trabajaban tres personas, el resto de acontecimientos ocurridos no aportan mayores tonos pintorescos.

Nada más decir que las Montañas de Mármol deberían ser un paseo obligatorio para los turistas que profesan el budismo o disfrutan de trepar pendientes con escaleras que hacen sudar la camiseta. Y también acotar que las playas de Da Nang, después de una tarde con más de treinta grados, pagodas y escaleras, son el premio perfecto para el turista mejor sudado.

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