Día 65 – Adiós Hanoi, ciudad de motos parlanchinas

En Hanoi atravesé los días con el sudor adobándome la piel. Quizás los grados fueron más de treinta y cinco, sin embargo uno aprende a mantener el ritmo sin desfallecer. Así viven quienes habitan esta ciudad, con su moto estacionada en la vereda o acelerando el motor sin llevarlo a extremos. Las primeras luces del día los encuentra con su pocillo de café y el cigarrillo de tabaco colgando de los labios. Lo mismo con su té helado. Después trabajan.

Mujeres que venden, a menos de dólar americano, exquisitos ananás limpiados a cuchillo y trabajados con hendiduras que los convierten en pequeñas piezas de artesanía amarilla.

Hombres que reparan artilugios eléctricos o mecánicos, venden llaves francesas en ferreterías o sirven copas en bares apostados entre los recovecos de la urbe, mientras apoyan la sentadera en pequeños bancos que crecen en las veredas como flores en un campo primaveral.

Mientras tanto los párvulos comen fideos amarillos o frutas tropicales que endulzan la boca y acarician sus nóveles encías. Los de más edad corretean entre pasillos que conectan los zaguanes con los apartamentos ubicados en el centro de las manzanas.

Todo eso ocurre sobre ruedas de motocicletas confinadas a circular como si fuesen los glóbulos rojos de una ciudad que hierve bajo el impulso animal de un cuerpo adolescente. Hay motos en las esquinas y en las puertas de las fondas. Las hay también en aparcaderos improvisados sobre las veredas. Allí se detienen los vietnamitas para una siesta corta donde reposan sus cuerpos cansados sobre los asientos de las motocicletas que, a esas horas, hacen las veces de camas.

Esta es la motociudad. Hay cascos personalizados como joyas según la particular preferencia de los conductores vietnamitas. Pulidos o ásperos. Redondos o cuadrados. Brillantes u opacos. Hay fundas que tapizan los asientos con cuerinas coloridas y combinan con el enchapado de las Honda, Yamaha y Vespa. Hay caños de escape que expulsan gas en silencio y bocinas que chismosean sin pausa engendrando con sus pitidos un dialecto tan maquinal como propio.

Hanoi es la ciudad donde las motos hablan y los hombres miran. Los diminutos bares nunca están vacíos. Allí están los hombres comunes, que fuman tabaco en pipa de bamboo y beben té helado, apostados sobre sus taburetes en posición cercana a la fetal, contemplando, con sus ojos de iris negro, las calles inundadas de humanidad.

Y pasa quien vende café, en una moto con parlantes que anuncian con tono cantado algo así como “cooofi duy, cafe daaaa”. Y va parando de cuadra en cuadra mientras sigo escuchando el canto de esa voz grabada hasta que se pierde por las calles que circundan al lago Hoan Kiem.

Con sus aguas alisadas, este lago es el corazón que alimenta las conversaciones y las escenas de amor en Hanoi. Por la mañana son mujeres con gorros cónicos las que trabajan en los jardines que lo bordean para sembrar y cultivar las coloridas flores que visten los alrededores del lago. El césped llega a ser tan verde que el mismo hombre que ahora anota estas palabras siente tentación de llevárselo a la boca para saborearlo. Y los pétalos se tiñen de un naranja que haría tambalear la mandíbula de cualquier pintor postexpresionista.

Veo a un hombre sin camisa bostezar al mediodía mientras el bostezo lo lleva a apartar la vista del lago. Observo que hay colegialas hablando con occidentales rubios. Una señora entrada en años traza líneas sobre unos ananás que ofrece a los transeúntes, al tiempo que aprovecha la falta de clientes para saborear un mango.

Hasta que llega la noche en Hanoi y las luces se reflejan en el lago como un espejo de princesa que muestra la piel tersa y un par de ojos brillando con la intensidad de ilusiones adolescentes. Y es en la misma noche que la Torre de la Tortuga (la Tháp Rùa vietnamita) saca todo su esplendor a relucir en el medio de esas aguas. Ahora sí todos posan su mirada en ella y la vista se alumbra con tonalidades que impulsan al novio a besar a su novia e incitan al goloso a tomar su helado y advierten a los turistas que allí están esas fotos que jamás deberían perderse.

Después del beso, el helado y la foto, es hora de buscar el lugar para cenar y caminamos hasta Old Quarter con sus calles infestadas por locales y extranjeros que van para un lado y para otro comiendo un poco de aquí y otro poco de allá.

Toman una sopa, comen un refuerzo de pan francés que aquí se llama bánh mì, beben cerveza, a veces fría, a veces no. Algunos piden la Hanoi Beer, yo pido la Saigon en su botella verde regordeta. Y ahora somos nosotros los que nos sentamos en los banquitos que apenas se separan del suelo.

Pasa un vendedor ambulante. Nos ofrece encendedores “zippo” con unas comillas casi tan grandes como el propio encendedor. Rechazamos la oferta pero nos divierte la situación. Otro hombre se acerca para repararnos el calzado y le decimos que no, que lo preferimos con sus fallas para caminar más cómodos. Aunque todos sabemos que es mentira pero nos rehusamos porque no acostumbramos a contratar ese tipo de servicios.

Y terminamos con las vituallas que pueblan la mesa, agradecemos en silencio al cocinero por el arroz frito, dejamos los billetes en un sobre de cuero y emprendemos retirada hacia el hotel.

Ya pasa la medianoche y una camioneta blanca con policías uniformados de verde opaco recorre las calles avisando por parlante que es hora de cerrar. Los boliches ya no pueden seguir con sus mesitas en la vereda y, para los desprevenidos que continúan sentados con su bebida en la mano, llega el policía pendulando su cachiporra con un movimiento lento aunque nada inocente.

Dejamos atrás Old Quarter y caminamos por calles apenas iluminadas por algunos faroles ubicados de forma aleatoria en las angostas fachadas de los típicos edificios que, por cierto, son vietnamitas por ubicación aunque, por estilo arquitectónico, hasta el más ingenuo de los peatones podría acertar que coinciden con el deseo imperialista de algunos europeos.

Las fondas ya cerraron y ahora las mujeres lavan la vajilla en la vereda. Usan latones y baldes de veinte o más litros. En uno enjabonan y en otro enjuagan. Tienen tanta velocidad para lavar un plato como para pelar un ananá.

Una moto nos flanquea por la izquierda. Otra nos esquiva por la derecha. Llegamos al hotel. Adentro, en el lobby, una persona duerme recostada en el sofá. Es el conserje. Las luces están apagadas. Lo despertamos con un golpe seco en la puerta de cristal. Se acerca sonriendo. En Hanoi las sonrisas son a los rostros de las personas como las motocicletas a sus calles. Con su mejor inglés saluda un “buenas noches” y nos abre camino hasta el ascensor. Llegamos a la habitación.

Atrás quedaron los ananás, las sopas, las pipas de tabaco y las miradas taciturnas en los bares con paredes manchadas por los años. En las calles quedaron las motos y cascos de estilo refinado. En mi recuerdo… en mi recuerdo quedan los aromas, sonidos y destellos que tanto me hicieron sudar y gozar en esta ciudad. Ahora es momento de una ducha caliente para después armar la valija; mañana será tiempo de partir hacia Da Nang.

Desde la calle oigo el zumbido de los motores y poco a poco lo diviso como un lerdo balbuceo. Presto atención y las palabras se escuchan legibles. Es una voz deseando buen viaje. Ahhh por fin lo entiendo: son las motos que, para despedirse, me están enseñando su lenguaje.

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