Día 62 – Otra vez en Hanoi

El tren que nos trajo desde Lao Cai llegó a Hanoi poco después que los primeros rayos de sol. A esa hora la ciudad ya estaba despierta. Por la ventanilla del vagón veíamos los puestos de un mercado callejero con sus ofertas de granos y alimentos y nos asombrábamos con la cantidad de gente que había madrugado para abastecerse con todo lo que allí se vendía.

Ya conocíamos el camino hacia el hotel, así que lo hicimos con pasos relajados y aprovechamos para prestarle atención a la cara recién lavada de la capital vietnamita. Así nos encontramos con veredas preparadas para albergar a los madrugadores hambrientos que se aprontaban para desayunar su ración diaria de sopa con vegetales recién cortados.

A pesar de las horas tempranas, el calor se hacía sentir. Y por si nosotros mismos no tomábamos consciencia de ello, un joven cocinero que cruzamos a pocas cuadras del hotel, se encargó de alertarnos de las altas temperaturas con su torso desnudo mientras cocinaba una sopa de noodles inundando la vereda con un vapor rico en aromas. Recuerden que aquí, más al frente o más al fondo, el jengibre siempre dice presente.

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De las cosas que más difícil me parecían, en los hechos terminó resultando muy fácil. Cuando salimos de Montevideo sabíamos que nuestra maleta, por todos los achaques que había recibido hasta ese momento, estaba muy cerca de pedir clemencia.

En los últimos viajes, entre aeropuertos y hoteles, detectamos que dicho pedido de clemencia se hacía inminente. Los síntomas del desgaste aparecieron con fuertes evidencias en las ruedas. Dos de ellas ya no giraban. Y además, la cubierta que originalmente era de tela amarilla ahora está teñida por varias capas de mugre que la convirtieron en una maleta de color marrón.

Pues bien, no podíamos darnos el lujo de continuar arrastrando la maleta hasta que directamente el cemento de la calle friccionara con la base de tela. Así que lo primero que hicimos hoy después de una breve siesta reparadora, fue ir hasta la calle Ha Trung donde, según averiguamos con el encargado del hotel, es la cuadra especializada en tiendas vinculadas a la tapicería y ramos afines.

Apenas doblamos la esquina para tomar Ha Trung, uno de los tenderos que nos vio cargar con la maleta de ruedas diezmadas se incorporó de su banquito y comenzó a gritarnos para que fuéramos hacia él. Es decir, si bien no sabemos qué corno decía porque hablaba en vietnamita, claramente entendimos que nos ofrecía una solución. Pero lamentablemente no tenía las rueditas para mostrarnos cuál era la solución que proponía así que volvimos a cargar con la maleta vacía por la calle.

Y así pasamos varios minutos entre tres o cuatro locales que mezclaban servicios de tapicería, zapatería y, aunque no logramos confirmarlo, la compra y venta de valijas. Mostrábamos las ruedas rotas y pedíamos que nos mostraran las ruedas que colocarían al ejecutar la reparación. Finalmente cerramos trato con un señor bonachón que fumaba como buen vietnamita y que  comprometió su palabra para finalizar el trabajo antes de las siete de la tarde. Eso: dijo que lo haría en menos de cuatro horas a un precio de trescientos mil dongs. Con un “please, very good” le pedimos la mayor pericia posible para el cambio de ruedas y encomendamos nuestra querida maleta al saber hacer de sus manos cuarteadas.

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El cielo encapotado ahora amenazaba con lluvia. Por eso nos pareció buena idea aprovechar la tarde para visitar museos y encaramos para el de Historia Militar. Fuimos caminando. Una de las principales ventajas de Hanoi es que las principales atracciones o puntos de interés turístico se pueden conectar a pie. Al llegar uno de los guardias, vestido con un uniforme verde seco, nos indicó que no podíamos pasar porque el museo estaba cerrado.

Horas antes habíamos resignado nuestras chances de visitar el mausoleo de Ho Chi Minh porque justo los días que nos quedaban en Hanoi, viernes y lunes, son jornadas en las que el recinto permanece cerrado. Pero lo que no teníamos del todo claro era que los museos de mayor relevancia también adoptan ese régimen de acceso.

Así que continuamos al siguiente punto del itinerario: El templo de la literatura.

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Seguiría escribiendo encantado pero recién revisé la hora y han pasado treinta y siete minutos de las dos de la mañana. Mañana debería levantarme antes de las siete y media porque nos vamos a Halong Bay. Así que con todo mi pesar, dejaré esta entrada inconclusa.

No obstante, paso a informar que la maleta ya volvió a nuestro poder y tiene sus cuatro ruedas a nuevo. El señor cumplió su palabra.

En cuanto al Templo de la Literatura puedo decir que, como paseo, la realidad no superó mis expectativas. Sé que poco importa la magnitud de mis expectativas personales pero creo que es un sitio que no cubre, con lo que muestra actualmente, ni una mínima parte de toda la historia que ha pasado dentro de sus muros. Busquen mayor información con el tío Google. Ah, conseguí el diario que Ho Chi Minh escribió mientras estuvo como prisionero, con una traducción al español. Listo, vuelvan a Google.

El reloj avanza, escribo a contrarreloj.

Pero la mayor decepción del día fue la Pago del Pilar Único. Hablando claro es como una “casa del árbol” construida con esmero pero no más que eso. Aparece en muchas recomendaciones de esas que sugieren qué visitar en Hanoi. Ya con eso tiene suficiente publicidad, no merece más palabras y tiempo en este blog.

Después de ahí destiné un par de horas y algunos dólares a comprar un par de afiches de propaganda vietnamita impresos en papel de arroz. El afichismo vietnamita es uno de los que más me ha interesado desde que comencé a incursionar en el consumo de las artes gráficas. Me llevo un par de posters en colores plenos que quedarán muy bien en las paredes de casa que aún están desnudas.

Y para cerrar el día, fuimos a cenar con un vietnamita de pura cepa. En el facebook de Aviones podrán encontrar algún detalle más al respecto. Ahora sí, digo adiós y hasta mañana.

 

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