Día 6 – Nelson: dedos cortos y descontrol nocturno

De Murchison a Nelson

 

El camping estaba lleno de mangangas. Ya habíamos visto muchos de estos bichitos pero aquí es donde encontramos una acumulación mayor. Sobrevolaban la camioneta continuamente. Si el kiwi es el animal emblem de Nueva Zelanda, el mangangá es el insecto estrella.

Mientras yo fui a sacar unas fotos al cementerio ubicado a un costado del ingreso al camping, los gurises recorrieron un sendero junto a un lago que estaba muy cerca de donde habíamos estacionado. Cuando volvimos a la camioneta para ya emprender el viaje rumbo a Nelson, nos encontramos un mangangá había entrado por la ventanilla de atrás que estaba abierta.

Virginia y Griselda intentaron sacarlo agitando los repasadores. Yo me quedé lejos porque siento temor de ser alérgico a sus picaduras y no me gustaría pasar un mal rato saliendo a buscar ayuda médica. Mejor prevenir (aunque me tilden de cagón).

Salimos del camping y retrocedimos un kilómetro hasta la estación de servicio del pueblo. Mientras se llenaba el tanque, en el surtidor de al lado paró una camioneta Ford, no muy nueva con un trailer. Ahí atrás llevaban un par de novillos que, a juzgar por sus mugidos, estaban algo alterados.

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Los ciento veinte kilómetros hasta Nelson se hicieron ágiles y llegamos cerca del mediodía. Esta es una ciudad sobre una bahía. También tiene un cerro con calles y casas que se ven desde lejos y es lo primero que se observa cuando uno llega aquí.

Estacionamos en Tahuna Beach, a metros de un parque sin árboles pero con un césped verde cortado con extrema prolijidad.

El cielo no había nubes y el sol calentaba con fuerza como dejándolo todo en la cancha antes de despedir el verano. Tomamos la decisión de bajar a la playa. En el trayecto hasta la arena encontramos algunos lugares de esparcimiento para la gente local.

Uno de estos lugares, particularmente llamativo, es el montado por la sociedad de modelistas (ahora no me doy cuenta cuál es la mejor traducción) de trenes a escala. Consistía en una vía férrea de, quizás, una cuadra de largo siguiendo el borde de un lago artificial. Tiene una representación muy completa con estación de pasajeros, puentes, molinos, el dichoso lago que ocupa todo el centro del predio y otros detalles que la llenaban de realismo.

Trenes a escala en Nelson
Trenes a escala en Nelson

Otra de las atracciones es una pista de kart. La particularidad en este caso existen los llamados FunKarts que son karts con un asiento pequeño al costado para que los padres puedan subirse con sus hijos.

Junto a esta pista, de un lado hay un pequeño parque con algunos juegos acuáticos. Del otro lado, adentro de un galpón de chapas, está la pista de patinaje pero para verla teníamos que entrar al galpón.

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En esta parte de la bahía la playa es extensa, con varios metros de arena hasta llegar al mar. La arena es apenas un poco más oscura que en las playas de la costa de oro. El agua, en cambio, es cristalina con una tonalidad verde y absolutamente calma.

Tahunanui Beach, Nelson
Tahunanui Beach, Nelson

Con Rafa nos detuvimos unos minutos en la pista de kart. Cuando llegamos a la playa, las chiquilinas ya se habían bañado y estaban disfrutando del sol y la suave brisa con los pies en el agua.

Allí tomé algunas fotografías para registrar la sutil belleza del lugar. Supongo que la vista desde el cerro debe ser muy bonita valorizando las casas que se ubican en esa pendiente.

Esta playa no estaba desolada como cuando bajamos en la que estaba próxima a Greymouth. Aquí había gente caminando y practicando algunos deportes acuáticos. Aunque, si hacemos un promedio, entre una persona y otra habían unos cincuenta metros. También había perros corrriendo por la arena y sumergiéndose en el agua. Cosa que llamó la atención porque aquí parecen ser muy estrictos con los lugares asignados para circular con mascotas. Es común encontrar carteles oficiales donde se advierte que los perros no son bienvenidos.

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Terminado el rato de dispersión, comenzamos a recorrer la ciudad para llegar a un supermercado donde comprar alimentos y bebidas a buen precio. Es importante destacar que por primera vez, en nuestra tour por Nueva Zelanda, estábamos recorriendo una ciudad. Todas las paradas anteriores, según el criterio de la aplicación de celular maps.me, fueron en urbanizaciones catalogadas como “pueblos”; en cambio Nelson aparece como “ciudad”.

Decidimos detenernos en un supermercado de la cadena FreshChoice porque nos pareció que tenía precios convenientes. Este fue un dato que, en el interior del local, Griselda confirmó porque los precios eran entre un veinte por ciento menores a los que habíamos comprado en otros supermercados, incluso en algunos artículos como las sopas para preparar con agua caliente (que son las que cenamos casi todas las noches) hasta un cincuenta por ciento menos.

Allí nos abastecimos, quizás hasta el último día de viaje por este país, y salimos nuevamente a buscar un lugar tranquilo y con sombra para almorzar los chivitos que iba a preparar Rafa. Para eso elegimos la plaza Victory Square, a unos veinte minutos a pie de la playa Tahuna (o quizás Tahunanai). Llegamos para presenciar un dos partidos de cricket. Un deporte que parece típico de este lugar con características similares al baseball y, tal vez por eso mismo, me pareció tan aburrido.

A poco de llegar a ese plaza/parque, de una manzana de tamaño y con el césped respetando la prolijidad y el verdor de todos los parques que habíamos visto antes, Griselda (que estaba en papel de conductora) no señaló correctamente su maniobra para doblar una pequeña rotonda, y el chofer del vehículo que venía atrás le propinó unos gritos con algún insulto indescifrable.

Cuando ya estábamos aparcados, y con la puerta lateral de la motorhome abierta aprontando la cocina para preparar los chivitos, apareció una pareja de veteranos, ella quizás de unos sesenta y dos y él tres o cuatro años mayor, y se acercaron para explicarle a Griselda que vieron lo ocurrido en la rotonda y cuál había sido su error.

Yo, que estaba tomando alguna foto a los que jugaban cricket, me acerqué para entrar en la charla con esta pareja tan amigable. Les contamos sobre nuestra procedencia y el viaje que estábamos haciendo. También le explicamos que en Uruguay el sentido de circulación en la calle es distinto. Y eso les sirvió para entender porqué Griselda no conducía con soltura.

Cricket en Victoria Park, Nelson
Cricket en Victoria Park, Nelson

Mientras el hombre hablaba era inevitable prestar atención a sus manos. Tenía los dedos cortos y gruesos. No era por resultado de una amputación. Tenía uñas en los cinco dedos de cada mano pero era tan cortos como si le faltara la última falange.

A la señora, de cabello grisáceo alternado con blancos gastados y ojos celestes, le faltaban los molares y esa carencia de piezas dentales se hacía notoria cuando sonreía. Cosa que hacía a cada rato por su condición simpática.

Antes de retomar su camino nos tiraron unos piques para pasar la noche en la plaza Montgomery, un lugar donde las campervan pueden estacionar durante la noche sin riesgo de recibir multas por eso. Como no entendíamos exactamente las indicaciones para llegar al lugar, ella sacó de su mochila un cuaderno pequeño y una lapicera y nos hizo un croquis.

Cuando se fueron, el primer comentario de los cuatro (incluso de Rafa que estaba a varios metros de distancia) fue: “vieron que cortos tenía los dedos”.

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Los chivitos estaban muy sabrosos y se notó el toque dulzón de la panceta, que habíamos comprado en el super, saborizada con un poco de miel.

Enseguida después de comer, Griselda se acostó al sol, en el césped, casi en la línea final de la cancha donde todavía jugaban la partida de cricket. Un par de jugadores la señalaron como si su forma de dormir estilo morsa les causara curiosidad. Rafa y Virginia se sentaron a mirar el partido en un banco, a la sombra, a unos diez metros de donde Grise dormía. Yo me había quedado lavando la vajilla. Otra vez la vajilla y yo, fieles amigos, casi inseparables. Cuando lo hago siento el placer que sólo se siente cuando se desprenden las suciedades y restos de comida de la loza blanca. Es una situación de soledad que lleva a la calma y la tranquilidad interior. Y en ese momento, la calma fue tan intensa que me vino la necesidad imperiosa de conseguir un baño. Le avisé a los gurises que salía para conseguir un baño y que en un rato volvía.

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Opté por caminar hacia el norte, en dirección a la zona de comercios pero todo estaba cerrado. En el camino pasé por dos casas donde el olor a marihuana me abrazó como invitándome a pasar. En una de esas casas estaban comiendo un asado y pude ver que fumaban en una pipa de agua. En la otra, con un aspecto más descuidado, había una reunión de rastafaris. El aroma que se dejaba llevar por la brisa sugería la buena calidad de lo que estaban fumando. Pero mi curiosidad por probar la hierba en Nelson era bastante menor a mi necesidad de hacer caca.

Ciudad de Nelson, sábado por la tarde
Ciudad de Nelson, sábado por la tarde

Hasta que por esas bondades del capitalismo, encontré un supermercado de la cadena Countdown y entré directo al baño que, afortunadamente, estaba a pocos metros de la entrada principal. La necesidad tiene cara de supermercados abiertos los siete días de la semana.

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Cuando volví al parque donde estaba la camioneta, encontré a todos durmiendo. Esperé un rato hasta que Griselda, que seguía al echada al borde de la cancha de cricket, se despertó y volvió a la motorhome. Minutos más tarde se despertaron Rafa y Virginia y encendimos el motor con rumbo al lugar que nos había recomendado el señor “dedos cortos”. Pero cuando llegamos encontramos un estacionamiento rodeado de comercios y algunos carteles que prohibían estacionar. Como no queríamos volver a recibir multas, nos fuimos al holiday park que ubicado en la playa Tahuna.

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Entrada la noche, salimos desde el Holiday Park para caminar por la rambla y llegar al centro. Fue una caminata de siete kilómetros. La cuestión es que al llegar todos los bares estaban vacíos. ¿La noche ya estaba muerta? Era extraño porque los pubs seguían pasando música, incluso en algunos habían bandas tocando en vivo.

Rambla de Nelson
Rambla de Nelson

Decidimos entrar al único boliche donde había una ronda de mujeres bailando, en el fondo se veía una pantalla gigante pasando temas de Pitbull. Fuimos hasta unos sillones, pedimos unas cervezas y nos sentamos a descansar después de la caminata. Volvimos a pedir unas cervezas. Es fácil conseguir cerveza artesanal en los boliches así que bebimos tres o cuatro. Yo disfruté de unas indian pale.

Continuamos ahí hasta pasada la medianoche porque a esa hora pasaba el último ómnibus para volver al camping. Pero cuando salimos nos encontramos con la sorpresa. La calle estaba llena de gente caminando para un lado y para otro. La pólvora recién estaba ardiendo. En la mayoría de los pubs los guardias de seguridad tenían facciones maoríes con físicos altos y fornidos. Exigían la identificación a todos los que pretendían ingresar.

Nos sentamos en un banco a esperar el ómnibus. Al ratito se sentó al lado nuestro una pareja. Él con acento mexicano y casi dos metros de altura, gordo. Ella menuda, de rasgos asiáticos, con apenas metro y medio de altura. La muchacha se le sentó en la falda intentando rodearlo con sus piernas abiertas. Se hamacaba sobre la pelvis del hombre. Le gritaba “fuck me! fuck me!”. Los guardias de seguridad miraban la escena y se reían. La gente que salía de los boliches los observaban con sorpresa. Un amigo del hombre le gritaba desde la mesa de un bar “llévatela ya!”. Y siguieron así hasta que se fueron.

El ómnibus demoraba en pasar. Me acerqué a un taxi y le pregunté cuánto nos cobraba por llevarnos a Tahuna. Mientras hablaba con el taxista, una jovencita rubia se arrimó con un porro en la mano para preguntarnos si teníamos fuego. Respondimos que no. Con el tachero arreglamos por veinte dólares. Para nosotros se terminaba la noche, pero para la mayoría recién comenzaba.

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