Día 58 – El Hanoi antes de Sa Pa

Segundo día en Hanoi y, en las veredas, las motos siguen aparcadas y los vietnamitas continúan pitando el tabaco que queman en el extremo de las cañas de bamboo.

Hoy caminamos en busca de souvenirs y regalos. Volvimos a recorrer el Old Quarter, como se le dice al casco antiguo de la ciudad. Luego bordeamos el lago Hoan Kiem donde varias mujeres se encargaban de regar las flores con pétalos en bermellón y amarillo y también de sembrar la gramilla en los jardines que alfombran la parte oriental del lago.

Antes del mediodía llegamos a la catedral de Notre Damme. Comparte el estilo con la catedral parisina del mismo nombre aunque su construcción (y también su mantenimiento) es más modesta. Las paredes grises mostraban el fiel registro del paso de los años como las arrugas en el rostro de nuestras bisabuelas cuando dormitan sentadas en el sillón junto a la estufa a leña.

A mitad de la tarde asistimos al típico show de títeres sobre agua en el Thanglong Water Puppet Theatre frente al lago Hoan Kiem. La obra es vistosa por su originalidad. Los títeres ejercen todas sus acciones sobre un escenario que, a diferencia del teatro tradicional, consiste en una piscina con agua verdosa, muy similar a la contenida en el lago. El otro punto fuerte del espectáculo es su música. Incluso se podría decir que se trata de un musical más que de un movimiento titiritero.

En escena hay músicos que ejecutan instrumentos típicos de Vietnam; tan típicos y propios de esta zona que no sabría nombrarlos. También delante de los músicos y a uno de los lados del escenario se ubican las tres mujeres que cantan y ambientan los pocos diálogos de los personajes.

Respecto a la trama resulta difícil hacer comentarios pues el idioma es vietnamita. Sin embargo se puede mantener la atención en cada uno de los actos. Básicamente los textos refieren a las entidades mitológicas de la cultura del país. Así aparecen, por ejemplo, la tortuga y el ave fénix.

De todas maneras, más allá del reconocimiento irrefutable a la calidad artística del espectáculo, al salir del teatro la sensación estuvo dominada por cierta desidia en el sentido de valorar la experiencia más como entretenimiento y no tanto como trabajo expresivo. Así que, si usted no habla vietnamita, vaya y vea la obra, la pasará entretenido y hasta, quizás, caiga seducido ante la voz de las cantantes. Incluso algunas situaciones lo sorprenderán pero guarde algún reparo en sus expectativas.

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Mientras avanzo en este reporte la litera se tambalea hacia un lado y otro. Viajo en el vagón número once del tren King Express. Vamos rumbo a Sapa y según el itinerario de viaje llegaremos en ocho horas, a las seis y veinte de la mañana.

En el camarote hay otras tres literas. Escuchamos los golpes de los aceros del tren contra la vía. El vagón se tambalea como lo haría un barco navegando en una tormenta oceánica.

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Antes de subir al tren, para acortar la espera pues llegamos con dos horas de anticipación, caminamos con Grise por los alrededores de la estación.

Salimos sin rumbo y paso tras paso nos sumergimos en la noche oscura de los callejones que conforman un laberinto entre las angostas casas de dos o tres pisos con arquitectura europea.

La lógica comercial del barrio era la misma que en Old Quarter pero con un aspecto más rudimentario. El rubro gastronómico aquí también domina la geografía con veredas atestadas de motos, niños y fumadores.

Las fachadas de los locales miden menos de cinco metros pero en ese espacio reducido los habitantes se ingenian para ejercer sus oficios y también sus necesidades básicas (comer, dormir y cortarse las uñas de los pies).

Junto a una peluquería se puede encontrar una herrería con dos obreros soldando y cortando metales y este taller, a su vez, comparte espacio de vereda con un vendedor de salchichas. A escasos centímetros se puede ver a una anciana acostada en una cama mientras un circuito de suero se mete en sus venas. La señora está internada en su domicilio mientras en el frente de la casa su familia vende gaseosas en un mostrador improvisado con cajones.

Los callejones eran cada vez más angostos con el espacio exacto, entre pared y pared, para que circulen los ciclomotores de quienes viven en el vecindario. Continuamos caminando hasta que el alumbrado dio paso a una oscuridad casi total apenas velada por el tenue reflejo de la luna. En ese momento sospechamos que desde las ventanas varios ojos vietnamitas nos observaban. Decidimos volver a la estación.

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Ahora tengo los párpados pesados. No puedo seguir escribiendo porque, entre el traqueteo del vagón y la pesadez del sueño que insiste en cerrarme los ojos, no controlo las palabras que se estampan en el post.

La somnolencia me lleva a pensar sobre la higiene de la litera donde dormiré hasta llegar a Lao Cai. ¿Cuál será el procedimiento para lavar la ropa de cama? ¿Cómo desinfectan las almohadas? ¿La mujer que nos sirvió el té de hierbas será la misma que recoge las sábanas? ¿Cuál es el procedimiento de control de calidad? ¿A dónde quiero llegar con estas preguntas? ¿Quién me contagia los bostezos?

En las otras literas todos duermen pero en la mía…

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