Día 57 – Hanói: la capital de Vietnam (y de las motocicletas)

Cuando alguien me pida que hable de mi suerte, diré que a los treinta y dos años de haber nacido llegué a Vietnam para recorrerla de norte a sur y, además, argüiré que esa travesía comenzó en las calles de Hanoi.

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A la capital vietnamita llegamos en avión desde Hong Kong. Salir del aeropuerto no fue un trabajo fácil pues, en el mostrador donde contratamos la camioneta que nos llevaría hasta el hostel, el vendedor se empecinaba en ofrecer toda clase de servicios que estuvieran a su alcance, ya fuera un tour por la Bahía de Ha-Long o un chip sim para acceder a internet desde el teléfono móvil. Así que después de casi una hora, le pedimos al señor Hung que por favor callara sus ofertas y llamase al chofer para llegar al hostel.

Ya en la camioneta recibimos las primeras impresiones de las calles de Hanoi. Las motos aparecieron de inmediato. Y con ellas los síntomas de un sistema de circulación vial que cayó rendido ante el anárquico movimiento de esos birodados y finalmente dejó de oponer resistencia. Hanoi podría bien describirse con una analogía al hormiguero donde los edificios serían la montaña de tierra acumulada y las motos tripuladas por vietnamitas serían las hormigas que le dan vida.

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Sí, eso mismo, Hanoi es una ciudad que desborda de vida. Se hace literal y evidente en las panzas de las vietnamitas que están esperando para dar a luz. Hoy me crucé con varias mujeres embarazadas y con muchísimos niños de variadas edades. Luego, esos datos son los que se vuelvan a los índices demográficos que ubican a este país como el decimotercero más poblado del mundo con sus noventa millones y pico de habitantes.

El desborde empieza desde las veredas donde los vietnamitas se sientan en bancos de plástico (por lo general más bajos que sus rodillas) y beben té o cerveza mientras charlan, ríen o simplemente miran hacia la calle para distraerse con la tumultuosa horda de motocicletas que circula en todas direcciones.

Sin embargo, ni los que están en los banquillos ni los que conducen las motos, ninguno pierde la calma en ningún momento. Ese tono impasible les es dado, según parece, de forma innata y lo tienen en su código genético como también, sospecho, tienen adquirida esa facilidad para llevar adelante su comercio.

En el casco antiguo de la ciudad el comercio está en ebullición. Tanto sea en los galpones del gran mercado o en los puestos o tiendas que brotan en la calle, es casi imposible caminar una cuadra sin encontrarse con sitios donde se ofrezca alguna clase de producto o servicio.

También las calles sienten constantemente los pasos de las mujeres que cargan con ananás u otros tipos de fruta para ofrecerlos a turistas sedientos bajo el pesado sol que calienta el pavimento por donde se abre paso el caudal de motocicletas.

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Porque para hablar de Hanoi es necesario hablar de motocicletas. Por momento da la impresión que las motos preexisten a la ciudad, que la ciudad llegó después y tuvo que edificarse sobre vehículos de dos ruedas.

Comentar cualquier visita a Hanoi y no hacer referencia a una moto sería como repasar el recorrido por Nueva York sin siquiera mencionar a la Estatua de la Libertad.

Aquí las motos tomaron las calles pero también las veredas. Si viene una moto por la vereda, el que baja a la calle (o trepa a una columna de alumbrado o salta en un pie o lo que sea) es el peatón. Si bien las motos esquivan a quienes van a pie, por acumulación la fuerza que domina en el pavimento no son ni los autos ni los peatones.

Esta es una tierra con desempleo cero para los mecánicos de motos.

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Por fuera de lo humano, una característica que ya no es exclusiva de Hanoi sino de todo Vietnam, es que aquí los precios se expresa en miles de dongs. Por ejemplo una cerveza cuesta treinta mil dongs. Es decir que las compras y los pagos van a incluir muchos, cuestión que en las primeras horas dentro de ese sistema, más de un viajero se va a sentir confundido y mareado.

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Podría seguir hablando un rato más de Hanoi, bah, en realidad lo justo sería confesar que no puedo callarme nada sobre esta ciudad desbordante de gente tomando té en las veredas o montando sus motos en las calles.

Pero ya pasaron casi dos horas de la medianoche y mañana me gustaría estar en pie a primera hora para visitar el mausoleo de Ho Chi Minh.

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Entonces, ¿por qué el impacto de Hanoi fue tan fuerte? ¿por qué la siento como mi ciudad favorita entre todas las que he conocido? ¿será por su combinación de ciudad de comerciantes y de hitos históricos para la humanidad?

¿Qué diría Ho Chi Minh si leyera estas líneas? Claro, ya sé lo que diría: “viejo, estás hablando de Hanoi y no decís nada del imperialismo francés, ni de la guerra de indochina, ni de la prisión de Hoa Lo, ni de cómo aquí desarrollamos todos los conceptos tácticos para derrotar a los invasores estadounidenses.”

Y la verdad es que debería darle la razón. Lo que ocurre es que no quedó espacio ni tiempo para hablar de la rica historia vietnamita porque, al igual que Hanoi, estos comentarios giraron sobre las motos.

 

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