Día 5 – Tenemos que dar vuelta, nos equivocamos

De Franz Josef a Murchison

El aparcadero de campervans donde pasamos la noche estaba rodeado por montañas que seducían con la nieve blanca en su pico helado.

Antes de acostarnos, cuando volvimos del bar, dejamos ropa lavando y secándose. El lavado costaba cuatro dólares y el secado dos. Para activar las máquinas insertamos las monedas por una ranura y luego seleccionamos el tipo de lavado o secado. Al levantarnos fuimos a retirar la ropa pero aún no se había terminado de secar. Entonces, como no teníamos cambio, caminamos hasta la calle principal del pueblito para conseguir monedas en alguno de los comercios.

En el camino apareció un muchacho rubio corriendo y se detuvo a unos metros de nosotros con gestos de desorientación. Griselda le preguntó si estaba perdido y el flaco respondió que sí. Nos dijo que buscaba un complejo de edificios verdes pero no lo supimos ayudar. Se dio vuelta y salió corriendo para el mismo lado de donde venía.

Griselda entró a un bar, que recién abría, y consiguió cambio. Volvimos al parking, fuimos a la sala de lavado y activamos quince minutos más de secado. Mientras esperábamos por la ropa preparamos el desayuno en una cocina que quedaba junto al lavadero. Ahí teníamos microondas, tostadora y agua potable.

Servimos las tostadas y las tazas con leche en una mesa al aire libre ubicada entre la cocina y el lavadero. En ese momento llegaron Virginia y Rafa. Empezamos a desayunar. A los minutos, se acercó una señora que había pasado la noche en el mismo estacionamiento y también tenía ropa lavando. Nos saludó en español.

Ahí se generó una pequeña charla. Esas charlas ocurren de manera inevitable cuando alguien da indicios de manejar el mismo idioma. Surge siempre la misma pregunta: ¿de dónde sos?

La mujer era canadiense, vivía en Vancouver y había aprendido español cuando años atrás vivió en México. El año pasado había visitado Montevideo porque tiene un primo que vive ahí. También pasó por Salto y Buenos Aires. Nos dijo que le costaba muchísimo comprender el español que se habla en la capital argentina. Le sugerí que tal vez era por el argot propio de los porteños. Después nos contó que uno de sus hijos vive en Christchurch y aprovecharon la visita familiar para recorrer la isla sur.

Luego del desayuno, Griselda y Rafa desagotaron el tanque de la motorhome que funciona como grasera y cargaron agua en el otro tanque. Esa agua es la que usamos para cocinar y lavar la vajilla. Mientras ellos avanzaban en esa tarea tan loable, yo aproveché el baño para hacer mis descargos fecales. Cuando uno está fuera de casa, y encuentra un espacio cómodo y relajado, no debe perder la oportunidad de mover el intestino.

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Abrí la aplicación maps.me en el celular y marqué el destino Greymouth. La distancia era de 173km. Rafa tomó el volante, me subí de copiloto y arrancamos.

La ruta tenía tramos rectos y largos aunque no pudimos zafar de las curvas lentas entre montañas pero fueron más leves que en trayectos anteriores.

Una pequeña observación: nos cruzamos con muchos ciclistas. Por lo general viajan de a dos y todos están equipados con alforjas, cascos y vestimenta reflectante. Los que se animan a trayectos más largos incluso llevan un carrito de tiro, similares a los trailers, donde transportan equipamiento más pesado. Quizás la optima calidad de las rutas con los paisajes de ensueños son las motivaciones fundamentales para estos viajeros.

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En la costa oeste la vegetación crece con fuerza selvática. Da la impresión de que aquí todo germina. Las temperaturas no son tropicales pero las especies verdes inundan el paisaje. Y los helechos se desbordan hacia la carretera. Ahí Rafa comprendió que la hoja que aparece como símbolo de Nueva Zelanda es la del helecho. Se lo agradecí porque ignoro todas las cuestiones de flora y fauna y sin esa apreciación no me habría dado cuenta. Estamos en el país del helecho. Helechos y sustancia.

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La mitad del recorrido hacia Greymouth se hace bordeando la costa. A diferencia de la geografía de Uruguay, entre la ruta y el océano hay campos con pasto de un verde muy vivo. En esas praderas veíamos al ganado nutriéndose en pocos metros cuadrados. Ahí nos dimos cuenta que una de las bondades de este suelo es permitir la ganadería intensiva con vista al mar.

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Antes de llegar al pueblo nos desviamos en una bajada hacia el mar. Aprovechamos para estirar las piernas y conocer la playa. Al bajar al arena descubrimos que el océano alternaba entre tonos verdes y azules. Pero a diferencia, por ejemplo de las costas rochenses, entre la arena y el agua había un extenso cordón de piedras pulidas por la erosión de olas y viento.

Excepto por una persona que se veía a lo lejos recolectando piedras, la playa estaba desolada.

Estuvimos poco menos de media y hora y retomamos el rumbo hacia Greymouth.

Al llegar nos encontramos con un pueblo que responde a los mismos criterios de orden y pulcritud que los anteriores. También la calma y tranquilidad se repetía. Cruzamos a un grupo de escolares que caminaban por la vereda y vestían chalecos reflectantes (como los ciclistas).

Las fachadas de los comercios tienen diseños muy prolijos y las tipografías que más se ven son las serifadas. El ramo que parece imponerse sobre el resto es el de talleres mecánicos y siderúrgicos. Uno de los comercios más grandes que encontramos era justamente de bricolage, ferretería y artículos para la construcción.

Panóramica de Greymouth
Panóramica de Greymouth

Para almorzar elegimos quedarnos bajo la sombra de unos árboles, en una cancha de rugby con el césped a medio cortar, casi en la desembocadura del río Grey. Allí Rafa, Grise y Virgina cocinaron arroz, puré de zapallo y unos muslos de pollo. Yo no participé en la elaboración y me hice cargo de lavar la vajilla.

Cuando estoy en algún grupo y se decide cocinar, me cuesta tomar la iniciativa culinaria. No tengo ningún talento para cocinar ni tampoco ganas de esforzarme en ese sentido. Así que por lo general soy el que se queda después de la sobremesa con los platos sucios. Es un rol que acepto sin demasiadas complicaciones.

Así que mientras yo lavaba los platos, cuidando de racionar el agua, el resto dormía una siesta placentera sobre del césped y bajo la sombra.

Al terminar mi tarea los desperté, ordenamos la camioneta y aprontamos todo para continuar hacia el próximo destino: la ciudad de Nelson.

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Salir de Greymouth nos costó un poco porque en uno de los lugares conseguimos wifi y nos demoramos respondiendo mensajes de whatsapp y compartiendo algunas fotos. Eso nos llevó más o menos una hora.

A las cinco de la tarde en punto marcamos “Nelson” en el gps y pisamos fuerte el acelerador.

La distancia que teníamos por recorrer era de 287km así que nos cuestionamos si llegar ese día o detenernos en algún punto intermedio para continuar al otro día.

Nos seducía la idea de llegar porque el siete de marzo tenemos la reserva para cruzar de isla; entonces, al llegar antes al norte de la isla nos permitiría estar más tranquilos en un lugar sin tener la presión de los kilómetros sobre nuestros hombros. Pero sabíamos que era una distancia bastante larga para cubrir en una tarde.

Cuando dije lo de pisar el acelerador fue literal. Por fin me tocó manejar por tramos rectos y largos. En uno de esos tramos puse la Toyota a 120 km/h hasta que Rafa me pidió que levantara el pie.

Esos kilómetros nos permitieron avanzar y la posibilidad de llegar a Nelson estaba latente hasta que, después de tres horas de avance constante, Rafa alertó que el gps indicaba el camino opuesto pero Griselda revisó en su Google Maps y dijo que íbamos bien.

Pasaron tres minutos y gritó: “No vamos bien! Le erramos al camino!”. Estábamos desviándonos hacia Westpoint. Fueron cincuenta kilómetros ida y vuelta que perdimos pero, como no podía ser de otra manera, disfrutamos de paisajes de ensueño entre carreteras con una sola mano entre los acantilados donde hay semáforos para habilitar el paso entre coches que van un sentido y otro.

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Este desvío dilapidó las chances de llegar a Nelson. Así que elegimos pasar la noche en Murchison donde, después de varios minutos de búsqueda entre las calles del pueblo, encontramos un campamento con powered sites para campervans (las parcelas acondicionadas con tomacorrientes donde conectamos la motorhome a la energía eléctrica).

En la recepción del camping nos atendió un señor mayor. Pelado con bigotes que le bajaban por la comisura de los labios hasta llegar a la pera. Hablaba en un tono que lo dejaba en evidencia como un tipo bonachón. Nos dijo que conocía Uruguay y sabía algunas pocas palabras sueltas en español.

El mostrador de la oficina estaba lleno de folletos turísticos, al igual que las paredes, y entre esos papeles había un recipiente con caramelos gomosos de color Rosado y crema. Griselda le preguntó si podíamos probar uno a lo que él, mientras completaba una ficha con nuestros datos, respondió “sí, seguro”. A los segundos nos preguntó como se decía en español y le dijimos “caramelos” y el dijo “carlmelo” y lo felicitamos con un “¡muy bien!”.

Cabañas en el holiday park de Murchison

Para usar las duchas nos explicó que necesitábamos monedas de dos dólares. Así que le pedimos cambio y una moneda para cada uno. Sin embargo, cuando fuimos a bañarnos en el baño de hombres el agua caliente salió sin insertar ninguna moneda. En el vestuario femenino, una sola moneda les rindió para las dos nenas.

Los treinta minutos de wifi para cada uno, que estaban incluidos en los cuarenta y tres dólares que pagamos por el powered site, duraron menos de ese tiempo porque también estaba limitado por cantidad de megas y estos se nos consumieron rapidísimo cuando nos colgamos a enviar fotos por whatsapp.

Cementerio en Murchison
Cementerio en Murchison

No vimos nada de Murchison porque llegamos cuando la noche ya había caído pero me parece que es uno de los pueblos más pequeños que visitamos. Con una comisaría, una iglesia, una estación de servicio y un cementerio muy pequeño a la entrada del camping.

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