Día 46 – Hong Kong: eso grandote que está escondido en la neblina es un Buda

Lo que veo es niebla. Densa, húmeda y lechosa. Apenas podemos divisar la silueta del gran Buda. Está sentado en una flor de loto y tiene la mano derecha derecha en vertical. Sí, los pétalos que bordean su asiento se ven con mayor nitidez. Con la palma saluda a Hong Kong. Los que entienden de budismo dicen que esta representación simboliza la unión del hombre con la naturaleza. Los que no entienden de budismo pero estamos en este lugar, entendemos que es una estatua muy grande y que su construcción, suponemos, habrá llevado muchas horas de diseño y trabajo. También dinero.

A propósito del dinero, justo en este momento hay dos hombres con la cabeza afeitada que empujan un carrito. En el carrito llevan las urnas donde los visitantes dejan billetes y monedas para colaborar económicamente con el monasterio Po Lin, próximo a la estatua. Acá sí podría aplicar ese aforismo muy común en el argot uruguayo (¿o tal vez rioplatense?) de que “la están levantando en carretilla” en alusión al acto de utilizar un carro para desplazar las urnas que contienen el dinero proveniente de las donaciones.

Para llegar a este Buda denominado Tian Tan tomamos el ómnibus 23 en la isla de Lantau. Esta forma de llegar es la más barata y, supongo, es la recomendable para los días con niebla porque en el teleférico no creo que se pueda apreciar nada del paisaje.

Demoró casi cincuenta minutos en llegar a la cima de la montaña donde hay una minúscula legión de locales comerciales: tiendas de souvenirs, un pequeño cine 5D, restaurantes y, como no podía ser de otra manera, un Seven (7).

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Hago una pausa para explicar que los 7 Eleven conforman la mayor red de autoservicios de Asia. Sé que es una afirmación muy ostentosa pero creanme que los hay por todas partes. Imaginen que antes de subir los doscientos sesenta y ocho escalones para conocer al gran Buda Tian Tan tienen la posibilidad de ir al 7 a comprar una cerveza o un sandwich de pan blanco y pollo.

En Japón nos fueron muy útiles a la hora del almuerzo para encontrar alguna comida al paso. Igual en la isla nipona los 7 no tenían el monopolio y también recurríamos a otras “convenience store” (tal vez “tiendas de conveniencia” sea la traducción más literal y menos precisa) pasadas los doce del mediodía.

En China también encontramos esta marca que, por lo poco que me interesé en averiguar, pertenece al holding 7 Eleven con casa matriz en USA y central de operaciones en Tokio para toda la región asiática.

Un holding es la forma que encuentran los capitalistas para integrar negocios y aumentar la rentabilidad de sus inversiones. Es probable, tan probable que apostaría un billete de avión, que los 7 Eleven sean una franquicia que permite a los propietarios de esos convenience store operar bajo esa marca.

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De nuevo en lo alto de esta montaña me gustaría saber si la estatua, con 34 metros de alto, provoca una sensación de calma en todos los visitantes. A pesar de sólo divisar una silueta entre la niebla, lo que siento es relajación y tranquilidad. Algo así como si en lugar del bronce fuera un cuerpo animado que susurrara alguna plegaria en una frecuencia imperceptible para los oídos pero absolutamente legible para el espíritu.

Quizás es la sensación que deja cuando la niebla cubre estas alturas. Imagino que un día de sol y visibilidad alta la distracción con las vistas panorámicas repercute en una menor concentración y lleva a gozar el paisaje más que a relajarse.

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Al volver a la ciudad continental, es decir, dejando atrás la isla, me sentí muy cansado. Los músculos no coordinaban con el deseo de seguir conociendo. Dedicamos cuatro o cinco horas entre subte, ómnibus, subir los escalones, almorzar, otra vez al ómnibus y volver al hostel.

Me faltó un detalle no menor. Cuando nos bajamos del ómnibus y antes de tomarnos el metro para de vuelta, recorrimos un shopping. No encontramos precios bajos, aunque sí artículos originales, digamos: no truchos.

Sin embargo, lo más importante de nuestra visita al shopping fue descubrir que en Hong Kong el impuesto al valor agregado no existe. O sea, muchachos acá no se paga IVA!

Este dato sirvió para comprender las chanchadas de varios comercios ubicados en Nathan Road que para engatusar a los turistas desprevenidos colocan luminosos neones con la alerta de “TAX FREE”. Para ser claros, señores turistas desprevenidos: eso es una trampa. Obviamente lo que vendan es TAX FREE porque, justamente, Hong Kong está libre de esos impuestos.

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Luego de reposar durante casi dos horas y aplicar una merienda-cena en la habitación del hostel. Volvimos a la calle para insistir con la visa de la bahía. Pero la niebla fue más insistente que nosotros y no encontramos un paisaje muy nítido.

Nos quedamos un rato largo bajo techo, cerca de un muelle. A pocos metros un muchacho cantaba y su colega lo acompañaba con la guitarra. También cerca, en otro banco, tres jovencitas conversaban y tomaban cerveza. A una de ellas la escuchamos eructar. Ese gesto contrastó levemente con su belleza asiática pero no opacó lo estilizado de su vestuario.

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Volvimos al hostel para dormir. Nuevamente, en el hall del edificio, uno de los morenos se acercó para reiterar su oferta. En un inglés customizado para turistas nos preguntó si queríamos “something special”. Seguimos de largo haciendo oídos sordos. Sin embargo, aunque rehusamos todas esas singulares ofertas, la sensación que genera esta ciudad con abundancia de personas rebuscándose (dentro o fuera de la ley) para ganar sus monedas es la de una ciudad viva. Con su propia personalidad y canales sanguíneos.

Es como cuando conocemos a una persona con un carácter que lo lleva a hacer cosas que nos desagradan pero que igual queremos seguirle la charla porque, en el fondo, sospechamos que tiene algo importante para decir.

 

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