Día 45 – Hong Kong: Rolex, drogas y prostitutas

El avión se sacudió una y otra vez con la intensidad de un lavarropas. También atiné a decir que fue una montaña rusa que nos vino incluida con el ticket del aéreo. Sea como sea, la violencia del vuelo que padecimos hoy no está escrita en ningún otro post, así que ahora hago historia y escribo estas poquitas letras.

Todo el asunto del ajetreo duró, con todos sus intervalos, poco menos de media hora pero por la intensidad de las sacudidas en la aeronave, los fragmentos de tiempo pasaron a valer mucho más del tiempo que efectivamente transcurría porque dudábamos si esos no eran los últimos minutos de nuestras vidas.

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Hong Kong, todos los pasajeros (y también la tripulación) intentamos normalizar el ritmo de respiración habitual.

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Para llegar al hostel desde el aeropuerto nos tomamos el ómnibus A21 que costó 35 dólares hk. En el trayecto cruzamos un par de puentes y tuvimos el primer acercamiento a la arquitectura presente en la parte continental de Hong Kong,

Quizás porque las imágenes más difundidas corresponden a la de sus edificios modernos, no esperábamos encontrar un buen número de construcciones de cuatro décadas (o más) sin mantenimiento ni cuidados mínimos como para evitar la decadencia que llega de manera natural con el paso del tiempo.

Luego en el hostel el incidente que marcó la jornada fue el de encontrar con un par de habitaciones que distaban sustancialmente de la descripción escrita en el aviso de Booking.com. Por esa razón hablé con la encargada para obtener alguna recompensa por el perjuicio que nos habían causado al publicar un aviso que no se corresponde con las facilidades de la habitación.

Para conseguir un descuento de 100 hk y que nos cambiara la habitación que estaba más comprometida por otra un poco más amplia, fue necesario utilizar la amenaza de publicar una reseña negativa en el sitio web de la reserva o tripadvisor.

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Terminada la negociación en el hostel, tocaba el turno del primer paseo en el nuevo destino. Con Griselda apostamos a caminar por Nathan Road, algo así como la avenida principal de Kowloon, el barrio de la península que se mete en la bahía.

El flujo de personas caminando por allí es constante y denso. Es difícil, casi imposible podría decirse, caminar en horas de la tarde sin pecharse con otros peatones.

Y por ese motivo será que están los vendedores oportunistas que se lanzan sobre algunos peatones con cara de turista para ofrecer relojes Rolex, o algunas drogas como hachís y marihuana. El nivel de insistencia depende de cada uno de ellos pero su existencia no es que anule todas las posibilidades de pasar un buen rato mientras se avanza por la avenida tanto sea hacia la Avenida de las Estrellas o hacia el norte.

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En Temple Street, en cambio, los vendedores tienen puestos con lugares fijos como una feria montevideana pero con menos lugar para el tránsito de los compradores porque la calle es angosta de por sí.

Además en las esquinas de Temple Street hay cantidad de lugares para comer comida asiática, desde japonesa hasta vietnamita o tailandesa.

Pero si se habla de esquinas, lo que llama la atención a un turista recién llegado es la cantidad de prostitutas que se encuentran en tan pocos metros de distancia. Es como si fuera la zona roja de la ciudad, aunque por lo poco que vi, apostaría que Hong Kong tiene una parte mucho más roja.

En las horas de la tarde cruzamos a señoras usando tacos y polleras muy cortas, con sus pechos intentándo salirse de los portasenos para insinuarse a posibles clientes.

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Antes de terminar el día nos propusimos tomar unas cervezas en alguno de los bares lindantes con la calle de las señoritas de taco alto. Teníamos que celebrar la fortuna de atravesar la zona de turbulencia y tener la dicha de poder contarlo.

 

 

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