Día 37 – Beijing: motocicletas tocando bocina bajo un cielo gris

Ahora todo lo comparo con Japón. Es que ahí el listón esá bien alto y, para alguien exigente, resulta muy útil tomarlo como referencia. Igual la etapa de enamoramiento durará algunos días. Como todo. Pero por el momento seguiré pensando en su puntualidad (que me pareció aún más precisa que la inglesa); en las jovencitas con coloridos lentes de contacto; en las treintañeras saliend borrachas, y a los tropezones, de los bares luego de jornadas de trabajo interminables; en los empaques refinados aún para envolver pollo frito; y, obviamente, en la velocidad de los trenes Shinkansen, que no son otra cosa que máquinas de crear tiempo allí donde siempre faltan horas.

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Y llegamos a Beijing. Lo primero que impresiona al salir del aeropuerto es el cielo. Aquí el cielo es humo, Pero no es el que proviene de una barbacoa. Ni el de un incendio forestal. Es más bien el que podría pintar un acuarelista en una obra que apunte a representar las fábricas en una ciudad atestada por millones y millones de consumidores que trabajan para comprar, gastar y tirar.

A diferencia de Tokio, donde el cielo se cubría con nubes en movimiento (porque en Tokio ni las nubes tienen pausa) y montones de cuervos lo sobrevolaban contrastando su negra silueta con un celeste cargado; en Beijing no se ven pájaros. Podemos suponer, para guardar alguna esperanza, que vuelan por encima de la nube estática. Aunte si somos realistas (¿pesimistas?) tal vez el razonamiento nos lleve a concluir que no ave capaz de resistir a esta atmósfera tomada por la polución.

Pero antes de impresionarme con la falta de cielo me nos pasar por el control migratorio del aeropuerto donde nos esperaba una línea de policías encargados de revisar el pasaporte con lupa y de comparar la foto del documento con nuestros rostros. Para examinar la veracidad de la visa usaban lupa. Y volvían a comparar la foto con la cara. Nos miraban como un dermatólogo observa las manchas oscuras en la piel de un paciente. Y cuando terminan el análisis visual hacen preguntas. ¿Por qué llegamos a China? ¿Cuántos días vamos a estar? ¿Con quiénes viajamos?¿A dónde vamos?¿Qué haremos luego de China?¿Cuánto dinero traemos?

Preguntan una vez, y vuelven preguntan otra, mientras una hilera de focos luminosos nos dan de frente a los ojos. Fue el primer control migratorio, de los seis o siete que visitamos en este viaje, que nos recibió con luces apuntando de frente, como esas que se ven en las noches de ruta cuando algún conductor despistado, que viene en sentido contrario, deja encendidas las luces largas.

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En la primera caminata, desde la estación de metro hasta el hostel, y en la segunda, desde el hostel hasta la estación de metro, descubrimos otra diferencia con Japón. Aquí es más anárquico (digo “anárquico” en un país donde la cara de Mao aparece en todos los yuanes y esquinas). También se ven muchas bicicletas a pedal pero las motos son los vehículos que dominan (junto a las bicicletas motorizadas).

Los semáforos y las veredas se respetan tan poco que, para explicarlo claramente, en este momento algún vehículo motorizado debería atravesar estas palabras para interrumpir lo que usted estás leyendo. Así que hágase a un lado y corte la lectura por un momento para darle paso a esa moto que está tocando bocina en señal de advertencia pues está a punto de atropellarle.

Pero cuando intente apartarse para darle paso a la moto, al triciclo o al auto, encontrará que sobre el cordón de la vereda se levantan rejas de metro y medio de alto. Ahí usted, además de sentir el aliento del conductor en la nuca, descubrirá que las veredas de Beijing le impiden la libre circulación y que sólo podrá salirse de esa calle en los puntos dispuestos por una autoridad superior a su libre albedrío.

Cuidado! Viene otra moto! Córrase para este lado!

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Mientras viajé en metro aproveché para mirar de cerca a los pasajeros. Encontré que la mayoría tiene los globos oculares más grises que blancos. Ahora no puedo evitar analizar eso. Cuando volví al hostel me paré frente al espejo y encontré que los míos no son de un blanco absoluto pero nunca llegan a ese gris que vi en los ojos chinos.

Y si comparo la fisonomía china con la japonesa, resalto algunas diferencias. Aquí, como primera impresión, noto que son un poco más altos y no tan delgados. No conozco esquimales pero se me ocurre, por el tono de piel oscurecido por el sol reflejado en la nieve, que tienen raíces antropológicas con el polo norte. Claramente estoy hablando sin saber, pero lo comparto porque esas son las suposiciones que hacía mientras viajaba en el metro.

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Una sección aparte, cuando se habla de Beijing, debe dedicarse a los policías. Los hay por todos lados. Con distinto equipamiento y uniformes. Son como hormigas. Lo llamativo en el sistema de control dispuesto por las autoridades de esta república popular es que, además de la enorme cantidad de efectivos policiales, también aplican puntos de chequeo en cada estación de metro. Y, en cada uno de estos puntos hay, como mínimo, tres agentes uniformados. Por otra parte, la mayoría son mujeres. Una se encarga de pasar los bolsos por un escaner. Otra revisa la pantalla. Y la tercera controla que agarres tus pertenencias y continues tu camino rumbo al molinete. Tienen un brazalete rojo y amarillo con simbología del partido comunista (en realidad no estoy seguro de que estos símbolos pertenezcan al partido pero me parece una suposición que tiene lugar en esta historia). Por cierto, aquí todo lo que no es gris, es rojo o amarillo.

La curiosidad, por llamarlo de alguna manera, es que a pesar del control comunista (quizás sin tanto pesar) la publicidad que se ve en gigantografías, en neones y hasta en proyecciones en las paredes subterráneas de la red de metro es la de Samsung, Apple, Cannon y otras corporaciones que dominan el consumo global.

Los responsables de esas proyecciones en las paredes del metro merecen una felicitación por el toque surrealista que le otorgan a la travesía subterránea. Son imágenes que aparecen a mitad del recorrido, justo cuando por la ventanilla no se ve más que oscuridad. Eso sí fue nuevo para mis ojos. No lo había visto (atención por favor) ni siquiera en Japón.

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Hablando de tecnología, lo primero que se puede comentar es el bloqueo de redes sociales y servicios prestados por Google. Para alguien acostumbrado a entregar toda su información personal, y aceptar todas las condiciones sin leer nunca el clausulado, navegar desde Beijing se convierte en un reto difícil de superar.

Primero hay que averiguar cuál es el buscador que funciona, luego intentar que arroje resultados en algún idioma comprensible. Y si todo sale bien, tal vez, muy “tal vez”, consiga información útil para moverse en la ciudad y llegar a los lugares turísticos. Recuerde que Google Maps no funciona en China.

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