Día 30 – Cuando se viaja, el tiempo pasa más rápido

Llegamos al primer mes de viaje. En estos treinta días pasamos por las oficinas de migraciones de Nueva Zelanda, Australia, Indonesia, Singapur y Japón.

Fueron días que, si consideramos su  intensidad, se parecieron mucho entre sí. Nos levantamos temprano y nos acostamos tarde. Sacamos muchas fotos. Comimos platos riquísimos. Conversamos con gente en idiomas inventados en el momento. Y así. En ese sentido sí fueron días parecidos.

Pero si pienso un poco en la sustancia de cada día, lo único que puedo decir es que fueron horas, minutos y segundos que no se repetirán jamás. Así funciona el tiempo, esa construcción humana para tratar de poner orden (y para explotar la fuerza de trabajo pero ya nos vamos de tema). Sobre esa lógica, de momentos que no se repiten, es que digo que los días fueron todos distintos.

Las carreteras y montañas dieron paso a los edificios. La comida fue ganando picante y cargando cada vez más arroz. La camioneta se transformó en avión y después en tren. Hasta este blog, con muy pocas entradas ya experimenta cierta mutación. Los primeros post están escritos en un tono que me resulta muy aburrido (hasta a mi me resulta aburrido, no quiero imaginar como les resultó a ustedes), así que por eso está cambiando, y cambiará hasta encontrar un tono que se corresponda con la experiencia que estamos atravesando.

O sea, es muy difícil sintetizar en pocas palabras todo lo acontecido en estos treinta días. Sin embargo, sí puedo afirmar que la relatividad del tiempo genera la sensación de que el primer día fue ayer. Aquí todo va muy rápido.

Por eso para terminar, y celebrar con palabras estos -primeros- treinta días, lo mejor es pensar que estamos en el camino, y tenemos los pies en movimiento.

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