Día 3 – Llegamos a los fiordos y las palabras no alcanzan para nada

Milford Sound
Milford Sound

Después de una noche poco agraciada en cuanto a horas de sueño, nos levantamos a las seis y media para llegar antes de las once a Milford Sound, una zona de fiordos con lagos navegables por pequeños cruceros que te pasean hasta la entrada al mar de Tasmania y vuelven al punto de partida.

De madrugada me desperté varias veces para ir al baño. La cerveza, y sus efectos diuréticos, sumado a la falta de costumbre de dormir en la cama superior de una motorhome, me jugaron una mala pasada. Por momentos me despertaba con sensación de claustrofobia por el poco espacio que quedaba entre el colchón y el techo. Otras veces me desperté con la urgencia de orinar. Para eso tenía que bajar de la cama, a oscuras, evitando caer en la cama de abajo para no despertar a los chiquilines.

Aún nos quedan siete noches más para dormir en estas condiciones. Estoy evaluando la posibilidad de, antes de dormir, subir a la cama con un bidón vacío de los que usamos para el agua o la leche, y darle el uso de violín como los que utilizan los pacientes internados en los sanatorios. Pero no voy a precipitarme con soluciones macgyvereanas, recién pasó una noche.

Antes de comenzar el trayecto a Milford y dejar el camping, aprovechamos para ducharnos. Todas las instalaciones son muy prolijas y están acondicionadas para facilitar la estadía de los turistas. Después de disfrutar la ducha caliente, cargamos agua al contenedor de la motorhome y descargamos el tanque de agua sucia que habíamos usado para lavar la vajilla. El paso siguiente fue desconectar el cable de energía eléctrica que nos había dado la alegría de encender el microondas.

En el equipo aún no tenemos una posición común respecto al funcionamiento de los artefactos eléctricos. El frigobar, por ejemplo, funciona siempre con independencia de que conectemos la motorhome a la corriente. Con las luces interiores ocurre lo mismo. Pero con el microondas y los enchufes no. Yo pienso que aún no sabemos configurar las llaves pero Griselda cree que para que los artefactos funcionen, es necesario estar enchufados.

Luego de levantar las camas y ordenar los bolsos, nos despedimos del camping. A esa hora aún no estaba abierta la recepción por lo que salimos sin pagar la estadía. ¿Y ahora qué? pensamos. ¿Alguien nos multaría? ¿Es tan fácil irse sin pagar? No sabemos (pero claro: aprovechamos esta ignorancia para ahorrar unos dólares).

El desayuno lo hicimos a unas cuadras de allí frente a un lago donde también dominaba la calma. Me pregunto cómo la gente de aquí alcanza semejante nivel de tranquilidad. Quizás sea gracias a esas licorerías y a la variada cantidad de cervezas. Tal vez sea a causa de algún efecto magnético que se genera al vivir entre un continuo infinito de lagos y montañas.

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La conducción hasta Milford estuvo a cargo de Griselda. Los ciento y pico de kilómetros se hacen sin mayores complicaciones excepto en el último tramo donde ya se divisan los fiordos y las curvas se vuelven más pronunciadas. En contrapartida a las dificultades de manejo aparecen unas vistas hermosas entre picos, acantilados y cascadas.

Llegamos diez y media y fuimos al centro de información para averiguar sobre los cruceros. Pero antes de bajar vi que desde el frigobar chorreaba un líquido amarronado. Abrí la puerta y el aroma a cerveza nos acarició el olfato. Olvidamos sacar del freezer las dos botellitas que habían quedado desde la noche y reventaron. Un enchastre. Limpiamos lo más grueso y salimos.

Este incidente es una muestra de la prolijidad que vengo teniendo con el alcohol. Sobraron dos cervezas. Tal vez el cansancio por el ajetreo del día ayuda a limitar la bebida. Además, mientras estamos recorriendo no puedo tomar por si me toca conducir.

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Aún no comenté nada de la experiencia de manejar por la izquierda. La verdad es que no soy un conductor experimentado. En Montevideo no tengo auto por lo que mis ratos al volante son esporádicos y aparecen sólo en circunstancias de necesidad. Quizá por esa falta de costumbre en la conducción por la derecha ahora no se me complica tanto.

La Toyota tiene caja automática y eso la vuelve más amigable. Tal vez lo que más confunde es que las palancas para los señaleros están del lado derecho y por eso, en varias ocasiones, cuando maniobramos para doblar terminamos activando el limpiaparabrisas.

También puedo decir que la señalética de las rutas ayuda a no tener mayores inconvenientes. Al ingresar en las curvas, los carteles indican la velocidad adecuada para encararlas. Por ejemplo, en los tramos que suben por las laderas de las montañas hay curvas que se deben tomar a 15 km/h.

Esa varianza en la velocidad es la que a veces determina una demora de, por ejemplo, casi dos horas para trayectos de apenas cien kilómetros.

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El crucero por las aguas de Milford, que duraba unas dos horas, salió a las once en punto y nos costó setenta y nueve dólares nz. Un precio elevado pero las recomendaciones sobre la visita a este lugar indicaban que valía la pena pagarlo.

En el segundo nivel del buque, antes de llegar a la cubierta, podíamos servirnos café, leche y té. Las tazas para servirnos no eran descartables. Esto, que si bien me parecía de otra época, se justificaba porque es una medida para evitar la contaminación con materiales reusables.

Me preparé un café con leche y subí para contemplar la vista de los fiordos.

Aún no encuentro palabras que hagan justicia para describir la majestuosidad del paisaje. Mientras navegaba, y el agua verde se agitaba tras el movimiento del barco, recordé lo que un amigo me contó sobre los esquimales y el hielo.

El vínculo que los esquimales tienen con el hielo es mucho más profundo que una visita de varios días, incluso de varias temporadas; ellos nacen, crecen, se educan, aman y mueren en territorios helados. Por esa razón necesitan palabras que les permitan pensar y decir con más precisión respecto al hielo.

Tienen un hielo al amanecer, otro cuando está lloviendo, o cuando están en verano. Tienen hielos para hundir en el whisky y otros para sus igloos. No podrían subsistir si sólo se valieran de un diccionario como el nuestro.

Y esa fue la idea que me acompañó durante el paseo en crucero por Milford Sound. La belleza, a medida que nos acercabamos al mar de Tasmania, era cada vez más bella. Los picos eran cada vez más picos y el agua verde era cada vez más agua verde. Es decir, los paisajes eran cada vez más paisajes.

Sentía también una sensación paradójica de estar alcanzando la libertad plena al tiempo que nos aprisionaba el poder intenso y omnipresente de la naturaleza. No había escapatoria. Estábamos siendo condenados a un goce continuo con un paisaje maravilloso que convertía palabras y cámaras fotográficas en artefactos obsoletos.

Pero bueno, en una charla apurada con amigos tendré que ingeniármelas para contar lo que vi en los fiordos de Milford Sound.

A uno y otro lado del buque se levantaban enormes montañas rocosas. Por ejemplo la voz del guía, que se emitía por los altoparlantes, explicaba que el Pico Mitre es una de las montañas más altas del mundo.

De todas formas la extensión del lago permitía que varios cruceros navegaran en simultáneo. Hasta un helicóptero se detuvo frente al barco para saludar. Y a mitad del tramo, cerca de una de las orillas, había un bote anclado con tres o cuatro personas practicando buceo.

En los fiordos donde pegaba el sol, los colores variaban más que en los otros, donde los verdes eran más intensos.

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