Día 24 – Entre tatamis, papel de arroz y aire acondicionado (en japonés)

Conocimos a Yotaro a través de couchsurfing. Llegó a casa en el caluroso enero de 2015. Hablaba un inglés complicado de entender por su acento japonés. La primera en recibirlo fue Griselda, yo lo conocí recién un par de horas después.

A Yotaro le dolía la muela. Había comenzado su viaje un año y medio antes y no tenía seguro de salud. Grise lo llevó a la facultad de odontología donde le hicieron un arreglo provisorio. Su presupuesto de viaje era reducido. Durante toda la estadía en casa, que duró seis días, aprovechó para descansar.

Para comer buscaba los mejores precios y prefería comprar víveres para cocinar en lugar de comer afuera. Siempre preocupado por no excederse del presupuesto. Él quería estirar su viaje lo más posible antes de volver a Japón.

Había un tema recurrente en su repertorio. Parecía que escapaba de su país para evitar los nefastos problemas que la radiación causa en el cuerpo humano. Cuando tocaba ese asunto, trataba de alertarnos y además de las palabras, expresaba su miedo con un cambio en el tono de voz. Varias veces nos dijo que evitáramos tocar la tierra directamente y tomar agua del grifo. Antes de definir nuestro itinerario insistió en preguntarnos si estábamos seguros de visitar Tokio.

Partió de casa con rumbo al sur argentino. Le gustaba el campo, los lugares abiertos, y por eso quería conocer la Patagonia. Antes de irse, quedamos en que cuando nosotros visitáramos Tokio, nos alojaríamos en el pequeño hostel de sus padres. Así por lo menos teníamos algún vínculo personal en la capital japonesa que, además, sería nuestra primera parada en la tierra del sol naciente.

Ahora él se encuentra en Perú. Seguimos en contacto por correo electrónico.  Su español ha mejorado y escribe sus primeras palabras en castellano.

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Llegamos a Haneda a las cinco y media de la madrugada. Apenas salimos del aeropuerto nos encontramos con el frío invierno de Tokio. Según el calendario, llegamos con la primavera pero el termómetro decía otra cosa.

El hostel queda en Kameari, así que tomamos un ómnibus que, después de cincuenta minutos de viaje, nos llevó a esa estación.

Parece que en Tokio los choferes usan guantes blancos y micrófono para informar las paradas durante el trayecto. Ese fue la primera impresión que nos llevamos del orden y pulcritud en el transporte público japonés.

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Tal como nos había adelantado Yotaro, su madre se pone nerviosa cuando trata con extranjeros. Es que su hostel es pequeño y no acostumbra a recibir huéspedes de otras nacionalidades.

Las explicaciones sobre la ubicación de las habitaciones, el horario de recepción, el funcionamiento de las duchas y demás descripciones las hizo mezclando gestos, palabras que se le escapaban en su propia lengua y algunos balbuceos en inglés. Por cierto, para ser buenos: su inglés es más rudimentario que el nuestro; y para ser honestos: no habla ni una palabra en ese idioma.

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Al ingresar a las casas, templos, incluso a algunos comercios, teníamos que descalzarnos y dejar los zapatos en el hall o en muebles destinados a estos efectos. Cuando Yotaro se refería a estas cuestiones, hablaba de una casa “japanese style”.

Y eso fue lo primero que hicimos. Luego, para no andar con los pies descalzos (y cambiar días de paseo por resfrío), nos pusimos unos zuecos que llevamos hasta llegar al tatami.

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¡El tatami! Por películas como Karate Kid o tutoriales en internet, resulta sencillo tener una idea de lo que es un tatami. Pero hasta este momento nunca habíamos pisado uno. Y nuestra curiosidad insistía en no quedarnos únicamente con las enseñanzas del señor Miyagi.

¿Qué es el tatami? Es una estera de paja con tamaño definido. En nuestro caso no era de paja sino Futonesmás bien de un material sintético. Aunque no es tan frío como el piso de baldosas o monolítico, no llega a ser tan cálido como una moquette.

Según la versión de Yotaro, el tamaño de la estera es único y se utiliza para definir las dimensiones de las habitaciones. Por poner un ejemplo, una habitación estándar se compone con cuatro tatamis y medio y un dormitorio agrega un tatami más.

Respecto al acondicionamiento acústico no puedo decir mucho más porque parece que somos los únicos huéspedes en el hostel y no se escuchan sonidos provenientes de otras habitaciones pero supongo que en caso de existir ruidos, el tatami los filtraría fácilmente.

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La ventana no tiene cortinas. Por la parte exterior lleva un vidrio común, transparente, sin esmerilar. En el interior tiene las típicas cuadrículas con papel de arroz. Eso permite que entre luz natural pero impide la vista hacia, o desde, la calle.

Desde que entramos al hostel hasta que subimos los dos pisos hasta la habitación, pasamos por un curso intensivo de todo lo que nos contaba Yotaro y su japanese style. Claro, esperemos conocer todo lo que nos dijo, menos la radiación.

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Pero lo que Yotaro nunca nos contó es que el control del aire acondicionado está en japonés. Nos habló de los puntos con más radiación en Tokio, nos explicó que las duchas japanese style tienen dos etapas, una para limpiarse (enjabonarse y enjuagarse) y otra para relajarse en algo parecido a un jacuzzi. Sin embargo, jamás nos explicó cómo carajo hacer para que el aire acondicionado largue calor.

Ya estiramos los futones para dormir una siesta y descansar antes de nuestro primer paseo por esta ciudad enorme. Si nunca durmieron en un futón, les explico: son colchonetas, bastante cómodas y esponjosas aunque no muy gruesas que, para no ocupar espacio*, durante el días están dobladas y guardadas en algún rincón de la habitación. A la noche se estiran y funcionan como camas. Para taparnos tenemos unos acolchados que parecen ideales para las bajas temperaturas de afuera.

El vuelo de Singapur duró casi seis horas, y junto al frío primaveral de Tokio, nos vemos obligados a cerrar los ojos y taparnos hasta la cabeza.

Recién apretamos el botón más grande y ahora el aire está funcionando. Ahora a cruzar los dedos para que los quince grados se conviertan en veinticuatro.

 

* En estas pocas horas en Tokio aprendimos que una de las principales capacidades de los japoneses es la de aprovechar el espacio. Tanto para construir un edificio como para guardar un futón o los zapatos.

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