Día 216 – Perdidos en Sarajevo

En la terminal de Sarajevo, una niña, con no más de seis años, se me paró delante y extendió su brazo con la mano abierta para mendigar una moneda. Me negué a darle dinero. Con el dolor que implica negar ayuda a un niño de piel sucia y carne flaca, le dije que no, que no tenía plata. Insistió y con la otra mano señaló el vendaje blanco que le rodeaba la rodilla izquierda. Intuí que más que vendaje era un artificio del cual se valía para aumentar la recaudación. Volví a negarle las monedas. Otra vez sintiendo ese mismo sentimiento que lleva a responder con la voz temblando y tartamudear un monosílabo. N-n-n-n-o.

Seguí a la niña con la mirada. No rengueaba. Excepto cuando se acercó a otra pasajera. Ahí sí ensayó un movimiento lerdo con la pierna que, vendaje de por medio, acusaba de lesión.

Griselda volvió desde la ventanilla. La noticia era que los boletos a Zagreb costaban veinte euros cada uno. Un importe demasiado alto para afrontarlo al séptimo mes de viaje. Decidimos que el tren, aunque demoraba casi nueve horas, sería la mejor opción pues lo teníamos incluido en el pase de tren que habíamos comprado desde Montevideo.

Y tras Griselda volvió la niña. Primero le insistió a ella. Tres veces. Griselda también se negó a darle dinero. Apareció otro niño que, a juzgar por el parecido de sus ojos grandes y redondos, podría decirse que era el hermano mayor. Se quedó junto a la niña. Pareció ejercerle alguna clase de presión. Entonces ella me tomó del brazo. Otra vez me habló. No entendí lo que decía pero supuse que primero pedía por favor y luego aclaraba que era para comida. “Papa, papa” creí entender.

Griselda se acordó de unos galletitas que traíamos en el bolso. Se las dimos. La niña miró primero con una suerte de desconfianza. Posteriormente sentí en su mirada un aire de rechazo. Las examinó girándolas en su mano. Estaban envasadas en paquetes individuales de plástico transparente. Pasaron unos minutos y se marchó. Mientras esperábamos que la persona que nos había alquilado una habitación para pasar la noche se dispusiera a enviar las instrucciones de “cómo llegar”, la niña retornó dos o tres veces a la terminal. Sin embargo, no se animó a pedirnos nada más.

Llegaron las instrucciones y las marcamos en el gps. Caminamos quince minutos hacia el destino. Cuando llegamos al punto marcado nos dimos cuenta que faltaba el número de puerta. No teníamos conexión a internet para volver a preguntar. Era un complejo de viviendas. Había dos o tres blocks por manzana. Cada block tenía cuatro pisos.

Simplemente mirábamos las instrucciones una y otra vez con la misma esperanza del jugador que se abraza al azar y raspa con su uña la capa plateada de las “raspaditas” esperando que aparezca algún premio.

De repente un viejo que estaba sentado en el interior de un auto nos habló en idioma local. No sabemos lo que dijo pero le mostramos el celular donde teníamos la dirección. La leyó detenidamente. Dijo algunas palabras que no entendimos. Le mostramos la foto que nuestra contraparte tenía en su perfil de AirBnB. Nos dijo que no lo conocía. Continuó hablando en ese idioma incomprensible.

Mientras le explicábamos, en inglés y español, que no lo estábamos entendiendo ni medio.  ingl mostramos la foto que nuestra contraparte tentorn para salir de la ciudad, con destiñol, que no lo estábamos entendiendo, apareció un muchacho joven que sí hablaba inglés. Más tarde nos enteraríamos que era su nieto. Se llamaba igual que nuestro host de AirBnb: Andrej. Tratamos de describir con claridad nuestro problema. El muchacho comprendió. Habló con el viejo. Entre ellos discutían con tono enojado.

Preguntaron si teníamos algún número de teléfono para comunicarse con nuestro anfitrión. Buscamos en el perfil y lo encontramos. Se lo mostramos al viejo. El viejo sacó su celular. Era un aparato de color negro y tamaño reducido. Entraba perfectamente en su mano, incluso podía darse el lujo de cerrar un poco los dedos. Parecía de la época de los Nokia 1100 pero no logré ver marca ni modelo.

El viejo llamó a ese número. Tampoco entendimos lo que hablaron. Cortó y volvió a discutir con su nieto. Ahora, según mi agudo sistema de traducción de gestos, entendí que el viejo pretendía llevarnos en su auto y el nieto prefería hacer la busqueda caminando. El viejo señalaba nuestras maletas y al final lo convenció.

Subimos al auto del viejo. Cargamos las maletas en el baúl. Era un coche compacto. La puerta del baúl no cerró completamente. Nos sentamos en el asiento trasero que estaba cubierto por una manta celeste. En el piso había una manzana verde con mordidas de perro. Por la cantidad de pelos dorados, confirmamos que estábamos sentados en el espacio dedicado a la mascota de la familia.

El coche se detuvo en menos de dos minutos. Dio media vuelta manzana. El viejo bajó el vidrio y le preguntó a un hombre que pasaba por allí. Éste le indicó algo con la mano. Dejó la ventanilla abierta y giró en U. Volvimos al punto de partida. Bajamos las maletas. El vehículo quedó estacionado en una de las entradas del edificio.

No entendíamos nada. Ellos empezaron a caminar. Continuaban discutiendo y haciendo ademanes. Los seguimos. Llegamos al block con número de puerta 131. Buscaron el nombre de Andrej en el listado del portero eléctrico pero no aparecía. Yo también lo busqué pero no tuve suerte. Fuimos con el nieto hasta el block 133, Griselda se quedó con el viejo en el 131. Tampoco aparecía el nombre. El nieto me preguntó el apellido y le dije que no lo sabía.

A lo lejos escuchaba que el viejo hablaba con alguien más. Luego me di cuenta que era el jardinero del edificio. El nieto decidió llamar nuevamente a nuestro anfitrión.

Las llamadas eran internacionales porque, según explicó el viejo, el hombre estaba de viaje en Serbia.

No sé lo que hablaban en cada llamada. Pero yo sospechaba de que ni el viejo ni el nieto sabían hacer las preguntas correctas. Cortó la llamada y me dijo que nos quedáramos allí, en el 133, hasta que alguien abriera la puerta. En ese momento aparece el viejo a los gritos.

Volvimos al 131, allí un hombre calvo, de bigotes y sin dientes, mantenía la puerta del edificio abierta. En la mano tenía una libreta con anotaciones en tinta azul. El nieto agarró la libreta y leyó. Intercambió algunos gritos con el viejo. Nos dijo que ése era el edificio pero que en el apartamento no había nadie para entregarnos la llave.

El hombre calvo de la libreta entró al edificio y cerró la puerta. A los pocos segundos apareció un jovencito, de lentes de marco grueso y pelo teñido de amarillo y se presentó como el hermano de Andrej. Él tenía las llaves. Hablaba inglés y nos pidió disculpas. Lamentó el desencuentro.

El viejo se puso contento y de pasó aprovechó para retar al jovencito del pelo amarillo. Quizas le dijo algo así: “sos pajero pendejo, no ves que los turistas llegan sin saber el número de puerta y yo al pedo los hago cargar las maletas en mi auto”.

Nos despedimos. En la mirada del nieto divisé cierto alivio. El viejo caminaba lento aunque sin dificultad. El nieto agachaba la cabeza.

En el apartamento no estuvimos más de dos horas. Acomodamos el equipaje y preparamos algo rápido para almorzar. Arroz, huevos, paté de pollo, mayonesa.

Decidimos visitar el memorial sobre el sitio a Srebrenica. En el gps del celular no encontramos la dirección exacta. Marcamos un punto que nos parecía el correcto y salimos. Caminamos por una avenida durante media hora hasta que se terminó la calle. Ahí sospechamos. Preguntamos a tres personas distintas. Ninguna sabía de lo que hablábamos. Decíamos museo, museum, galería, galerija, gallery, war, guerra, pictures, Srebrenica, pero ninguno pareció entendernos.

Definitivamente habíamos errado el camino.

Caminamos unos metros y frente a una escuela encontramos a un hombre acomodando una bolsas en su auto. Volvimos a usar las palabras clave, empezando por galerija.

Nuestro nuevo amigo tampoco conocía el lugar. Nos preguntaba si hablábamos alemán. Respondimos que no. Resultaba extraño encontrar a alguien que hablara bosnio y alemán pero ni siquiera tres palabras de inglés.

Nos invitó a subir al coche. Se ofreció a llevarnos (aunque no sabíamos a donde).  Subimos, encendió el motor y arrancamos. Estaba recién lavado. Sentí pena al pisar esas alfombras relucientes con mis championes sucios por el barro de la vereda. Quise disculparme pero comprendí que sería inútil.

Pasamos por una parada de ómnibus y detuvo la marcha. Allí le habló a una chica adolescente. Ella sí hablaba inglés. Le explicamos a donde queríamos ir pero tampoco conocía la galería. Habló algo más con el hombre y se alejó del coche.

El desconcierto me llevó a creer que tal vez no estábamos en Sarajevo. Pero recordé que el jovencito de pelo rubio que nos entregó las llaves dijo que en ese apartamento pasaríamos muy bien porque estaba cerca del centro de Sarajevo.

Llegamos a un boulevard y el hombre pisó el freno. Nos hizo señas de tomar el tranvía número 3. Bajamos del auto y agradecimos su ayuda. Thank you, gracias, bla bla bla.

En la parada del tranvía sí tuvimos suerte. Le preguntamos a una pareja. Respondieron que sí, que conocían el lugar, que iban en esa dirección. Suban al tranvía con nosotros que les indicamos donde bajar. Fueron palabras muy simples pero merecían una celebración. Por fin alguien que conocía el lugar.

Él era alto, muy flaco y vestía completamente de negro excepto por la suela blanca de sus All Star, la foto de Marilyn Manson serigrafiada en su remera y las hojas de marihuana estampadas en su gorro de lana que lo llevaba puesto aún a pesar de los treinta grados, o más, que había en el vagón del tranvía.

Ella también era alta y tenía la cara lo suficientemente redonda como para parecer simpática aún estando callada. Sus mejillas estaban coloradas y su cabello, según delataban las puntas descoloridas, en algún momento, había sido rojo.

Durante parte del recorrido el tranvía circulaba a paso de peatón. Tranvías, autos y taxis comparten los mismos carriles. El ritmo me sonaba muy familiar. Tan familiar como la lentitud de los ómnibus montevideanos trancados en el corredor Garzón o en los tramos más densos de 18 de Julio.

El chico señaló la parada. Bajamos los cuatro pero la muchacha desapareció. Cruzamos el boulevard por una perpendicular. Vimos la catedral que la chica había comentado como principal referencia para llegar a la galería.

En el camino surgió una especie de charla con el muchacho. Fue una charla llana, básica. Creo que comenzó con la pregunta de cuántos días pasaríamos en la ciudad.

Pero algo extraño sucedió. Tartamudeaba. Ahora tartamudeaba. Pero mientras estaba con su chica, no. Sin embargo luego de que ella desapareció, no lograba terminar una sola palabra sin trancarse en alguna de las sílabas.

Pero no sólo eso, sino que, con la forma de modular, de quedarse atorado, de abrir y cerra la boca, parecía emular una carabina. Era como si al hablar repitiese el sonido de la guerra. Como si lo tuviese grabado en alguna parte de su mente.

Fuese cual fuese la frase, el golpeteo verbal seguía un mismo patrón: “ta-ta-ta-taratataratá ta-ta-tataratataratá”.

Así, como pudo, respondiendo nuestras preguntas, dijo que había nacido en un pequeño pueblo ubicado en un valle entre Mostar y Sarajevo. Que la gente no se opone a conversar sobre la guerra. Que tenía veintitrés años y que por esa razón era un “child of the war”.

Por fin, llegamos a la galería. Quedaba en un tercer piso. Nos confesó que era su primera vez allí. Subimos en ascensor, llegamos a la boletería y pedimos dos entradas. Él esperó a nuestras espaldas hasta que la funcionaria entregó los tickets. Llegó el momento de la despedida.

Miraba con una sonrisa que le cruzaba la cara de lado a lado. No sabíamos exactamente que decir ni hacer. Estabamos muy agradecidos por su ayuda, y más aún con su compañía desinteresada. Reaccionamos sin razonar demasiado. Nos dimos un apretón de manos y reiteramos el agradecimiento. Él giró hacia el ascensor y nosotros ingresamos a la sala.

Allí estaban las fotografías retratando el mortífero escenario de la guerra. La luz tenue, por si hacía alguna falta, ayudaba a centrar la atención en el blanco y negro de la imagen. Vimos cuerpos amputados, rostros con ojos desorbitados, un cráneo completamente desprovisto de carne o una mano con guante de latex sosteniendo los dedos de un cadáver.

Además de las fotografías, en una pantalla se proyectaban algunos audiovisuales. Llegué a la mitad de un cortometraje que representaba la vida de una familia durante los ataques militares a Sarajevo. Vi a un niño correr por la calle, esquivando las balas. Los fusiles imponían su golpeteo entrecortado. Finalmente el niño llega a su edificio. Cuando entra al apartamento alguien intenta bloquearle el paso pero logra escabullirse. La escena que se encuentra es espeluznante. En los cadáveres de sus padres se ven los impactos de los proyectiles. Las manchas de sangre pintan las paredes de la habitación. La misma persona que pretendía bloquearle el paso ahora lo rodea entre sus brazos y le cubre los ojos con la mano. El niño se desespera y la escena termina con un reloj a punto de marcar las doce.

La escena que sigue cierra el sentido del corto. Sin embargo, más allá de esa cuestión y de las imágenes siniestras, me interesaba saber qué mecanismos encontraron los sobrevivientes para sobreponerse al horror de la guerra en general y de la masacre en particular.

Inevitablemente pensé en el muchacho del tranvía. En lo que escondía detrás de su mirada nerviosa. Y en todos los balazos que ahora, involuntariamente, reproducía en cada una de sus palabras.

Ta-ta-tataratataratá.

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