Dia 2 – El guiso de la alegría        

La propia motorhome
La propia motorhome

Ya pasó la medianoche del segundo día y estamos en la motorhome que alquilamos para recorrer este país de sur a norte. Tengo la cara a menos de treinta centímetros del techo. Somos cuatro los que estamos acostados aquí adentro. Una pareja en la cama de abajo y nosotros en la de arriba, justo encima de los asientos de chofer y acompañante. Soy el único despierto (y también el único que se levantó a las cinco de la mañana).

Las actividades del día comenzaron a las diez. Caminamos por Queenstown hasta que a las doce, con Griselda, nos tomamos un ómnibus hasta el aeropuerto para recoger la motorhome.

Rafa y Virginia, en cambio, tenían agendado el salto en bungee a esa hora. Ese paseo les llevó cuatro horas en total. Una camioneta los recogía en el centro de Queenstown y a las cuatro de la tarde los devolvería en el mismo punto.

[Recién intenté incorporarme para escribir un poco más comodo y al moverme le pegué una patada al techo, escribir en esta posición es insalubre, merezco un litro de leche.]

Después de la hora y media que nos llevó el trámite, incluyendo la firma del contrato, retiramos la motorhome y buscamos un lugar para almorzar el guiso que Grise y Rafa habían cocinado la noche anterior.

Nos detuvimos en la banquina de la ruta, a la salida de norte de Queenstown, y allí estacionamos. La vista era única y por primera vez probé la función panóramica de la cámara del celular para sacar esta foto.

Panorámica del lago Wakatipu

[Estoy boca arriba, mis contracturas están floreciendo nuevamente, siento calambres por todo el cuerpo porque me contorsioné para continuar escribiendo.]

Cuando quisimos calentar el guiso en el microondas de la camper (como le dicen acá a esta camioneta que es mitad auto y mitad casa) no encendía. Intentamos TODO. Conectamos y desconectamos todos los enchufes. Encendimos y apagamos las llaves de luz. Hasta llegamos a cerrar la llave de gas creyendo esa era la fuente de energía eléctrica (?) pero ni así logramos encender el micro. También le pedimos ayuda a un veterano que estaba con su motorhome aparcada junto a la nuestra. Repitió el mismo procedimiento que habíamos seguido nosotros (excepto abrir la llave de gas), pero nada. Nos pidió disculpas por no poder ayudar y se fue.

Por suerte el vehículo viene equipado con ollas y cocina. Como no tuvimos suerte con el micro pasamos a probar con las hornallas. Tampoco nos resultó fácil encender el fuego pero después de presionar tres veces seguidas el encendido electrónico: se hizo la luz. Es difícil describir la alegría que sentimos en ese momento. Estábamos en medio de un paisaje maravilloso, a miles de kilómetros de casa y al mismo tiempo celebrando que habíamos encendido el fuego. Reímos, nos abrazamos y besamos. Grise colocó el guiso en la olla y yo saqué una cuchara para revolverlo. Aún no soy abuelo pero ya me animo a decir que la felicidad está en las cosas simples.

A las cuatro pasamos por el hostel a buscar a los gurises donde, segun habiamos quedado, sería el punto de encuentro después de la excursión para saltar en bungee. Nos contaron los detalles de cómo saltaron sujetados desde los pies. Según su versión, distinta a lo que yo imaginaba, la caída se siente suave con un tinte parecido a la flotación.

Nosotros no teníamos mucho para contar, excepto el calvario del microondas, claro. Les propusimos ir hasta la agencia donde alquilamos el vehículo para que nos explicaran bien cómo funciona la conexión eléctrica. Pero cuando llegamos ya habían cerrado. Aceptamos la derrota y continuamos por la misma calle que veníamos.

[Cambié de posición, apoyé la notebook en el colchón y ahora escribo con los codos apoyados en la cama. Me duele el cuello. Se me complica presionar más de dos botones a la vez, por eso faltan algunos tildes.]

A veinte metros de la agencia encontramos una automotora y taller de Toyota. Como es la marca de la motorhome, detuvimos la marcha y le pedimos ayuda a uno de los vendedores. Al principio se negó a escucharnos porque también estaban por cerrar pero a los minutos cedió, según suponemos, porque le dimos lástima al hablar inglés tosco y cortado.

El veterano, de unos cincuenta años, revisó la camioneta pero tampoco encontró la causa del problema eléctrico. Se remitió a repetir “electrician” o algo parecido. Le pedimos si podía llamar al teléfono gratuito de la rentadora para explicarle la situación y pedir una solución. Lo aceptó gentilmente y llamó.

Lo acompañamos con Grise a su oficina. Comenzó la charla con la persona que estaba al otro lado del teléfono explicándole que estaba con dos personas que no hablaban muy bien el inglés. Te quiero escuchar hablando en castellano, pensé.

A pesar de la gestión de nuestro gentil intermediario, no encontramos una solución que nos convenciera porque al estar cerrados allí en Queenstown nos ofrecieron volver al día siguiente.

Desde allí salimos rumbo al suroeste para llegar antes del anochecer a Te Anau (que se pronunca Tiá-no), lugar que elegimos para pasar la noche y salir desde allí temprano a la mañana con destino a Milford Sound.

Queenstown se une con Te Anau por una carretera dominada por curvas con generosas vistas de paisajes rocosos, lagos y montañas. En varios tramos del recorrido, quienes nos alternamos la responsabilidad de conducir, tuvimos la difícil tarea de no perder el control del volante a causa de distraernos por el perfecto contraste cromático que se manifestaba entre los cálidos naranjas de las rocas y el azul verdoso del omnipresente lago Wakatipu.

Más de una vez exclamé un sin fin de puteadas en agradecimiento al dios que diseñó semejante belleza. Hasta la pintura blanca y amarilla que divide la mitad izquierda de la derecha del pavimento encajaba en esa armonía de colores.

Por momentos las vistas panorámicas parecían montadas por Kubrick. Otras veces me recordaban a Paris Texas pero sin desierto.

Llegamos a Te Anau minutos antes del anochecer. Hallamos un pueblo con casas donde predomina la madera pintada en tonos pastel. En la calle nos cruzamos, a lo sumo, con dos o tres vehículos. No sé como se dice cuando un pueblo entero está a punto de dormirse pero si existe el término, sería adecuado usarlo en esta descripción.

Con la ayuda de la aplicación que usamos para guiarnos (maps.me) fuimos a la orilla de un lago donde paramos para merender y tomar algunas fotografías. Apenas abrimos la puerta de la camioneta, el frío nos congeló el aliento. Nos abrigamos y salimos.

Como no teníamos un lugar definido para estacionar y pasar la noche, comenzamos a dar vueltas buscando algún parking habilitado a tales efectos. Después de veinte minutos de girar por las desoladas calles del pueblo, encontramos un complejo de cabañas con estacionamiento para motorhomes (¿motorjomes? jaja).

Eran más de las nueve por lo que la recepción estaba cerrada. En la puerta había un cartel que decía: “Si llega cuando la recepción está cerrada, elija el lugar y pague al retirarse”. Sin más que hablar, fuimos en busca de esa parcela.

Estacionamos. Ordenamos un poco el interior del vehículo y lo acondicionamos para la cena. Luego salimos a comprar cervezas, azúcar, agua y algo para picar.

Entramos a una licorería. Aquí es fácil encontrar comercios dedicados exclusivamente a la venta de alcohol. También es fácil que esos lugares cuenten con una sala refrigerada para almacenar la gran variedad de cervezas que venden. A esas cámaras se ingresa por una puerta y uno elige la cerveza de su elección.

[Me duele todo el cuerpo. Recién me dormí, creo que un par de minutos porque todavía no se me cayó baba en la almohada.]

Volvimos y adivinen que servimos para cenar: ¡sí! ¡eso mismo! ¡el guiso! Pero antes nos acordamos de enchufar la motorhome para cargar electricidad. Y ahí fue cuando la sorpresa nos iluminó la cara: ¡se encendió el microondas! Lo celebramos con cerveza. Y encima todavía quedaba el guiso.

Aún no soy abuelo pero me atrevo a confirmar que la electricidad nos hace felices.

En la sobremesa miramos los videos del salto en bungee y estuvimos cerca de morir de risa con las caras de Virginia mientras caía, ja ja ja. Me acuerdo de eso y me vienen ganas de reirme, pero acá están todos durmiendo.

[No tengo nada más para comentar por el momento, excepto lo siguiente: o apago la notebook y me duermo ya mismo, o muero.]

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