Día 180 – Un paseo por San Petersburgo

SAN PETERSBURGO: CIUDAD DE EDIFICIOS GRANDES, TROLLEYS Y PLATOS A BUEN PRECIO
 
San Petersburgo es una ciudad de dimensiones respetables. La calle no se cruza en cuatro zancadas, no. Hay que esperar, pensar y luego largarse a cruzar. Los edificios también se hacen respetar. Tienen ventanales hacia las avenidas aunque sus puertas dan al corazón de la manzana. Se ingresa por unas puertas que casi se camuflan con las ventanas. Por ahí se llega al interior del edificio. Recién ahí están las puertas a cada apartamento. En realidad decir apartamento es, quizás, hasta cometer una grosería contra el lenguaje. Porque así la fundó Pedro El Grande pero vaya a saber cómo le gustaría al monarca que ahora un fulano designara a las viviendas que él con tanta tiranía mandó construir. La cosa es que aquí, en esta ciudad que Dostoiesvski calificó de “ciudad premeditada” dan ganas de ocupar el espacio, quiero decir, de salir a la calle y caminar. Las cuadras son larguísimas y acompañan los canales por donde se abre camino el estuario del río Neva. Por esos canales circulan motos acuáticas, botes y lanchas que cargan desde mercaderías hasta parejas de recién casados. En cambio los que se mueven sobre el asfalto o los adoquines pueden elegir ir en motos de alta cilindrada o autos de marcas que sólo existen dentro de las fronteras rusas. Quienes prefieren el transporte público tiene la opción de viajar en el metro, para el cual deberán bajar por una escalera mecánica hasta llegar a los cien y picos de metros de profundidad subterránea. O podrán subirse a un trolleybus para que los cables de alimentación los lleven al nivel de las avenidas. Pero si decidimos continuar la caminata, encontraremos que aquí el alfabeto es el cirílico así que poco -o más bien nada- podremos comprender. Por eso digo que estamos en una ciudad visual. Los estímulos van directo al cerebro sin previa traducción a palabras. Me guío por los logotipos, las fotografías y los neones que prenden y apagan. Hasta que llego a un shopping. Y ahí me calmo (o me excito), dependiendo el color de las luces. Porque los shoppings son iguales en todo el mundo, no importa la ausencia del alfabeto latino. Es un territorio que huele a una ropa que ya usamos. Alcanza con entrar para dejarse llevar. Pero tengo hambre y me salgo de ahí. Porque la comida procesada de un shopping me hace mal. Quiero buscar algo afuera. Entonces pongo en práctica las enseñanzas del guía: «es bueno entrar a los restaurantes que empiezan con “CTO” porque esos son comedores donde te cobran en base al peso a la cantidad de cosas que compres y por lo general te sale barato». Y entro y encuentro bandejas de comida que parece la cocinada por una abuela. Hay fideos, granos que parecen lentejas, estofados, pasteles dulces. Si los ojos me habían llevado hasta ahí ahora es el olfato que me convence de quedarme. Primero agarro una bandeja, luego un plato y por último los cubiertos. Empiezo a caminar por una fila para elegir cada porción de la comida que en minutos llevaré a mi boca. Finalmente llego a la caja, pago con trescientos rublos, la cajera mueve las manos y la cabeza como contando las monedas para el vuelto. A ella le digo gracias pero no me entiende. A mi me digo buen provecho y respondo apoyando la bandeja en la mesa y el culo en el asiento.
 
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SAN PETERSBURGO: RECIÉN CASADOS BRINDANDO EN LA CALLE
 
En San Petersburgo las parejas recién casadas salen a pasear por la ciudad. Los matrimonios, acompañados por amigos y familiares, recorren las calles en ómnibus -en algunos casos limusinas con forma de jeeps- y paran a brindar frente a monumentos o edificios emblemáticos de ésta que en algún tiempo fue la capital imperial de Rusia. Brindan con champagne. Aprovechan para engordar el álbum de fotos. Y para ir adobándose a medida que pasan las horas. Quizás correspondiéndose con alguna clase social, los novios acostumbran a usar traje de etiqueta, color azul vivo, y las novias el tradicional blanco de tul. Las damas de honor se uniformizan bajo la misma tonalidad y, por suerte también las he visto, dos por tres aparece alguna veterana rusa que gusta de insinuar la enorme fortaleza de los pechos eslavos.
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SAN PETERSBURGO: REZAR CON OJOS ABIERTOS
 
Los rusos son creyentes. Fieles devotos de la iglesia ortodoxa. Que no es lo mismo que la  católica. Por ejemplo en estas iglesias, con cúpulas parecidas a bulbos de cebollas y cruces que de mañana brillan con el sol de Siberia y al poniente con el de occidente, los curas, que si somos prolijos y exactos deberíamos decirles “popes”, tienen un vínculo distinto con la iglesia tal como lo conocemos en occidente. Para ellos es más bien su trabajo. Son libres de contraer matrimonio y disfrutar de las relaciones sexuales. También pueden sufrirlas, nadie les va a decir nada por eso. Pero quizás, lo más interesante de entrar a una iglesia ortodoxa rusa, para alguien que quiera o no estuvo más cerca de la iglesia católica, es que el rezo es más visual que oral. Lo importante es detenerse a mirar la imagen de un ícono y no tanto lo que se enuncie con palabras. Es decir, a las puertas del cielo se llega por la conexión que se logra en ese momento más que por las palabras que uno le puede dedicar a su santo. En eso se parece, podría decirse exagerando un poco con el lenguaje, al budismo. En cierto momento la mirada que primero estaba enfocada en el exterior se vuelve hacia el interior, donde se juntan el aquí y el ahora. Se llega así, al menos por un instante, a esa calma sólo conocida por aquellos que tomaron consciencia que la única existencia es la del aquí y ahora. Pero más allá de toda la introspección, en los hechos las iglesias ortodoxas tienen iluminación tenue. Sus interiores se alumbran con velas que los fieles encienden frente a cada ícono, por nombrar nombramos: el ícono de San Nicolás, de la Virgen, de San Pedro. Son cuadros donde estas figuras están pintadas, con colores plenos, quizás alguna sombra para darles idea de volumen, pero no mucho más. Son imágenes simples. Eso sí, tienen una mirada profunda. Como si el artista que los retrató sólo se hubiese preocupado por llevar su humanidad a la vista. Es lo que decía, es una creencia visual. Eso ocurre mientras un pope bautiza a un niño y el niño llora a gritos porque no quiere mojarse con agua, sea ésta bendita o no. Al mismo tiempo una señora rusa y canosa enciende una vela y carga con cera caliente el candelabro para que no se caiga y la luz continue encendida. Y también vemos que por la puerta de atrás de la iglesia un pope joven, de cabellos y barba oscura, con fisonomía de modelo occidental para ropa de campo toca timbre para que alguien le abra.

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