Día 172 – De los paisajes verdes a los túneles fríos (o de como nos confundieron con vagabundos)

A las diez de la noche regresamos a Bergen luego de visitar los fiordos.
 
Entre esa hora y la medianoche recorrimos más de diez hoteles y hostels. Todo estaba ocupado. No había camas ni habitaciones disponibles, excepto las que costaban más de ciento cincuenta euros la noche.
 
En ese lapso hablamos con gente de la ciudad que, mientras paseaban a sus perros, nos acompañaban a buscar alojamiento.
A ellos también les llamaba la atención que todo estuviese vendido. Pasada la medianoche las recepciones de los hoteles empezaron a cerrar. Volvimos a la estación de tren para tratar de conectarnos a internet y conseguir algo en Booking, Hotwire y otras aplicaciones por el estilo.
 
Nada. El mensaje que leíamos era: “En Bergen se ha ocupado el 100% de los alojamientos.”
 
La iglesia a la que habíamos pedido refugio no nos respondía.
 
Para completar la escena, a las doce y media cerraron la estación de tren. Ahí fue el momento de tomar la gran decisión del día, o sea, de la noche: ¿dónde vamos a dormir?.
Estábamos cansados, el frío se empezaba a traspasar la ropa. ¿Qué lugar sería el mejor?
 
No teníamos mucha idea. Le preguntamos al guardia encargado de cerrar la estación y nos sugirió el parking de la terminal de autobuses. “Allí es techado” nos dijo con cierta vergüenza por no poder ayudarnos a pasar la noche bajo techo. Hasta allá fuimos.
 
El viaje, otra vez, nos deparaba una nueva experiencia. Llegamos a la terminal. Buscamos los lugares techados. Estaban junto a los andenes. Los ómnibus ya no funcionaban. Excepto uno de frecuencia nocturna.
 
Mientras preparábamos el equipaje en el sitio se nos acercaron dos muchachos alemanes, de Berlín, que estaban en la misma situación. Sin embargo notamos que tenían mucho menos abrigo que nosotros. Un poco más lejos habían otros dos hombres, con acento colombiano o venezolano (nuestra capacidad auditiva había mermado como para acertar nacionalidades en base al acento).
 
Sobre uno de los bancos desplegamos las mantas y toallas que llevábamos en la mochila. Nos abrigamos con gorros, guantes y doble pantalón. Inflamos las almohadas que usamos para los aviones y los trayectos largos de tren. Apretamos la mochila que tiene los documentos contra el pecho. Nos acostamos a lo largo de un mismo banco y nos dijimos hasta mañana.
 
A la hora y media el frío nos despertó. Creímos que la corriente de aire fría entre los andenes era lo que complicaba. Levantamos campamento. Y decidimos ir hasta un túnel que une un pequeño parque con el centro comercial de la misma terminal. Ahora la duda era si por el túnel la corriente de aire no sería peor. Pero al llegar nos pareció un refugio más confortable.
 
Acostamos las maletas formando un pequeño muro para frenar el viento proveniente de una de las bocas. El suelo estaba frío como hielo y por más que apoyara el cuerpo contra la superficie, no se templaba. Por eso estiramos una manta abajo y dejamos la otra para cubrirnos. Logramos dormirnos.
 
Eran cerca de las tres y media cuando un hombre nos despierta con un murmullo que no reconocimos como lenguaje articulado. Tenía la presencia típica de Noruega. Alto, rubio, ojos marrones que nos miraban con piedad. Estaba parado junto a mi cabeza. Estiraba la mano con un billete de 50 coronas. Vi el 50 y vi que era verde. Creo que fue el único billete de coronas que tuve delante porque hasta el momento nos habíamos manejado con tarjeta.
 
No pude aprovecharme de la situación. No necesitábamos dinero. En todo caso un espacio junto a una estufa. Bastaba con un galpón con una frazada y algún perro amigo que se acurrucara en nuestros pies. Por eso, entre dormido, atiné a responderle “oh, thank you, no, no, no”.
 
El hombre pidió disculpas y se fue. Entendió con mi negativa que no estaba frente a personas sin hogar. Quizás se dio cuenta, por las maletas y por el “thank you, no, no”, que éramos turistas. Lo que sí, supongo, no llegó a comprender como terminamos en ese lugar solitario y frío.
 
Nosotros tampoco lo entendimos pero fue otra experiencia que llegó para enseñarnos algo. Aún no sabemos exactamente qué. Días atrás pensábamos que uno puede llegar a enloquecer de sed. Anoche, mientras conciliaba el primer sueño, intenté esbozar alguna reflexión sobre el frío. De a poco los dedos se van durmiendo, se entumecen, supongo que por eso la gente desdichada, que realmente no tiene donde refugiarse, camina durante las madrugadas y duerme en el día. Porque el caminar favorece esa circulación que además de dar calor ayuda a que las extremidades no queden duras como piedras. O lo que es lo mismo: ayuda a que las extremidades sigan siendo del propio cuerpo y no de un cuerpo ajeno.
 
Pasadas las cinco nos despertaron los gritos de otro hombre en la entrada del túnel. No entendíamos si era para ayudarnos o para echarnos. A los minutos vimos que las puertas del centro comercial se movían. Otra vez a desarmar la improvisada cama y buscar calor.
 
Ahí nos quedamos hasta minutos después de las seis cuando volvimos a la estación de trenes. Ahí estaban los muchachos que habíamos cruzado en la terminal. Los alemanes y los latinos que, según nos dijeron después, eran colombianos.
 
A uno de los colombianos le presté mi adaptador y alargue para que cargara su celular y cámara. Ellos habían pasado la noche en el aeropuerto. Le dijimos que a nosotros no se nos había ocurrido esa idea. Bastaba con tomar un ómnibus.
 
Charlamos un poco. Hablamos de los hermosos paisajes y de lo difícil para el bolsillo. Ellos, que eran primos entre sí, hacen una estadía de la mitad de días que nosotros y juran no volver a Noruega. Por más impresionante que sean los paisajes, no lo encuentran como destino a repetir. Les dije que con esa última parte discrepaba.
 
Antes de irse nos dieron una revista con los puntos imperdibles de esta zona. Pasé unas páginas y llegué a la típica foto de Trolltunga. Miré a Griselda y le dije: “la noche fue dura porque quería darnos un mensaje, tenemos que llegar a Trolltunga”.
 
Y ahora, que empieza el día, estamos en otro proceso de decisión: ¿ir o no hasta Trolltunga? Esa es la cuestión.

Comentarios

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *