Día 150 – Barcelona entre Gaudí, Zitarrosa, Picasso y Manu Chao

Segundo día en Barcelona. En las calles encuentro más intensidad a la que encontré hace unos cinco años, cuando la conocí por primera vez. Ahora la conozco de nuevo. Quizás yo estoy más intenso. Veo mujeres con pantalones cortos que tienen más de cortos que de pantalones. Muestran el comienzo de sus nalgas. En cambio, los africanos que venden lentes y carteras en las ramblas, siguen con sus mismos miedos. Huyendo de la policía para evitar que les sellen la frente con la etiqueta de “ilegal”.

Pienso que ese “arder” que encuentro en los bares y en el cruce de los semáforos ahora es más intenso porque lo contrasto con mis experiencias más inmediatas en los países de fe musulmana. Ahí donde la belleza femenina se cubre para hacerla exclusiva a los ojos de los esposos. Aquí la carne está visible.

Es como si las culturas tuviesen la raíz de sus diferencias en las fronteras de lo visible con aquello que no se ve.

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Duermo y me despierto en un apartamento del complejo de viviendas que tiene la Universidad Autónoma de Barcelona. Es mi primera experiencia en un alojamiento de estas características.

El apartamento tiene dos dormitorios, un Baño, una cocina y un living amplio. Por las noches traemos los colchones a ese living y dormimos recibiendo la brisa nocturna que entra por el ventanal. Es la única forma de refrigerar los cuerpos calientes con las temperaturas de más de treinta y cinco que azotan el verano catalán.

Hay muebles con espacio para guardar libros. Cuatro bibliotecas. Una para cada persona que venga a estudiar. Ahí puedo guardar mis libros. En los escritorios, que hay dos por habitación. Se puede escribir pero, aunque mi espalda sufra por la postura torcida con el culo puesto en un sillón, prefiero hacerlo desde el living. Junto a la brisa del ventanal.

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Leo a John Berger. Escribe sobre Picasso. Por la claridad del texto y de la genialidad del artista, me fascina ya desde las primeras páginas.

Habla de la riqueza y de la fama de pintor. Que a los veintiocho años ya no tuvo más complicaciones económicas y que a sus cincuenta y pico ya era millonario.

Me interesa cuando comenta que hay gente que, aún sin saber el nombre de su primer ministro, conoce el nombre de Picasso. Y luego agrega que el sólo el 1% de toda esa gente identifica un cuadro del pintor. Para completar la reflexión contrasta con el caso de Chaplin. Porque a Chaplin la masa lo identifica por su bigote y el bastón. Pero se desilusionan cuando no lo ven con las ropas de su personaje.

Lo cito:

“Sólo otro artista ha visto extenderse su fama de modo comparable: Charlie Chaplin. Pero «Charlot», como aquellos pintores del siglo pasado*, se hizo famoso por la popularidad de su obra. Hay muchas anécdotas sobre la desilusión del público al ver al Chaplin auténtico; esperaban encontrárselo con su bigote y bastón. En este caso, el artista, o más bien su arte, pesó más que el hombre. En Picasso, por el contrario, el hombre, su personalidad, dejó en la sombra al arte.”

No puedo obviar la cita de cuando analiza a Picasso como niño prodigio:

“Los niños prodigio en las artes visuales son mucho más raros que en la música, y, en cierto sentido, menos auténticos. Mozart niño es probable que tocara tan bien como ningún otro viviente. Pero Picasso a los dieciséis no dibujaba tan bien como Degas. La diferencia acaso consiste en que la música es algo que se completa más en sí misma que la pintura. El oído puede desarrollarse de modo independiente; la vista se desarrolla sólo en la medida que se desarrolle nuestra comprensión de los objetos vistos. No obstante, para las normas de las artes visuales, Picasso fue un notable niño prodigio, reconocido como tal y, por tanto, a una edad muy temprana, se convirtió en el centro de un misterio.”

Pero ya desde el prólogo Berger se despacha con consideraciones que incitan a una lectura voraz.

“Fue el maestro de lo inacabado —no de la obra inacabada, sino de la experiencia de lo inacabado—. Toda la pintura trata del diálogo entre la presencia y la ausencia, y el arte de Picasso, en su sentido más profundo, se sitúa en la frontera entre las dos, en el umbral de la existencia, de lo recién comenzado, de lo inacabado.

* Por el siglo XIX

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Son días en los que escucho el A contraluz de La Vela Puerca y Guitarra Negra de Zitarrosa. Ah, de Zitarrosa también he pasado escuchando Esta canción, en loop. Una y otra vez. Sobre todo en los aviones. Porque me parece una canción desgarrada. Y aunque la original es de Silvio Rodriguez, la versión de Zitarrosa, con la voz retumbando en su laringe, le otorga una profundidad oceánica que acompaña el sentido de los versos.

Y como Zitarrosa no me parece menos que Berger, dejo aquí el audio:

 

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Hoy caminamos con Rafa por el Barrio Gótico. Otra vez, por las mismas calles que ayer. En uno de los callejones pasamos por la puerta de un boliche que tenía puertas y ventanas cerradas. A través de los pequeños cristales se veía que adentro el local estaba lleno. Contra la ventana unos cuantos tipos tocaban guitarra y cantaban.

Entramos y escuchamos el sonido de unas rumbas. Fuimos hasta el fondo, al único espacio libre de la barra. Pedimos un par de cervezas. En los anaqueles, entre los licores, vimos un mate y un termo. Adivinamos que era un bar de argentinos o uruguayos.

Pronto nos dimos cuenta que entre el público había muchos argentinos y uruguayos.

Cuando entramos eran poco más de las ocho. Salimos a la media noche. En el medio de esas horas pasamos unos momentos increíbles. No tanto por la hermosura de los minutos sino porque nos costaba creer lo que pasaba.

Servían cerveza fría y gustosa, con sabores artesanales. Las edades se mezclaban. Con una veterana de más de cincuenta, con la piel pegada a los huesos y una nariz que se le escapaba de la cara, que armaba sus tabacos al lado nuestro. Con un matrimonio inglés, que peinando canas cayeron en la curiosidad del mate y pidieron para probarlo. Con una rubia cuarentona de apariencia bajo parámetros Marilyn Monroe. Piel blanca. Labios pintados al rojo sangre. Ojos negros con líneas que los delineaban en ese mismo color. Escote amplio dejando a la luz una hermosa raya a medio del pecho trazada por la exuberancia de sus pechos. Con un punkie flaco y petiso que se declaraba marplatense pero hermano de los uruguayos y chilenos a cada rato. Insistía en que Eduardo Galeano, en Las Venas Abiertas, le había contado la posta sobre los pueblos sudamericanos.

La rubia tocaba el cajón peruano con los rumberos. Lo hacía con la intensidad de un hombre mientras agachaba la cabeza pegando la pera contra el pecho. Los pelos rubios le cubrían la cara. Desde donde estábamos sólo le veíamos la espalda. Parecía presa de un exorcismo.

Cuando los rumberos se cansaron, las guitarras quedaron libres para los que ahí estábamos. El punkie tocó una de Jaime Roos. Me di cuenta que no me sé las letras de Jaime. Sólo puedo estar seguro del comienzo de La Hermana de la Coneja. Pero él toco otra. Tarareamos.

Después pude acompañar en guitarra a la rubia. Rafa tocaba el cajón peruano. Ella dijo “yo también toco la guitarra”. Y no contenta con su destreza en las seis cuerdas nos deleitó con una voz aterciopelada con destellos crudos, como combinando el estilo de su piel maquillada con los sentimientos de Janis Joplin y la poesía de Patti Smith.

Mientras rasgueaba nos alentaba a tocar con el alma. “¡No piensen, sientan!” Y ella era la mejor representación de esas palabras. Y volvía a cantar con la misma fuerza que un bebé se desprende de su caluroso pañal en un mediodía de verano.

Le hice caso y toqué con el alma. Por eso no usé púa y me saqué los pellejos del dedo índice. Ahora me arde.

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Hablando de lo inacabado, volví a pararme ante la Sagrada Familia de Gaudí. Las grúas sigue allí, poblando su espacio aéreo. ¿Cuántas generaciones trabajaron para esta obra? ¿Un abuelo, un padre, un hijo?

En el libro de Berger, dice que para Picasso no importaba lo que el artista hacía sino lo que el artista era.

Pienso que Gaudí conjugaba las dos interpretaciones. Vivía para hacer y vivía para ser. Y con el caso particular de la Sagrada Familia, creó una obra que se continuó construyendo más allá de su vida.

Basta con detenerse ante la fachada para descubrir que cada centímetro esconde una historia particular. Como si una biblia se escribiese en sus relieves. Quizás por eso me genera la sensación de infinitud. No porque la construcción sea infinita sino porque las interpretaciones sobre cada parte de la obra no parecen tener fin.

Subo la mirada y aparece algo nuevo. La bajo y encuentro detalles que antes no había visto.

Dicen que la van a terminar para el 2026. Sospecho que ese año volveré y dirán que descubrieron planos de Gaudí con indicaciones para construir tramos que hasta ese momento se desconocían.

También sospecho que, cuando nuestra civilización desaparezca, otros seres vendrán a Barcelona para estudiar esta obra (o sus ruinas) y hasta escribirán tratados sobre las grúas que ya parecen parte incorporada al edificio.

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Antes de irnos del bar nos pusimos de charla con uno de los argentinos, párroco del bar. Nos contó que las guitarreadas no se dan todos los días. Habíamos llegado en el momento justo.

Cuando nos habló sobre la historia del bar deslizó, casi como al pasar, que el dueño era Manu Chao. Le pedimos que lo repitiera. Volvió a decirlo: “Manu Chao”. Nos costó creerlo y, como argumento para verificar su verdad, comentó que muchas veces han ido a la casa Manu Chao para jugar al fútbol y comer nísperos.

Ahí seguro le creímos. ¿Quíen perpetraría una mentira con una historia que incluya nísperos?
Después de eso entendimos las placas colgadas en las paredes del establecimiento con leyendas referidas a la clandestinidad, estación esperanza y el derecho al libre tránsito de las personas.

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