Día 14 – Y un día llegamos a Bali

En el aeropuerto Ngurah Rai de Denpasar Bali los taxistas y remiseros, que son cientos, esperan amontonados y a los gritos a los pasajeros que salen por la puerta de “arrivals”.

bali

Cuando salimos se nos acercaron varios pero sólo uno me habló. Tenía la piel oscura, era apenas un poco más bajo que yo (supongamos que medía un metro setenta), usaba bigotes y cada vez que me ofrecía el servicio, repitiendo la palabra “taxi”, se reía y me preguntaba a dónde íbamos.

Opté por no responder y seguir caminando. No quería mostrar mi necesidad de conseguir transporte. Suponía que si lo hacía era más fácil que se aprovechara de mi carácter de novato en tierras indonesas. Hasta que en un momento, cuando el hombre me dio a entender que ya conocía mi estrategia y que no tenía intenciones de timarnos, comenzamos a hablar.

Le informé la dirección del hostel Warung Coco, en Kuta (que yo sabía estaba a unos diez kilómetros del aeropuerto). Me hizo una oferta inicial de 250.000 rupias indonesas por llevarnos a los cuatro. Ahí Griselda se metió en la conversación y le dijo que era muy poco. Entonces comenzó el regateo. Así llegamos al precio de 170.000. Sellado el trato, el hombre llamó a otro que estaba a pocos metros. Este agarró las valijas y nos hizo señas para que lo siguiéramos. El otro se dio vuelta y enfiló para la puerta de arribos a seguir con su cosecha.

En el camino para el hostel apenas cruzamos algunas palabras con el chofer en un idioma que improvisamos allí mismo. De dónde éramos. Qué idioma hablábamos. Él no hablaba inglés. Nos mostró una credencial con la que intentó confirmarnos que era un chofer habilitado para transportar turistas desde el aeropuerto.

Ya eran casi las once de la noche. Mi primera impresión de Bali fue de una ciudad de calles angostas con gente por todos sus rincones, comiendo sentados en los cordones de las veredas o en los muros o en los numerosos puestos de comida.

Viajábamos con aire acondicionado así que del calor tropical aún no teníamos noticias.

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En el hostel habían dos mujeres. La más joven, que manejaba varias palabras en inglés, estaba en la recepción. La otra señora esperaba indicaciones parada en el límite imaginario entre el hall y la vereda.

Lo primero que nos aclaró cuando le mostramos nuestros pasaportes es que habían cambiado, por error, nuestra reserva de habitaciones privadas y nos ofrecía una única habitación para los cuatro.

Pero con quince días de compartir el ambiente, en motorhome primero y hostel después, nos bastaba. Ahora queríamos una habitación privada donde practicar tranquilamente nuestras artes amatorias. O sea, no la queríamos, la necesitábamos.

Entonces comenzamos a insistir para que prepararan dos habitaciones hasta que amenazamos con buscar otro alojamiento. En ese momento cedió y la chica de la recepción le indicó a la otra señora que preparara dos habitaciones juntando las camas individuales para conformar una cama matrimonial en cada una. Luego de media hora nos invitaron a pasar.

***

Para las habitaciones había que atravesar dos pasillos y doblar varias veces por los rincones del hostel. Así lo hicimos hasta llegar a un espacio abierto donde estaba la piscina. Para nuestra sorpresa, todas las habitaciones parecían estar vacías y eso nos desconcertaba porque la versión de la recepcionista afirmaba que estaba todo lleno.

Después de acomodar las maletas y cambiar la ropa de viaje por malla de baño y bermuda, volvimos a la piscina y terminamos el día hundiendo los cuerpos cansados en las frescas y cloradas aguas de la piscina. Era momento de rendirle homenaje a Bali.

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