Día 134 – Estambul: té, damas y Alican

Tomamos té en un barcito de Estambul mientras vemos el tranvía de estilo viejo con colores de intensidad nueva. Así se presenta Istiklal, la peatonal que, con peatones por doquier, se engalana como la estrella de Taksim en la parte europea de la ciudad.

Es mediodía, caminamos y paramos en las tiendas para mirar chucherías. Los escaparates están en sintonía con la estética retro del tranvía. Pasamos la mano por las hojas rugosas de unas libretas con tapas color pastel y páginas de papel reciclado. Hacemos girar unos globos terráqueos. Pedimos permiso para probar la tinta de unas estilográficas. Salimos y volvemos al ruedo de la peatonal. Un heladero, con bigotes trabajados por las cuchillas de una tijera artística y ropaje turco, golpea tres campanillas para llamar la atención de los turistas. Cuando digo ropaje turco hablo del sombrero cilíndrico, el chaleco rojo, la camisa blanca y el pantalón negro. Cuando hablo de los heladeros me refiero a esos hombres que sirven los conos con destreza olímpica y llaman a los turistas con un “icecream”. Al momento de entregar el helado, giran el cucurucho como si fuera un mosqueta. El cliente extiende la mano y se queda con un cono vacío. O directamente sin nada. La pirueta se repite dos o tres veces. Mientras, la persona entiende que se trata de un juego y mira el show. Mientras, otra persona saca el celular, activa la cámara y filma la escena para luego etiquetarla en Youtube: “icecream”, “turkish”, “style”. Las campanillas estruendosas vuelven a sonar. Continuamos calle abajo. Donde comienza la curva. El rojo del vestuario del heladero se repite en las banderas que atraviesan la calle. Estamos en Turquía. Pienso que ese rojo debería llamarse “rojo turco”. Me pregunto porqué en las clases de diseño ningún profesor me habló del “rojo turco”. Es inconfundible. Debería existir un pantone sin números. Sólo titulado como “el turco”. Sería más fácil imaginarlo. No es el rojo de la navidad ni el de Coca Cola (que vendría a ser el mismo de la navidad). Este es un color propio. Debería escribirse Rojo, con mayúscula. Tal vez por eso aquí la gente tiene tanta personalidad. Ya en su bandera aparece el carácter.

Cae la noche y los policías que invaden las esquinas ahora son un poco más invisibles. Excepto por su camión blanco que amenaza estar listo para disparar gases y chorros de agua. El tranvía continúa su recorrido. En un sentido y en otro sobre los rieles escondidos entre las lustradas baldosas de Taksim. Y veo a los lustrabotas y por un momento pienso que fueron ellos que también se encargaron de esas baldosas. Pero reacciono a tiempo y me digo que eso es imposible. Y que además las baldosas no dejan propina. Igualmente estos hombres parecen mantener su oficio a vieja usanza. Con su caja de madera para las tintas y los cepillos. Con el posa pie que trae piezas de bronce. Al encontrarlos tan estilizados me pregunto si son lustrabotas que limpian el cuero o si son lustrabotas que posan para la foto mientras un mozo les sirve té.

Griselda entra a una tienda de cosméticos para maquillarse gratis y yo aprovecho para recorrer las calles escondidas en los recovecos paralelos a Istiklal. Busco un pub donde tomar los últimos tragos del primer día. Son callejones angostos. Hacia un lado suben y hacia el otro bajan. Los repechos tienen pendientes empinadas que exigen separar los pies lo más posible en cada paso. En los restaurantes los anfitriones ofrecen Kebab y frutos del mar. En algunos más modestos pero no menos deliciosos, visten al kebab bajo el formato doner. No tengo hambre pero igual me dan ganas. Mejor lo dejamos para otro día. Vuelvo a Istiklal para buscar a Griselda. Me cruzo carritos que venden castañas horneadas. También hay otros vendiendo mejillones al limón. En este caso sigo sin sentir hambre pero además tampoco me dan ganas. Qué curioso: alguien cruza entre la multitud de peatones sirviendo té. En Taksim maquillan bien. Ahora los labios de Griselda son más rosados y sus mejillas me piden una caricia. Caminamos hacia el lugar que escogí. Es al lado del bar donde paramos al mediodía para probar, por primera vez, esa infusión que aquí beben sin prisa y también sin pausa, servida en pocillos de cristal con boca y fondo anchos y cintura angosta. Sí, claro, otra vez estoy hablando del té.

Aquí las sillas y mesas parecen de muñecas. Los asientos están a pocos centímetros del suelo. Imposible no recordar los bares de Hanoi en Vietnam. También, como en el país asiático, el humo de tabaco nubla el aire. Pedimos té, una narguila con tabaco sabor manzana y esperamos. En las mesas juegan backgammon. En otras fuman y conversan. No entendemos ni la charla ni el juego. Preguntamos si tienen wifi para conectarnos a internet y buscar tutoriales sobre backgammon. Wifi is not working. Miramos con disimulo intentando aprender el juego de costado. El tablero tiene triángulos. Sobre algunos triángulos ponen fichas, cuento quince fichas de cada color. Juegan con dos dados. Llegó el té.

Fracasamos con el backgammon nos decidimos por las damas. Al final de la primera partida, que ganó Griselda, nos trajeron la narguila. Fumamos. Griselda ganó otra partida y me obligó a ganar la tercera. No era mi día para el juego. Sería mi noche para el amor. En el pocillo me quedaba un fondo de té. El mozo turco, alto, de pelo y barba castaña, me levantó el pocillo. Lo quedamos mirando. “¡Aún no había terminado!”. Es que me parecía que por las cuatro libras el pocillo me correspondía tomar hasta la última gota. El hombre volvió a las risas con otro pocillo y dijo “este va de regalo”. Al rato entendimos. Cuando el pocillo está en posición horizontal, las curvas del cristal retienen una parte del líquido contra el fondo. Entonces, para beber todo el contenido es necesario llevarlo a la vertical como un sediento que bebe la última gota de agua en medio del desierto. Pero momento: ¿por qué no vimos a nadie empinando el pocillo hasta dejarlo seco? Movimos un par de fichas y Griselda dijo: “ah, capaz no beben hasta el fondo para evitar los restos de té sólido”. No sé si lo dijo por estar convencida o para distraerme porque yo estaba ganando pero me resultó una explicación razonable.

Mientras el mozo cambiaba el carbón de la narguila, y yo pensaba sobre el movimiento que me llevara hasta la gran final con un tanteador de 2 a 2, intenté distraer a Griselda con otra nimiedad. ¿Por qué los mozos acostumbran a poner la cuenta con el dorso hacia arriba? Para saber el costo de la consumición uno tiene que agarrar deliberadamente la cuenta y revisarla. No se puede pispear de manera disimulada. Esto es muy difícil en las primeras citas cuando uno invita pero no puede ir controlando lo que vale cada ronda de tragos. No parece buena idea detener la charla con esa chica que salís por vez primera y decirle “para un momento, antes de invitarte otra copa dejame ver cuanto voy gastando”. Claramente los mozos turcos, a primera impresión, me parecen personas muy inteligentes que merecen el mayor de los respetos; sin embargo aún no logro darme cuenta del sentido que se esconde detrás de este modus operandi.

Y llegamos a la final. Decía que no era mi mejor día para el juego. Con cuatro o cinco movimientos Griselda, como en las dos primeras partidas, ya me tenía contra las cuerdas. Ella ahora jugaba con tres damas blancas y yo apenas con una ficha negra simple. Pero llegó Alican y eso me dio cierto alivio. Bebí el último trago de té.

Griselda miraba el tablero y yo fumaba la narguila antes de que el carbón se apagase. Alican, un niño de ocho o nueve años, flaco, de piel oscura como bronceada por un sol de febrero y dientes de blanco lechoso puso una corona de flores sobre la cabeza de Griselda. “Te queda hermosa” le dijo sin darle tiempo a que Griselda respondiera y se fue a otras mesas a repetir la operación. Volvió a nuestra mesa. Griselda agradeció el gesto pero intentó devolver la corona.  Alican no aceptó. Le decía que si no le podía pagar, que se la quedara. Creo que lo hacía porque de alguna manera adivinaba que nosotros no teníamos ningún interés en alimentar el trabajo infantil. Con la pericia de un galán innato adulaba la belleza de Griselda. “Tu sos muy bonita pero con las flores lo sos aún más”. Le preguntamos el nombre. No entendí lo que dijo y pedí que lo anotara en mi celular. Mientras con su mano rechazaba la devolución de la corona. La escena me pareció perfecta para cerrar el primer día en Estambul. Le pregunté “¿querés una foto con ella?”. Se rió y de inmediato abrazó a Griselda. Aparté la boquilla de la narguila sobre el tablero y saqué la cámara del estuche. Apenas tuve tiempo para dos fotografías. Por mi espalda se acercó un policía balbuceando en turco. Alican tomó la corona y huyó corriendo por el mismo callejón que había llegado. Guardé la cámara y volví a aspirar el tabaco de manzana. El carbón se había apagado.

Griselda preparó su movimiento final y, antes de mover, con tono de picardía dijo: “parece que es mi noche para el amor, veremos si la misma suerte me acompaña en el juego”. Entonces llevó una de sus damas por la diagonal central y, para sentenciar mi fracaso con los juegos de mesa, comió la última ficha que me quedaba en el tablero.

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