Día 13 – Diversidad y sustancia en Oxford Street

El sábado nos despertamos a la diez, parece que finalmente aceptamos húmedo (y pesado) calor del hostel.

Queríamos ver Romeo y Julieta en el Opera House. No logramos reservar los boletos por internet, así que fuimos directo hasta el teatro. La función comenzaba a las 14:00. Justo ligamos una obra conocida en cartel y no quisimos desperdiciar el momento (simbólico) de sentarnos en las butacas de uno de los complejos teatrales más conocidos del mundo. Vale la aclaración: no somos aficionados al teatro. Nuestro nivel de consumo es, a lo sumo, de unas seis o siete obras por año. Eso no quita el disfrute de vivir la experiencia teatral. Esta vez nos animamos a ver una en inglés porque, si en algún momento no entendíamos los diálogos, era fácil volver a retomar el hilo de la historia.

Siendo claros: fuimos ahí más por las ganas de conocer esas salas (la obra se daba en la Playhouse) que por pasión al teatro.

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Como teníamos un rato libre, aprovechamos para almorzar en un restaurant estilo “jardín de la cerveza” de Munich en The Rocks.

Cuando volvimos, con el estómago lleno, sabíamos que si la obra perdía intensidad o si duraba “demasiado” corríamos riesgo de dormirnos porque la cerveza, los huevos fritos y la carne había sido abundante.

Pero en Sydney hasta la duración de las obras es extensa. Duró dos horas y veinte con veinte minutos de recesos en el medio. Así que… adivinen… nos dormimos! Fueron unos minutos, los necesarios para reponer energías sin perdernos el final. Jaja. Ojo, muy buenas actuaciones (?)

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A la salida el sol seguía fuerte. Se nos ocurrió tomar un tren “a cualquier parte” para salir del circuito turístico y conocer el Sydney más profundo. Pero por error al comprar los tickets, tomamos una línea que, justo ese día, tenía una ruta especial por reparaciones en la red ferroviaria. Estuvimos casi una hora arriba de varios trenes y otra subiendo y bajando en varias estaciones porque el recorrido no seguía el mismo trazado que veíamos en el mapa.

No queríamos salirnos de las estaciones por las dudas que los tickets no sirvieran y nos cobraran una multa o un boleto más caro. Hasta que nos aburrimos y decidimos volvernos al centro, con la frustración de estar condenados a la ruta de los turistas.

Creo que para conocer una ciudad es necesario conocer el sistema de transporte (sea metro, ómnibus, taxi o tuc tuc). Y esta vez no lo logré. Así que te fallé Sydney, perdoname. Dame la oportunidad de volver.

Sin embargo, en todo ese rato, descubrí que en estos trenes los asientos tienen respaldos removibles y los pasajeros pueden moverlos para un lado o para otro dependiendo si quieren viajar enfrentados a otros pasajeros o no. Son asientos “customizables”. Además de que fue la primera vez que viajé en vagones de doble piso. Quizás el aire acondicionado estaba un poco fuerte (o tal vez es que a nosotros se nos fue la mano en quedarnos tanto rato adentro del tren jaja).

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Bajamos cerca de estación Central, y encaramos rumbo al hostel. En el camino nos topamos con un montón de jovencitos vestidos con vestuario multicolor, maquillados y con accesorios en las orejas, en el cuello y hasta con orejitas de conejo. Al principio creímos que se trataba de una fiesta de disfraces. Luego, por el vestuario, los asociamos con la misma tribu urbana que habíamos visto en Hyde Park. No les sacamos bien la ficha pero son una mezcla de psicodelia setentera y animé japonés. Ahora estaban haciendo cola para entrar a un club donde un guardia de seguridad cortaba tickets y pedía documentos.

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Nos desviamos y caminamos por esa calle. Subimos repechos. A las pocas cuadras comenzamos a ver tipos musculosos caminando de la mano. Esa imagen se repetía cada pocos metros. Un poco más adelante, después de algunos repechos, aparecieron los boliches y nightclubs. Estábamos en Oxford St, la zona gay friendly de la ciudad.

Son tres o cuatro cuadras con boliches que tienen ofertas de placer y cariño para todos los gustos. Allí el ridículo pierde sentido. Se ven travestis mal maquillados, señoras jubiladas intentando besar adolescentes que apenas alcanzaron la mayoría de edad (true story), travestis bien maquillados, mujeres hermosas de procedencia eslava, morochas con minifalda prontas a bailar reggaeton, tipos con más horas de gimnasio que de sueño y travestis con el miembro tamaño Sydney. En esas cuadras de Oxford St. no falta nada (ni nadie).

Después de una hora y media husmeando por los distintos antros del lugar, volvimos al hostel.

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Y aparecieron las ampollas!

Después de los kilómetros de caminata que habíamos acumulado en los repechos de Sydney, comencé a sentir dolor en los talones y dedos gordos. Al quitarme los championes comprobé que la dolencia se debía a las brutas ampollas que aparecían adornado los bordes de ambos pies.

Es que me olvidé que soy bastante manteca en cuestiones de piel y, si antes de caminatas largas, no me vendo los dedos para reducir la fricción al caminar, al cabo de tres días me veo obligado a curar heridas.

Pero era sábado (y última noche en Australia), así que bancar el tirón, poner alguna cremita y volver al ruedo. Oxford St. es para machos, jua.

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