Día 126: Niños de Petra

Estamos en el punto más alto de Petra. Petra es una joya arqueológica ubicada al suroeste de Jordania, próxima a Israel. Para llegar al lugar partimos muy temprano del desierto Wadi Rum, donde habíamos pasado la noche, durmiendo en un campamento muy bien organizado. Para llegar a ese desierto viajamos un par de horas en ómnibus desde la frontera entre los países que acabo de mencionar. Y para llegar a esa frontera, antes habíamos atravesado otra frontera, entre Egipto e Israel, con varias horas perdidas mientras esperábamos que las autoridades israelitas se dignaran a autorizarnos el paso. Todo eso en poco más de cuarenta y ocho horas.

Dejamos los bolsos en el hotel Petra Palace y caminamos hasta el recinto arqueológico. Presentamos el ticket al boletero y cruzamos el molinete. La geografía que vemos no es muy diferente a las montañas de piedra que ya habíamos visto en los otros paisajes jordanos. Al principio son piedras amarillentas y claras. A medida que avancemos van tomando un matiz rojizo.

Un guía camina con nosotros y nos ayuda con algunos conceptos. Primero nos cuenta sobre el camino que estamos recorriendo. Una calle de piedra que seguramente tiene muchos años. Sí, el guía confirma que esta es una construcción del imperio nabateo estimando que se asentaron en esa zona un par de siglos antes de Cristo. Aquella era gente que, a fuerza de vagar por el desierto durante generaciones y generaciones, conocía con exactitud cada piedra que pateaban en esas latitudes.

Por eso se dedicaban al negocio logístico. Sabían que ese era un punto estratégico para el comercio y transporte de mercaderías. Así idearon las formas y urbanizaron los terrenos para aprovecharse de la geopolítica del enclave. Los nabateos cobraron peajes y aseguraron las rutas comerciales para el “transporte de incienso, mirra arábico, especies y sedas indias, marfil y pieles de países africanos”, dice un folleto que tengo en la mano y leo como apoyo a los comentarios del guía.

Vemos una roca con forma cúbica. Aún falta para ingresar a la estrecha garganta que nos llevará, sin desviaciones, al templo de Al Khazneh. El cubo rocoso es el preámbulo milenario que advierte de lo que nos espera más adentro.

Caminamos y también observamos las canaletas talladas en las paredes de los acantilados. Por ahí se abastecían de agua. Inteligentes y capaces eran los ingenieros nabateos. Todo eso hace miles de años.

Las montañas se van acercando a cada lado del camino. Sin detenernos vamos a llegar a un punto muy estrecho. Da la sensación de estirar los brazos y tocar las paredes de piedra con cada mano. Así avanzamos por más de un kilómetro, por un desfiladero rocoso que se dilata y aprieta. El sol se levanta dorado hacia el zenit. Las rocas están cada vez más rojizas.

Sobre los enormes adoquines que alisan el suelo, pasan mulas cargando personas o tirando carruajes también cargados con turistas. Sobre esos mismos adoquines nuestro grupo camina con paso apurado. Se escucha el eco del murmullo. Somos veinticinco personas hablando un español rioplatense que se diferencia de los otros por la pronunciación de la “Y” y la “LL” haciéndolas sonar como “SH”. Playa, plasha; Lluvia, shuvia; y así. Pero no quiero distraerme. Miro hacia arriba cuando las sombras de las paredes son tan altas que ocultan los rayos de sol. Cuanta piedra nos rodea. ¿Cómo se hicieron todas esas formas sin la intervención del hombre? ¿La shuvia? ¿El viento? ¿Los terremotos?

Hasta que después de varias curvas divisamos la gloriosa obra nabatea. El desfiladero rocoso termina y da lugar a un espacio abierto donde quedamos de frente con un acantilado altísimo. Pero no es cualquier acantilado y no es cualquier altura. Son cuarenta y tres metros de alto y treinta de ancho. Es una fachada que uno, dos, cinco, quinientos artistas tallaron en la piedra de esa montaña. ¡Señores! ¡Llegamos a Al Khazneh!  

Los eruditos piensan que la excavación se hizo en el siglo I a.c. para albergar la tumba de un rey. Luego, suponen, se utilizó como templo. Es muy difícil comprender cómo lo hicieron. Ahora hablo en singular: me siento como cuando un ilusionista desaparece ante nosotros y aparece sentado arriba del Monumento al Gaucho o atravesando la Gran Muralla China. No entiendo nada. ¿Los escultores son seres humanos o descienden directamente de los extraterrestres? ¿Cuáles serían las principales cualidades de estos artistas? ¿Habilidad motriz? ¿Fuerza? ¿O quizás lo más importante, como en toda disciplina artística, construyeron una obra maestra gracias a una paciencia inquebrantable? Seguramente una mezcla de todos eso, ¿no?

Avanzamos. Las montañas ahora están más separadas. El piso es de arenisca con pedazos de piedra que el tiempo aún no logró erosionar. Doblamos hacia la izquierda del templo y vemos, en las laderas de las otras colinas, cuevas con la puerta de acceso también labradas. Cansa el solo hecho de pensar el trabajo faraónico que llevó esta obra. Digo faraónico porque me recuerda al templo de Ramsés II en Abu Simbel. La idea fue la misma pero en este caso el testimonio arqueológico da muestras de un criterio urbanizado.

Fachadas y más fachadas sobre la misma piedra de las montañas. En su auge, las usaban como tumbas, como templos, incluso una de las más espectaculares seguramente haya servido como tribunal de justicia.

Frente a esa misma está el teatro. Sí, también construyeron un teatro. Le pregunto al guía qué clase de obras se exhibían allí. Teatro y poesía me aclara sin aclarar demasiado. Esperaba una respuesta concreta: “El hijo del barbero”, “La amante del carnicero”, y así, como títulos de las obras. Pero tal vez de eso aún no se hallaron registros.

Termina el paseo guiado. Antes el guía explica que en la cúspide de las montañas -y con el dedo índice señala las colinas donde se ubicaba el centro de la ciudad, la parte residencial, digamos- podemos encontrar el monasterio Ad-Deir pero para eso hay que subir poco más de ochocientos escalones ladeando las colinas.

Ya disuelto el grupo comandado por el guía, con Ernesto y Griselda decidimos emprender la travesía. “¡Lleguemos al monasterio!” decimos para animarnos a subir mientras el sol sigue calentando las rocas y llenándonos la boca de una sed muy seca.

Mientras subimos nos maravillamos con el paisaje. Por suerte para nosotros, pero por desgracia para los vendedores, cruzamos muy pocos turistas. Es señal de temporada. También es síntoma de que los conflictos bélicos de medio oriente están dinamitando la parte de la economía que se infla por el negocio turístico.

Sobre los peldaños de piedra hay puestos pero están cerrados. Van quince minutos de ascenso y al girar por el camino encuentro que una niña está parada, con la cabeza inclinada hacia una roca, como si estuviese acechando a una presa.

Le pregunto que está mirando. Con un palito que tiene en su mano señala una lagartija escondida tras unas hierbas crecidas entre las rocas. “Ahhhh, little lizard” agrego sin saber muy bien lo que significan mis dichos. “Yes” responde la niña. Y al constatar que opté por continuar mi camino, rompe su estado de contemplación y se anima en todo su ser para ofrecerme: “tengo pulseras, anillos, quieres comprar? Por favor compra”. Así sigue (y me persigue) varios metros arriba. Cuando comprueba que no estoy en plan de shopping, me pide algo para comer. Maldigo a los árabes al tiempo que siento la necesidad de ayudarla pero hurgo en mis bolsillos y no tengo nada. Los últimos dos dólares se los había pedido en préstamo a Ernesto para comprar una lata de Coca Cola Light.

“Adiós amiguita”, le dije y continué subiendo. Ella se despidió diciendo algo en español que ahora no recuerdo.

Demoré y perdí de vista a mis compañeros de travesía. Metros más adelante volvimos a encontrarnos. La sed nos obligaba a parar. Primero se secaban los labios y luego la sequedad llegaba hasta la garganta, provocando la sensación de que la respiración raspara la campanilla al respirar. Sin embargo el cansancio no eran intenso y por eso decidimos continuar.

Entre las cuevas y los acantilados escuchamos el glugluteo de un pavo. En los primeros sonidos creí que era el cacareo de un gallo pero, por lo perturbador y estruendoso, modifiqué la hipótesis cambiando de ave.

Las mulas nos rebasaban como se rebasan los autos en las carreteras. Solo una pasó cargando a un turista. Las otras iban a cargo de lugareños que, cuando no tienen turistas para brindar servicio de taxi, las usan para mover mercaderías.

Mercaderías que abastecen los almacenes y puestos que fuimos encontrando mientras subíamos. Vale decir que, para la adversidad geográfica de donde se ubican, están muy bien surtidos. Sirven bebidas frías, café, tabaco, snacks y algún otro alimento no perecedero. Los cobran en dólares o moneda jordana, esa que se llama Dinar.

A mitad de camino, y digo mitad por la sola cortesía de ofrecer una referencia, paramos en uno de estos puestos para comprar agua. No teníamos dinero pero aún nos quedaba algo de suerte. En el chiringuito nos encontramos con una compañera de facultad de Griselda, que visitaba Petra en el mismo grupo que nosotros. Grise le pidió dos dólares en préstamo y accedimos a una botella de agua. Continuamos hacia la cima.

Metros, escalones más adelante, dimos con un niño caminando por el borde de las rocas para llegar hasta donde descansaba su burro. Se movía con plena calma. No miraba para abajo. Tampoco para arriba. Llegó hasta donde el animal y tomó las riendas para moverlo hasta el sendero. Esta escena sirvió como antesala de lo que ocurriría en la cumbre.

El niño, el burro y las montañas #boy #donkey #people #mountains #Petra #Jordan #Jordania

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El mediodía había quedado atrás y abajo. Ahora estábamos alto y pasaban veinte minutos de la una. La sed, que se calmaba con cada trago, volvía a los pocos minutos, digamos, cada cinco o seis peldaños de piedra.

“Ya falta poco, en diez minutos llegan” nos avisaban los turistas que venían de vuelta. “Sí, nos vienen diciendo eso desde hace veinte minutos” les respondía yo en señal de que, a pesar de mi boca seca, aún me quedaba algo de humor.

Hasta que por fin: llegamos al Ad-Deir, el maravilloso monasterio de Petra. Similar a la fachada del Al-Khazneh, que nos había impresionado abajo pero más simple. También con tres ejes verticales tomando fuerza en la vertical. La sensación inmediata al asombro fue la de volver a la niñez. De encontrarme jugando al arqueólogo como cuando en el fondo de mi casa de Lezica, en Montevideo, enterraba huesos de pollo y los dejaba allí hasta olvidar el lugar exacto del entierro. Allí quedaban. A los días o quizás a los meses, volvía con una cuchara decidido a encontrar los restos. Sabía que entre la tierra negra y húmeda estarían los huesos de un pollo que mamá, en algún mediodía dominguero, había preparado con papas y adobado con mucho amor, especias y pimienta. Esas eran las tardes felices donde yo dejaba de ser un niño y, mientras los cuerpos cansados de mis padres dormían la siesta, me convertía en un arqueólogo animado a vencer las fronteras del tiempo.

Monasterio de Petra

Desde el monasterio hasta el mirador más alto serán unos cinco minutos más. La sorpresa al llegar allí, con la vista panorámica y majestuosa en sentido contrario a la ubicación de Petra, es que vimos colinas y montañas totalmente cubiertas de verde. En medio del paisaje árido dimos con los colores de una alfombra vegetal. Aquello también era Jordania. El trekking había sido tan exigente como generoso. No sólo nos dio la oportunidad de conocer las historias mínimas de los párvulos que se ganan la vida en las montañas entre burros y bijouterie sino que ahora ponía a disposición de nuestra vista esas tonalidades verdes, opacas y secas, a fin de contrastarlas con los rojos de la ciudad tallada en piedra.

Sacamos fotos. Jugamos con el eco. Miramos al vacío. Para eso nos acostamos sobre las rocas calientes de la tarde, a fin de reducir el vértigo de una posición erguida en el borde de los acantilados, y como lagartos con agilidad de focas reptamos hasta la cornisa para ofrecer nuestros ojos curiosos al vacío impresionante.

Así nos quedamos respirando el aire limpio y fresco de la altura. Escuchando el silencio. Silencio que minutos más tarde se silenció con el murmullo de otros turistas, también uruguayos. Estos venían discutiendo un precio con otro niño montado en burro. Pedía descuento por tres. Ellos eran tres. El niño y el burro eran dos. Cuando se acercaron a nosotros dejaron al niño atrás y aprovecharon para maravillarse con la vista.

El niño volvió a insistir con el precio. Yo no sabía sobre qué discutía. Si era por un agua, por un paseo en burro o por un souvenir.

A esa altura nuestros colegas uruguayos optaron por hacer oídos sordos a las palabras del niño. Mi curiosidad nunca fue tal como para preguntarles qué era lo que el niño les ofrecía.

Esta situación, de oídos sordos por parte de los turistas, alcanzó su punto máximo cuando el mozuelo llevó su burro hasta la misma roca donde minutos antes habíamos sentado nuestros glúteos para descansar y contemplar la infinitud del paisaje.

Como diciendo “ya que no le prestan atención a mis palabras, entonces le prestarán atención a mis actos”; el niño detuvo al burro a centímetros del borde último y con el animal estático, él decidió erguirse sobre su lomo. Ahora no sólo tuvo la atención de ellos tres sino que también la nuestra.

“¡Por favor bajate, bajate!” le pedíamos con la voz más amable y desesperada que nos salía en el momento. No dudábamos de su destreza pero tampoco podíamos dudar de la irracional suerte del burro. ¿Cómo sabíamos que el animal no reaccionaría con un movimiento inesperado? ¿Con qué recurso contábamos nosotros ante el posible desbarranque?

Tampoco me pareció buena idea acercarme por atrás para agarrarlo. Supuse que cualquier acción externa alteraría ese equilibrio tan perfecto como débil. Con las posibilidades de interacción coartadas, sólo atiné a presionar el botón de obturación para registrar el momento más allá de mi retina.

Después de eso, todos los espectadores de ese acto acrobático le dimos la espalda para manifestar nuestra falta de placer ante esa práctica de riesgo altísimo. Pero cuando se bajó del burro, la situación se complicó aún más.

Al vacío

El animal no respondía a las órdenes del jovencito. Entonces éste optó por usar la fuerza y los azotes de un pequeño rebenque para moverlo. Pero nada, el burro seguía allí, quizás duro por el vértigo de sentirse al borde del abismo. Los pies del niño se friccionaban sobre la roca empujando al animal como si fuese un ropero. Con cada paso friccionado se acercaba cada vez más, de forma asintótica, hasta el límite del vacío. Todos nosotros, cristianos o no, nos hacíamos cruces. No habíamos trepado tan alto para asistir a una tragedia fruto de la confianza exagerada de un niño. Finalmente el burro aceptó las órdenes y se movió en la dirección marcada.

No esperamos ni dos segundos, cuando consideramos que estaba a salvo, emprendimos la vuelta. El niño volvió a discutir con los tres turistas mientras aplicaba secos golpes de rebenque sobre el lomo del burro. Uno de los turistas gritaba “no le pegues al bicho”. A esto el niño respondía con una amenaza: “Shut up! If I want I put your face in the stone”. Por detrás de la voz amenazante del menor, respondió la otra mujer del grupo: “No al maltrato animal” le gritaba al niño como desconociendo los kilómetros y años que separaban a ese muchachito de los eufemismos progresistas de la sociedad posmoderna.

Ya cuando estábamos de vuelta por el monasterio, el niño y su burro se perdieron por otro sendero entre las rocas. Los tres turistas iban un poco más adelante.

Para aflojar las tensiones decidí subir al otro mirador, el que permite la vista hacia el lado de Petra. En cada uno de los dos miradores viven lugareños, ermitaños que prefirieron la tranquilidad de las montañas a la compañía ruidosa de la ciudad. Venden souvenirs y bebidas. En este caso, además, me recibió tocando el laúd y cantando canciones árabes. Estábamos solos, él y yo sin otros turistas. Griselda se había quedado un poco más abajo hablando con otro de los lugareños. Ernesto había bajado poco antes de la situación con el niño del burro.

Escuché su música y sentí como la sangre se me llenaba de paz. Le pregunté por la letra de esas canciones y, el hombre, cantor de ojos árabes encerrados entre párpados oscuros en un rostro con huesos marcados, respondió que hablaban del amor: amor loco, amor bueno, amor perdido, amor.

Entre todo este trajinar, ya pasaban las cuatro de la tarde y las luces del sol reflejadas en las paredes de las montañas se acercaban cada vez más a sus sombras.

Los puestos y chiringuitos estaban cerrando. Los vendedores se apostaban en sus banquillos con la mirada perdida entre los rincones rocosos.

El descenso, con el silencio apenas interrumpido por el balido de alguna cabra perdida, fue mucho más ágil. También, seguramente por la hora, los senderos estaban más despejados de aventureros.

Entre pasos rápidos y saltos que alternaban entre peldaños y rocas pulidas por la erosión de siglos y vientos, apuramos la bajada. La sed volvía a secar la boca y ahora también penetraba en las cañerías faríngeas.

Poco antes de llegar al punto bajo, a la calle de las columnas de Petra, apareció nuevamente la niña de la lagartija. Esta vez, sin perder el tiempo como sabiendo que en esos momentos fallecía la tarde, me ofreció unas pulseras. Le dije que no tenía dinero y en un destello mágico de capacidad bilingüe me respondió “no money, no honey”. ¿Quién enseña aforismos a los niños de Petra?

Me fue imposible evitar la risa y sentir cariño por esa pequeña de piernas flacas y pelo desarreglado. Pero la sed no me dejaba parar y mis bolsillos seguían igual de vacíos como al principio.

Sin embargo la chiquilla insistió. “Mirá te voy a mostrar al elefante” me dijo con un inglés cada vez más británico. Me tomó de la mano y me acompañó unos metros más adelante. “Ahí tenes el elefante, ¿quieres que te saque una foto con el elefante?”

Honestamente aquella me parecía una escena de Alicia en el país de las maravillas. ¿Yo sería un conejo? ¿La niña era Alicia? ¿Alicia era la niña? ¿La niña era Petra o quizás todas las personas adultas del mundo? ¿Todas las personas adultas del mundo eran aquella niña?

Pensaba y buscaba respuestas pero la sed no me perdonaba. Sentía que si no me iba de ahí inmediatamente iba a desfallecer.

Yo sabía que ahí había un elefante. Lo estaba viendo, sin embargo, no se lo podía confesar. Si yo decía “si, veo al elefante”, la niña más inteligente de Petra seguramente me iba a pedir una moneda por haberme presentado al elefante.

Entonces pregunté: “¿estás segura de que ahí hay un elefante?”

Y con toda su inocencia condensada en su gesto, con un palo señaló a las rocas y agregó: “ahí tienes las orejas, ahí la trompa y en el suelo están sus patas gordas…”

Mis deseo de fuga crecían al mismo tiempo y proporción que mi asombro. Hubiese querido una charla de horas con aquella niña de Petra, en cambio, en un acto tan cruel como justificado por la sed, respondí:

“¿Tu ves un elefante? Creo que estás mintiendo, allí no hay ningún elefante”

Y me sentí muy mal por haber ensayado esa respuesta adulta y fría. La despedí con un “sorry my friend” y huí con el apuro de un sediento en un mar de piedras. Con las últimas fuerzas que me quedaban le grité a Griselda para avisarle que me había retrasado.

Antes de perderme por el sendero miré hacia atrás para saber si mi amiga seguía allí pero ya era tarde. Entre las sombras y las piedras, lo único que se divisaba eran la trompa y las orejas del elefante.

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