Días 119 a 123 – Sharm El Sheik o la evidencia de un paraíso terrenal

Llegamos a Sharm El-Sheik desde El Cairo. Un vuelo corto, apenas recliné la butaca para dormir, la azafata se acercó para despertarme con voz suave. “Por favor enderece el asiento para el aterrizaje”. La primera vez que, por cuestiones locativas de la aeronave, volé en clase business, me tocó un tramo donde no daban tiempo para dormir. La aeronáutica civil está repleta de injusticias.

El hotel Savoy se anuncia como cinco estrellas. Localizado a orillas del mar Rojo forma parte del complejo hotelero Savoy. Desde la Soho Square, una plaza que funciona como centro comercial del complejo y donde se ubica el supermercado y los restaurantes de comida internacional y local. 

El ómnibus que nos lleva atraviesa el portal de muros altos, suntuosos y más blancos  que la leche. Llega al ingreso del lobby. Los maleteros nos están esperando para acarrear las valijas. No tenemos que esperar en recepción pues la agencia ya se encargó de tales menesteres.

Líneas curvas dominan la arquitectura del edificio. Excepto por lo blanco de las superficies, me siento en un palacio francés. Los pisos combinan porcelanatos pulidos con zócalos de mármol. Así, los ambientes blanquecinos, nos convencen de que aquí hay espacio para mil o dos mil huéspedes. Y tal vez lo haya pero Egipto está pagando las facturas de la revolución de 2011 y el porcentaje de ocupación cayó a más de la mitad. Eso quiere decir que la sensación de libertad es un hecho. Podemos correr por las galerías de este palacio sin pecharnos con rusos ni italianos.

Esas son las nacionalidades que, a juzgar por las traducciones de la cartelería, visitan con mayor frecuencia esta zona. Tal vez el señuelo que convoca tanto a rusos como italianos sea el Monasterio de Santa Catalina, donde Moisés, mientras hacía un trekking por el Monte Sinaí, encontró los Diez Mandamientos. El resto de la historia ya se sabe. Como también se sabe que los rusos son gente ortodoxa y los italianos se la pasan de fiesta aunque son la resaca del Imperio Romano y para ocultar ese instinto festivo salen por el mundo a decir no sé qué de su fe cristiana. 

Cuestión que ahora los egipcios que viven del turismo no la están pasando muy bien. En la playa escuché a otros huéspedes (es muy fácil escuchar conversaciones ajenas en una playa, no lo nieguen) comentaban que antes de las circunstancias bélicas el contingente de turistas que llegaba a estas costas era de 3.500 por día y actualmente las estadísticas dicen que llegan 3.000 por mes.

Con independencia de las cifras empresariales, lo que puedo asegurar es que en las habitaciones del hotel descansé y recuperé todas las energías que había consumido en los días anteriores. Para el tour por la capital y las pirámides de Giza nos despertamos a las seis, para Abu Simbel a las cuatro, para el paseo en globo a las tres de la madrugada. Por la noche, a fuerza de costumbre por la nocturnidad, nunca nos dormimos antes de las once. 

Por suerte aquí se desactivaron las alarmas. Bueno, no todas. Para desayunar había que llegar antes de las diez. Y el desayuno del hotel nos salvaba la plata para luego, en el correr del día, no tener que gastar dinero extra.

Ya la primera noche fuimos hasta el centro del Sharm y allí nos abastecimos con provisiones en el supermercado Carrefour. Los precios, increíblemente, no eran “turísticos”. Compramos pan de molde, queso de sandwich, fiambre (que puede parecer jamón pero en sabor ni se le acerca), agua, coca cola y galletitas. La cerveza la tuvimos que comprar en una licorería porque en Egipto no se vende alcohol en cualquier comercio. 

Entonces, un buen desayuno: dos huevos fritos, ensaladas, papas al horno, medialunas rellenas, yogurt, jugos naturales de naranja y piña, más yogurt, pan árabe, bizcochos de manteca, couscous y orejones de duraznos. Casi hora y media desayunando y con eso ya tirábamos hasta la cena. Luego del anochecer un refuerzo liviano y a otra cosa mariposa.

Sharm El Sheik desde el balcón

La vista desde el balcón de la habitación se abría amplia. Para empezar con un ventanal con más de dos metros de alto y quizás cinco de ancho. A lo lejos, en el horizonte, se observa una montaña de roca desértica y roja. Por las mañanas al mirarla desde el borde del balcón, pienso que tal vez esas son las piedras que dieron nombre al mar. El contraste con el azul del agua es, ciertamente, una joya virgen donde las olas son las impurezas a pulir pero, paradójicamente, ya han sido pulidas por el viento y ahora lo único que hacen es traslucir rayos de sol a la profundidad marina.

Es un mar salado como pocos. Tan salado que al volver a la arena el único deseo es de beber agua dulce para calmar la quemazón del salitre. Además, como los primeros metros de costa albergan un hermoso coral, los hoteles, en sus playas privadas montan muelles de plástico azul exclusivos para que los turistas lleguen, caminando sobre ellos, hasta la zona profunda donde no se da pie y no se lastima la formación acoralada. Así que allá, en lo profundo, es muy probable que al menos un par de veces por tarde, a uno le toque tragar algunos centímetros cúbicos de esa agua salitrosa. Luego de esa ingesta, se vuelve a la arena con sed de preso.

Lo bueno de tanta sal es que es muy fácil flotar y eso ayuda a disfrutar las cualidades maravillosas de este mar. Agua azulada con una fauna riquísima. Se ven peces azules, verdes, azules y verdes; también dos por tres se deja ver el pez “carbonero” que es amarillo y negro. Por esas razones, en la zona delimitada para bañarse, es común ver a los turistas haciendo snorkelling. 

Más allá de esos límites marcados con boyas anaranjadas, aparecen las lanchas que se utilizan para prestar servicios de diversión acuática. Así entran a escena la clásica banana, el colchón deslizante que levanta una linda velocidad para sacudir los cuerpos sobre las olas y, para los más intrépidos, también se puede contratar sky acuático o paragliding.

Por otra parte, si se quiere alguna actividad más compleja, también en el centro de actividades del hotel se puede contratar una inmersión de buceo. Es una actividad que lleva todo el día, comienza a las siete de la mañana y termina a las cuatro de la tarde. Se baja, en dos saltos, a una profundidad entre los ocho y doce metros. En particular de esta actividad desconozco casi todo porque no la practiqué ni la pude ver. Pero Griselda, que fue más valiente que yo, justo hoy se animó, y al volver me pasó esos piques. Vi algunas fotos y videos de la vista en las profundidades. El colorido es asombroso. Aunque, estimo, el punto fuerte del descenso es la tranquilidad de la vida submarina y el silencio apenas decorado con el burbujeo del oxígeno que sale de los tanques.

No comenté nada de la arena. Es gruesa y de color mostaza. La playa del hotel, que como ya dije es con acceso privado, tiene apenas unos veinte metros de arena, no mucho más. Para ser honesto, no tengo idea de cuantos metros de arena tiene el hotel porque sin un instrumento de medición, con mi poca experiencia en agrimensura, puede ser lo mismo cinco centímetros que treinta y dos cuadras.

Sin embargo, ayer, cuando fuimos a pasear en cuatriciclo, sí volaba bastante más arena. El viento del desierto la hacía flotar como la sal en el mar nos hacía flotar a nosotros. Pasear en esos vehículos no tuvo nada a destacar. Pero el paisaje, con las montañas rocosas cortada como por un cuchillo desafilado y los colores rojizos, se llevaba todos los puntos como mejor amigo de la vista. Recorrimos dos o tres kilómetros (para la cantidad de kilómetros vale la misma aclaración que hice más arriba respecto al área de arena en la playa). Llegamos hasta una montaña con recovecos entre las rocas donde el juego era gritar palabras aleatorias y ese mismo sonido volvía en forma de eco. El grupo, integrado por más de cien personas (para la cantidad de personas vale la misma aclaración que hice más arriba para la cantidad de kilómetros), , gritó palabras como “Uruguay”, “Verónica”, “hola” y alguna otra que ya no recuerdo. El eco, que provenía desde el interior de esos recovecos de roca, replicaba las mismas palabras casi casi que con sonido surround.

Lo mejor de ese paseo fue que, cuando paramos para tomar agua, me quedé conversando con el guía. Me arrimé para conversar porque nos invitó con shisha. La charla giró, básicamente, sobre sus estudios del idioma español. Él, como la mayoría de los guías que nos han tocado en este mes, tanto en India, Dubai o Egipto, antes de guía ellos se formaron como traductores. El tipo éste sabía un montón, no sólo de atracciones turísticas sino, obviamente, de historia egipcia y lingüistica. Además, también le interesaba la literatura en español. Según contó, en la facultad estudiaron poesía y narrativa en castellano.

Lo jugoso fue que, luego de tratar tema “estudios”, pasamos a hablar sobre el negocio turístico. Allí fue cuando nos aclaró que después de 2011 se perdió el 90% del turismo en Egipto. Pero que actualmente no es un destino tan peligroso*. Como contraste para su explicación -y atención que esta es la parte sabrosa- dijo que en Turquía “todos los días hay un incidente con heridos y/o muertos” pero como Turquía integra la OTAN, entonces las alianzas diplomáticas encubren la situación para sostener el turismo en ese país. A las pocas horas, estos dichos descriptivos se convirtieron en palabras premonitorias. Un atentado en el principal aeropuerto de Estanbul había dejado decenas de muertos y heridos.

Para cerrar esta reseña, a minutos de subirnos al ómnibus que nos llevará a la frontera con Israel, voy a comentar algo sobre la piscina. No porque sean palabras especiales sino porque olvidé referenciarla más arriba y ahora tomé nota de la omisión. 

En realidad son tres piscinas. Una, además de destacarse por su tamaño, llama la atención porque gana profundidad de forma gradual simulando a la arena de la playa que se va dejando cubrir por las olas del mar. Es una piscina para relax, por eso la profundidad máxima es de un metro cuarenta. Sobre uno de los extremos tiene un bar donde sirven bebidas sin la necesidad de sacar el cuerpo del agua. La carta de tragos no es muy amplia y los precios no son muy baratos. Sin embargo el barman es fanático del futbol y tiene todas las estadísticas posibles en la cabeza. Sabe de ligas europeas, asiáticas y sudamericanas. También sabe de la vida misma. Cuando nos cansamos de hablar de fútbol -quiero decir, él de hablar y yo de escuchar- pasó a tirar algunas máximas como que hay tres conceptos básicos para vivir en sociedad “respeto, igualdad y ….” -no recuerdo el tercero-. Luego agregó un consejo vinculado al mundo laboral. “Los problemas son como los árboles, si los dejas crecer crecen” algo así dijo y agregó “por eso hay que cortarlos”. En fin. Estuvo muy entretenida esa charla en la piscina.

Junto a la piscina grande está la piscina para los niños, se cruza por un sendero y se llega al lugar de baño de los párvulos. Y un poco más allá de esa, está la más profunda, con un metro ochenta en toda su extensión. En esa me bañé sólo una vez.

Pues bien, este ha sido el reporte desde Sharm El-Sheik, Península de Sinaí, Egipto. Una evidencia a favor de que el paraíso tiene su lugar en la Tierra, donde las arenas doradas ceden paso al mar de aguas intensamente azules que, en un atine paradójico del destino, alguien bautizó como Mar Rojo. 

En mi caso fueron unas vacaciones dentro de otras vacaciones más largas. Por eso disfruté sobremanera las comodidades de este hotel donde el wifi es pésimo pero el desayuno es abundante. Hablo de Sharm El Sheik como un paraíso pero lo digo bostezando. En este momento pasan cuarenta y dos minutos de la una de la madrugada, aguanto el sueño para dormir en las ocho horas de ómnibus que nos prometieron. Bostezo otra vez. Qué paraíso, señores. Si tuviese que listar las playas que más me han gustado, creo que esta queda en segundo lugar luego de aquella llamada Nacpan, en la también paradísiaco El Nido de Filipinas.

Próximo destino: Israel (pero antes paramos dos días en Jordania para conocer Petra). ¡Hasta pronto!

* Aclaro que en nuestro caso, cada paseo grupal estuvo acompañado de efectivos policiales con armas de calibre pesado (ya sé que comúnmente se le dice “grueso calibre” pero a mi me suena a repertorio de noticiero).

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