Día 12 – Jueces, niños milicos y escaleras que tambalean

Volví a la habitación pero imposible dormir. Salimos a caminar nueve y pico de la mañana luego de aprovechar el desayuno del hostel (café con leche y tostadas con mermelada). Y atención, también se le podía agregar nutella.

No le prestamos atención al mapa. Rumbeamos para el lado del puente. Queríamos llegar al Harbour Bridge aunque tampoco nos hacíamos problema si equivocábamos la ruta y llegábamos a otro destino.

Vimos una cantidad importante de motos Vespa y scooters. Nos llamó la atención para una ciudad de primer mundo. No sabemos por qué pero esa es la marca que domina. Hay variedad de colores y se imponen con su estilo retro.

Pasamos por el observatorio astronómico apenas abría sus puertas. El edificio tiene un par de cúpulas con varios telescopios. Como entretenimiento destacado ofrecen películas sobre las teorías del universo y también explican la astronomía vista desde Sydney. Por llegar en horario matutino, la señora de la recepción nos aclaró que se iba a llenar de escolares y nos sugirió volver a las funciones de la tarde. Dijimos hasta luego.

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En el camino nos cruzamos con una chica asiática vestida con uniforme y me pareció un buen momento para apuntar la cámara y tomar la foto pero, por la poca estabilidad al caminar, quedó corrida. Sin embargo es la foto que elegí como portada para este álbum.

Finalmente llegamos al Sydney Harbour Bridge. Lo recorrimos de punta a punta y en el otro lado de la bahía aprovechamos para hacer una parada técnica, hidratarnos y comer unas frutas (dos peras nos morfamos, estaban bien amarillas y eran tamaño Sydney).

Nosotros en la Bahía de Sydney

Después buscamos un lugar con pasto para tirarnos y dormir una siesta. Elegimos quedarnos bajo el puente. Pusimos una manta en el piso y nos echamos. Griselda durmió profundo. Su sueño es más pesado que el mío. Me cuesta desconectar la cabeza y relajarme como para dormir en lugares aleatorios. Creo que estoy extrañando mi cama.

A varios metros por encima nuestro, pasaban los trenes haciendo chirriar sus ruedas(¿?) contra los metales de del puente. A Grise no le importaba y seguía con su siesta hasta que unos cincuenta escolares empezaron a corretear, jugar a la pelota y mojarnos con agua. Eran escolares de un colegio exclusivo para varones. Llegaron al parque para la hora de recreo. Cuando digo “jugaban a la pelota” debería explicar que, además del balón de fútbol, también tenían una de rugby. Vestían uniformes impecables, con camisa blanca, pantalones cortos (algunos largos) y corbata.

¿Cuál es el avance de un sistema educativo que aún permite colegios para un único sexo?

Esta pregunta quedó sonando en mi cabeza mientras los gurises se divertían y nosotros emprendíamos la retirada. Pero la cuestión sobre el sistema de educación se acentuó cuando a los pocos metros vimos a otros adolescentes uniformados con chaqueta y pantalón camuflados como militares. Estaban en una mesa junto a los gurises vestidos con el uniforme blanco. Entonces la preguntá cambió y se volvió más oscura:

¿Cuál es el avance de una sociedad que educa para la guerra?

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Para el almuerzo buscamos un lugar por ahí cerca. A un par de cuadras encontramos un pequeño local de comida tailandesa con almuerzos a diez dólares. Un precio muy en cuenta para Sydney.

Pedimos un par de platos (Beef oyster sauce y Chicken and cashew nut) que, por cierto, resultaron muy sabrosos. Los devoramos con ganas. La cocina tailandesa tiene mano larga con el picante pero esta vez no ardió ninguna lengua. Quedamos satisfechos, pagamos los veinte dólares y dejamos algunas unas monedas de propina en un recipiente de vidrio con la etiqueta “tip box”.

Comida Tai en Sydney

Volvimos a cruzar el puente. Llegamos a The Rocks, un barrio que conserva una urbanización antigüa, quizás de una época colonial. Continuamos caminando. No llevamos la cuenta de los kilómetros que caminamos pero fueron muchos.

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El calor (y la humedad, lo que mata es la humedad) calentaba el aire demasiado como para continuar caminando. Además estaba nublado. Pero seguimos.

Eran poco más de las cuatro cuando llegamos a Hyde Park, un parque con mucha vegetación y árboles inmensos, tamaño Sydney. En el camino pasamos por la zona de los tribunales y nos cruzamos con un juez usando la típica peluca victoriana.

El señor juez

Caminamos en repecho y volvimos al hostel. Ya eran como las cuatro o cinco de la tarde. En la habitación de al lado celebraban el cumpleaños de una chica inglesa. Esto distorsionó bastante nuestro “plan de descanso tranquilo con siesta incluida”, así que llevamos el cuerpo a la ducha y volvimos a la habitación para descansar las piernas.

[Cuando explico las peripecias para aliviar el cansancio de las piernas capaz ustedes asumen que tengo más de sesenta, pero creanme que ando por la década de los treinta y estoy acostumbrado a caminar; lo que ocurre es que el clima con humedad es mi talón de Aquiles para cualquier ejercicio físico].

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Volvimos a la actividad y fuimos hasta King Cross para comprar unas cervezas. Aquí el alcohol se vende solamente en licorerias habilitadas.

Con la caja de seis cervezas subimos a la terraza del hostel, donde estaba Rafa y Virginia. Nos sentamos en unas reposera y disfrutamos unos tragos fríos mientras la noche empezaba a caer y los edificios, de a poco, encendían sus luces.

Me llevé la computadora y un pequeño parlante (que conecto por bluetooth) para amplificar. Empezaron a sonar Buenos Muchachos, Nick Cave, The Cure, Strokes y otras bandas. Necesitaba la música. Ya iban dos semanas y pico sin un rato largo de rock and roll. La fiesta siguió hasta que el encargado del hostel avisó que “en diez minutos cerraba la terraza”. Agarramos la computadora sin apagar el parlante y encaramos para la escalera. No tuvimos otra opción que sujetarnos de la baranda porque casi omito el dato: en Sydney la cerveza hace tambalear las escaleras.

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