Día 118 – Luxor mano a mano con Ernesto

Bajamos del ómnibus y cruzamos la calle. Vemos que, con paso acelerado, se nos acerca un pibe mitad hombre mitad adolescente.

Con Ernesto nos miramos. No decimos nada pero sabemos lo que piensa cada uno. Es imposible caminar por estas calles sin que aparezca un vendedor a tratar de convencernos. Ese es el precio que tenemos que pagar por vestir el traje de turista. Es un uniforme que va más allá de la cámara colgada al cuello y el abdomen hinchado por el régimen de desayuno, almuerzo, merienda y cena. Ellos, los que viven y mueren en estas tierras entre oriente y occidente, lo detectan en nuestra mirada y lo huelen en nuestra piel.

— Consigo cerveza, “small or big” —aclara el mozuelo.

Como una mosca cuando aletea más rápido para ensayar un escape del pegamento que la atrapa desde sus patas, apuramos el paso para ver si lo perdemos. Pero no. Es perseverante. Sigue con lo de la cerveza hasta que, viendo que no tenía suerte, decide usar las palabras mágicas “consigo lo que quieran”.

Lo logró. Fue apenas un segundo que caminé más lento pero él lo supo. Supo que había tocado la fibra de mi curiosidad. Y volví al paso rápido. El niño hombre de túnica celeste opacada por los rastros de polvo, me estaba manejando con un mando a distancia. Primero me apuré para evitar que me alcanzara, ahora, en un instante, aminoré haciéndole saber que algo me interesaba, luego volví al movimiento veloz.

Mientras Ernesto le sacaba fotos a la fachada de un edificio semiabandonado, y digo semiabandonado porque si bien le faltaban las puertas y ventanas aún habían personas viviendo en sus rincones, nuestro nuevo compañero de ruta lo dijo: además de la cerveza también conseguía marihuana, hash, everything.

¿Cómo no sentir curiosidad ante esa posibilidad de probar “todo”? ¿Acaso no sería esa la mejor manera de conocer Egipto? ¿O quizás con las piedras formando pirámides, con la majestuosidad de Abu Simbel y con el agua dulce y fría del Nilo ya había sido suficiente?

Porque sí, lo admito, soy de los afortunados que logró poner su nombre en la lista de “Los que llegaron al interior de la gran pirámide de Jufu”. Caminando a gachas, encorvado para no golpear la cabeza contra las piedras del túnel más largo, trepando por un piso de tablas, cantidad de metros que bordean el quicio de quienes padecen claustrofobia. Pero el temor de sentirse acorralado entre rocas milenarias vale oro cuando uno por fin llega a la cámara del Rey. La habitación sarcófago. Ahí, con el techo a varios metros, el cuerpo vuelve a estar erguido. Y la humedad, que nunca es humedad cuando uno está en el desierto, alivia el calor intenso del exterior. Los faraones siempre eligieron el mejor lugar para sestear los siglos en una habitación silenciosa. Bueno, silenciosa hasta que llegan los uruguayos de Ciencias Económicas* y creen que ese es un buen sitio para desentonar sus gritos con canciones de tribuna.

Porque sí, lo admito, soy de los afortunados que, al menos una vez en su vida, se paró frente a la fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel. Con sus Ramsés (¿Ramseses?) apoltronados y esculpidos en las cálidas rocas de la montaña. Montaña que se movió para preservarlos, y para resguardar el santuario interior.

Santuario donde Ramsés se ubicó junto a los dioses Amón, Ra y Ptah. Lo que sucede, con ese santuario, además de testimoniar las dimensiones megalómanas de ese faraón, es un evento físico y astrológico que tiene lugar dos veces al año.

Cada 21 de febrero y 21 de octubre la luz del sol ilumina las esculturas quedando sólo la de Ptah en penumbras, pues, justamente éste era el dios de la oscuridad. Es como si en esas fechas el santuario cobrara vida por el amanecer y ese mismo día muriese en la puesta de sol. Eso, año tras año hasta que el astro rey deje de brillar. ¿No les parece una forma bonita de alcanzar la eternidad?

Y también lo admito: soy de los afortunados que sumergió el cuerpo en las aguas del Nilo. El río que  la profesora Yolanda Otati (¡un saludo profe!) me presentó en segundo año de liceo. Agua fría y clara. Con corrientes caudalosas y fuertes porque el baño tuvo lugar a pocos kilómetros de la represa de Asuan.

***

Estamos de vuelta en las calles de Luxor, a varias cuadras del crucero. Alí, el muchacho de túnica celeste sucia, con tal de ganarse alguna libra, insiste para que le compremos alcohol o marihuana. Ahora se acerca una carroza tirada por caballo. El hombre que tira de las riendas le entrega a Alí un tubo de papel y le habla en árabe. Alí viene donde nosotros. Presenta el tubo, es como esos cilindros que los cajeros y guardas de ómnibus arman con las monedas de una misma denominación. Ahí está la marihuana. Me pide que la huela. Efectivamente es marihuana. Pero volvemos a negar la oferta. Queremos aprovechar las últimas luces del sol. Aunque eso a Alí no le importa y continuará con su insistencia en los labios.

Así, los tres: Ernesto, Alí y yo, caminamos hasta que, en la fachada de un comercio, encontramos un espejo como los que antes aparecían en las fachadas de las farmacias de Montevideo. Les pido a los dos que se detengan y los invito a tomarnos una foto retratados en el reflejo.

Autorretrato en las calles de Luxor

Luego de allí continuamos en el sentido contrario al Nilo. Alí entendió que no transaríamos con las tentaciones que nos presentaba y optó por volverse hacia la costanera.

Ya quedaba muy poca luz solar. Las cámaras nos pedían que aumentásemos las sensibilidad de los sensores. Llegamos a una cuadra totalmente desierta. Decidimos doblar a la derecha, en paralelo al río. En la esquina había un almacén abierto. En sus escalones, una mujer musulmana, con arrugas en sus párpados fijaba la mirada en nuestros movimientos. Seguramente le extrañara ver a dos turistas en una zona casi exclusiva para los locales. El veterano que atendía el comercio acomodaba unas verduras en los cajones cercanos a la puerta y se reía como dándonos la bienvenida a su vecindario.

Un par de cuadras más adelante ocurrió un incidente tan efímero como perturbador. Vimos a una niña de ocho o nueve años, descalza y delgada, entrando al zaguán de una casa. En su delgadez sonreía y mostraba unos dientes frágiles. Tenía los ojos oscuros. No me refiero al color del iris. Intento decir que la retina tenía una tonalidad de humo gris. No se puede decir que asustaba pero sí que incomodaba. Luego, para cambiar lo incómodo por lo perturbador, gesticulando con su boca, comenzó a tirar besos al aire lo que enrarecía la atmósfera aún más. No entendí porqué pero esa vez no sentí el aura de paz que había sentido con muchas otras miradas infantiles. Con Ernesto nos preguntamos “¿qué fue eso?” y continuamos por el otro lado de la calle como decidiendo escapar.

Quizás por Ramadán, la tarde se apagaba y los peatones eran cada vez menos.

Nos detuvimos en una esquina con cruce en diagonal. Giramos sobre nuestro eje para decidir qué calle seguiríamos. Desde una ventana un egipcio con la cara sombreada por la barba nos hacía señas llevándose los dedos a la boca y exclamando en voz alta “¡moske, moske!”. Costó entender de qué hablaba.

Nos acercamos a la puerta, el hombre salió y nos saludamos con un apretón de manos.

Look, look repitió mientras con el brazo derecho señalaba el interior del lugar donde unos hombres musulmanes, de edades variadas, se acomodaban en el suelo para la magrib, la oración que ejecutan cada día después del ocaso.

Ahí comprendimos al fulano. El ¡moske! que decía, venía del inglés mosque, que en español significa mezquita y en pocos minutos los parlantes comenzarían a sonar con la convocatoria para la cuarta salat del día.

Cuando le preguntamos si podíamos tomar algunas fotos durante el ritual, respondió que mejor no, pero nos sugirió de quedarnos en un boliche por frente a la mezquita. Desde allí podríamos observar todos los movimientos de los fieles de Allah y, además, también tomar alguna bebida y fumar shisha.

Hicimos caso. Cruzamos la calle y fuimos al bar. En la vereda tenía tres mesitas con dos sillas cada una. Justo en la esquina, flaco, de bigote fino sobre el borde del labio, con camisa marrón de cuadrillé y pantalón oscuro cubriéndole las piernas también flacas y largas; estaba sentado el único tendero del comercio.

Pregunté cuánto una Coca Cola y si estaba fría. “Cinco” y “yes” fue la respuesta. El cinco lo gesticuló con los dedos de la mano dando a entender que su única lengua era la árabe.  

Tenía razón, la Coca Cola, que sirvió en botellas pequeñas, estaba fría. Tomamos unos tragos y le preguntamos el precio de la shisha. ¿How much the shisha?

También salía cinco. Quizás el lugar se llamaba Cinco y no nos habíamos dado cuenta. Pedimos una. La trajo en un par de minutos con los carbones ardiendo. Aspiramos por el tubo. Era tabaco puro, sin saborizante. Seco pero más suave que el tabaco de cigarrillo. Ah, sí, eso: mamá no te preocupes que la shisha no es droga! ni burundanga ni alucinógena.

El placer de fumar shisha es el de sentir esas caladas suaves que tienen un poder relajante igual o superior a las pastillas que tomé cuando la espalda se me llenó de contracturas.

Con Ernesto teorizamos sobre las causas de esa relajación: “¿será por el agua en la base del aparato? No, no, seguramente sea por la cantidad de humo que se llega a aspirar en una misma toma. Ah, sí, debe ser por eso”. Fin.

Entre esas caladas y las cocas frías, los parlantes de la mezquita habían comenzado a sonar. Los musulmanes llegaban como moscas al dulce de leche. Primero pasaban por el baño contiguo a la sala de oración. Ahí se purificaban el cuerpo, lavándose las manos, los pies y la cara. Luego entraban.

Al estado de relajación se le sumaba la satisfacción de estar ahí, en esa esquina, en ese preciso instante. Queriéndolo o no, habíamos escapado a la órbita turística. Estábamos en un par de metros cuadrados absolutamente egipcios. Los únicos turistas que veíamos eran los que pasaban en las carrozas. “Lo logramos” nos decíamos.

Esos son los momentos que liberan mi adrenalina de viajero. Entrar en contacto con la realidad cotidiana es un placer que surge como un descubrimiento. A su vez es paradójico. Porque uno se descubre estando perdido. Sabíamos que nuestro crucero estaba para la derecha pero no teníamos más datos. Además se trataba de un placer compartido.

Ernesto me hablaba de lo mismo. De tener unos minutos para mirar a la gente del lugar caminando hacia sus casas o hasta los mercados. Escuchar como se gritan o como se ayudan. Eso: escuchar como la ciudad palpita mientras los caballos tiran de los carros, oler las fragancias que mezclan sudor y tabaco, mirar los ojos que a su vez nos miran con extrañeza por llevar la chapa de turista.

Se nos había dado: por fin habíamos llegado al Egipto de verdad. Quiero decir, al que no aparece en las enciclopedias ni en las entradas de Tripadvisor. Esa forma de conocer enriquece, sí, pero con sólo agregar tridimensionalidad a lo que dicen los eruditos no alcanza. Algo así conversábamos con Ernesto.

La experiencia real se alcanza cuando uno asiste al fluir de la sangre por las venas de la ciudad. No hay caso. De lo contrario todas las piezas leídas quedan separadas, en los compartimentos estancos de lo escrito por un autor más o menos desconocido. Como humanos sabemos que nuestro tiempo tiene temperatura, porque la sentimos, no porque el termómetro marca treinta y siete. Y escuchamos porque en los oídos pasa algo con la sensibilidad de las membranas, no porque el volumen del televisor muestre un montón de rayitas completas.

***

Terminó el rezo. Los parlantes se callaron y se nos ocurrió pedir una segunda shisha. Antes de eso también le pedimos que nos sacara un par de fotos. Le mostré un encuadre específico y le expliqué con qué botón de disparar. Lo intentó cuatro o cinco veces. Se notaba que lo hacía con amor pero todas las fotos le quedaron corridas. Otra vez, por favor, le pedí. No hubo caso.

— Bueno, así es mejor —le dije a Ernesto, así es más real— el mozo no tiene porqué oficiar de fotógrafo, ¿no?

Luego, para compartir y agradecer por la hermosa noche, intentamos entablar charla con el mozo. Sin embargo, las barreras del idioma fueron demasiado altas. Sólo logramos preguntarle acerca de sus creencias.

¿Usted es musulmán? —le preguntamos como si a un uruguayo le preguntásemos “¿te gusta el asado?”.

— Sí, sí —respondió con la cabeza— ¿Y ustedes? —preguntó señalando con el dedo.

Primero respondí, cruzándome los brazos contra el pecho, que no preferíamos ninguna religión. “No religion, no religion”. Pero hizo un gesto con la cara que no pareció muy amistoso. No sabemos si fue porque no entendió la respuesta o porque no le complació. Se levantó de la silla, caminó hasta nosotros y con gestos más agitados repitió su pregunta.

Esta vez atiné a mover el dedo índice y dibujar en la mesa una cruz cristiana imaginaria. Primero tracé la línea horizontal y luego la vertical. Mientras movía el dedo contra el mantel imaginaba el sonido estridente de la tiza que tiene la punta demasiado lisa como para marcar el pizarrón.

Lo miré y el hombre no movió ni el bigote. Quedó congelado durante un par de segundos y entró al boliche.

Ernesto me miró y dijo:

— Ahora es cuando aparece con el arma cargada y nos mete un tiro en la frente.

Aflojamos el momento de tensión cagándonos de risa. El hombre volvió con una shisha cargada con carbón al rojo.

Otra vez la relajación. Fumamos hasta que se apagaron los carbones. Entramos al bar para pagar lo que debíamos. Él lavaba unos pocillos donde sirve el té y el jushaf. Nos devolvió el cambio, en dos billetes de cinco libras y salimos.

Ahora las cuadras estaban oscuras y la gente caminaba apurada, con su ansiedad musulmana, para romper el ayuno del Ramadán.

Pasamos por una peluquería que derrochaba lujo en medio de una calle pintada por las carencias. Tenía un televisor led y espejos con una veintena de luces cada uno.

Después de la peluquería, por una tienda muy pequeña atendida por un hombre de barba larga. Las paredes estaban cubiertas por símbolos de la fe cristiana. ¡Es un copto! Dijimos asociando lo que habíamos aprendido días atrás en los tours por El Cairo.

Unos metros después, en un local de fotografía, nos cruzamos con una imagen que amenazó con romper la sensación de bienestar que habíamos logrado en el bar frente a la mezquita. En el retrato, impreso y pegado en los vidrios del local, se veía a una pareja de novios, antes o después de su boda, eso no lo sabemos.

La novia apoya la espalda en el pecho del novio. El novio abraza a la novia con su brazo izquierdo. Ella, que lo mira girando el cuello, está con vestido blanco y él con smoking negro. Tienen aspecto occidental. El detalle, brutal y repulsivo, es que el novio, en su mano derecha, apoya la punta de una pistola Glock en la sien de la mujer. Ambos sonríen.

Ernesto me preguntó qué carajo significaba eso. No quise responder. Realmente no daba crédito al sentido de esa imagen. ¿Y por qué la tenían como plato principal de su vidriera?

Después vi otras fotografías de niños, tres o cuatro años, vestidos con ropas y cascos militares. Decidí apurar el paso. Otra vez escapando. Antes de Alí. Ahora del gusto siniestro de un fotógrafo.

A medida que nos acercábamos al río, la presencia policial se hacía más intensa. Policías o militares, uniformados de blanco, con armas pesadas. Supongo que lo más acertado es decirles metralletas, aunque el tecnicismo bélico las defina como rifles de asalto.

Cuatro cuadras antes de llegar pasamos por una iglesia copta. Nos decidimos a entrar. También llegaban varios fieles. En el interior del templo, muy similar a una iglesia católica, sentí una sensación de estar cerca de casa. Quizás por volver a ver una cruz entre tantas lunas del islam. Entramos por el costado de los bancos. Frente al altar un grupo de niños escuchaba a un adulto de barba. A la izquierda, un cura copto, vestido con una sotana negra, escuchaba a una mujer y asentía con la cabeza.

Pasaron unos minutos y uno de los religiosos se acercó para entregarnos una estampita. En el dorso traía una inscripción con símbolos que no entendimos. Nos quedamos hasta que bajó la euforia por esa caminata en el Egipto real. También se estaba yendo el efecto relajante de la Shisha.

Emprendimos la vuelta hacia el crucero. Pasamos por un callejón oscuro y desolado. Antes de llegar a la esquina iluminada nos cruzamos un gato negro. A esta noche no le hace falta más nada, pensé antes de doblar por la costanera.

En los metros que siguieron, no hicimos más que alabar cada minuto de esta tarde que según la visión de cada uno, considerábamos entre mágica y épica. Y mientras repasábamos los acontecimientos, encontramos a Alí, nuestro dealer de cerveza y drogas que, al menos por motivos comerciales, había sido parte inicial de esta aventura.

Otra vez: “¿Cerveza? ¿Hash?”. No Alí, muchas gracias, ya estamos de vuelta. En el crucero estaban sirviendo la cena.

* Esta es la primera vez que menciono al Grupo de Ciencias Económicas en este blog. Tal vez un poco tarde dado que llevo casi un mes de viaje en ese grupo y es el elemento que catalizó esta aventura. Pero bueno, ya llegará momento para contextualizar.

 

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