Día 117 – Un vendedor en el Nilo

Vendedor del Nilo

Siempre tuve curiosidad por los vendedores que ofrecían sus productos a los turistas de crucero. Si me lo contaban, en principio yo no creía pero la historia me terminaba ganando y al fin de cuentas prestaba el oído para escuchar como fulano o mengano había comprado un souvenir, una tela o alguna baratija a un vendedor en tierra firme mientras su barco avanzaba por el curso de agua.

Esto que cuento sucedió hoy, mientras nuestro crucero navegaba en sentido sur a norte, a unos sesenta kilómetros antes de Luxor.

Con Griselda estábamos en el camarote, bosquejando un itinerario preliminar para recorrer Europa. Ya definimos que los principales tramos, a partir de Barcelona, los haremos en tren. Para eso, y con el objetivo de ganar flexibilidad en la agenda, compramos un pase Eurail.

Según las reservas de alojamiento que ya confirmamos, sabemos que el 31 de julio saldremos de Barcelona y que debemos llegar a Helsinki antes del 23 de agosto. Entre esas fechas estaremos libres para ir parando aquí o allá.

Mientras revisábamos las conexiones Barcelona-Lyon, Lyon-Hamburgo, Hamburgo-Amsterdam, Amsterdam-Helsinki, tratando de encontrar trenes que no exigieran reserva, desde afuera llegó una voz masculina gritando “amigoooo, ehhh, amigo!”.

Por la seriedad de nuestra tarea intentamos continuar sin distraernos pero el volumen del grito se hacía cada vez más intenso. Le dije a Grise:

— Dame un segundo que quiero saber qué pasa ahí afuera. —y con la cámara en mano asomé la cabeza por la ventana del camarote. A partir de esa jugada, en que el hombre detectó mi presencia, perdí completamente el dominio de la situación.

Los vendedores en Asia y África son sagaces e insistentes. Perseveran en su objetivo sin culpa ni desazón. Se mantienen hablando, repitiendo las mismas palabras, hasta que, muchas veces, el cliente, luego de regatear, termina llevándose lo que el vendedor tenía para dar.

Y hoy no fue la excepción. “Esto es barato amigo”. En principio no sabíamos cuál era la oferta ni que tipo de bienes trasegaba. Agitaba los brazos y alzaba la mirada para no perder contacto con nosotros. Con Griselda, que ahora estaba junto a mi en la ventana, le respondíamos también a los gritos:

— ¡Pero decinos qué es lo que vendes barato! —a lo que el hombre de piel negra y túnica clara sólo esgrimía:

—¡Es barato, es barato!

No importa que ciudad sea, ni el nivel de pobreza, los vendedores callejeros son bilingües en cuestiones básicas. Saben saludar en tres o cuatro idiomas. Pronuncian casi con entonación nativa las palabras: “amigo”, “bueno”, “bonito”, “barato” y casi no fallan en la sintaxis de algunas oraciones: “qué precio quiere”, “¿cuántos, cuántos lleva?”, “pase y mire, si no le gusta no compra, sin compromiso”.

El crucero avanzaba acercándose sin prisa pero sin pausa al muelle donde se ubicaba nuestro amigo. Cuando, por la cercanía de la nave, él pudo hacer contacto con el fuselaje, nos avisó: “lindos manteles, mire, mire”. Y en ese momento sacó entre sus ropas una bolsa y la arrojó a la altura de nuestra ventana. Con un mínimo de esfuerzo la intercepté. Griselda la abrió y comprobó que se trataba de un mantel con un estampado a mano de diseños egipcios.

Ella entró en negociación:

—¿Cuánto sale?

— 300 libras —respondió el hombre y como Griselda no respondió de inmediato, él continuó— ¿qué precio quiere? ¡diga qué precio!

El crucero continuaba su rumbo y al hombre se le terminaban los pocos metros de tierra firme.

—¡Espere, espere! —gritaba remarcando su inevitable desesperación. Corrió a lo largo del muelle y desde un bote sacó otras mercaderías. Eran telas y pañuelos.

Otros pasajeros salían a presenciar la escena. El hombre también aprovechaba para ofrecerles. Por la ventana contigua a la nuestra apareció Virginia. Él, resumiendo su proceso de venta, le tiró otro mantel que, en vez de rojo, como el nuestro, era azul.

El vendedor corrió hasta el final del muelle, al bote donde tenía más mercadería. Otro compañero lo esperaba y en una muestra de pericia naval engancharon con cuerdas su bote el crucero.

Ya no estaba en tierra firme pero eso no le impedía continuar con su tarea. Mientras el crucero lo remolcaba, el hombre insistía.

Griselda respondió con una contraoferta:

—100 por los dos —y con esa respuesta el hombre entró a desesperar sin ningún disimulo.

— 250 por los dos— dijo el hombre con su voz muy cerca de la disfonía y apremiado por la velocidad del crucero, retrucó— Está bien, 100 cada uno, 200 por los dos. ¡Precio final amiga! ¡Es muy barato!

—¿Cómo hacemos? —preguntó Griselda demostrando su falta de experiencia en estas negociaciones.

— El dinero en esta bolsa —le explicó el moreno y tiró una bolsa que adentro tenía una tela para darle peso.

Griselda puso los billetes en la bolsa y la devolvió acertando la posición del bote que seguía siendo remolcado por el crucero.

Justo en ese momento logré disparar la última foto que registraba estas circunstancias. [El dinero viajaba en la bolsa que aparece sobre el ángulo superior izquierdo.]

 

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