Día 10 – La extraña necesidad de saltar

De Rotorua a Auckland

El penúltimo día nos encontró partiendo temprano a la mañana hacia Auckland. El trayecto lo comenzó Rafa hasta que, a mitad de camino, tomé el control del volante.

El promedio de velocidad en la carretera hasta la ciudad es de 100 km/h. Al ingresar en la autopista la tensión aumenta porque ademas de la velocidad, se le adicionan varios carriles de autos y camiones circulando igual o más rápido.

Mi contractura de espalda, que desde hacía días venía en aumento, al ingresar a Auckland me dejó las cervicales como una pieza de mármol. Eso me pasa por no manejar ni en Montevideo y elegir esta ciudad para jugar al capitán.

Luego, en el centro, al salir de la autopista, si bien se circula a menos velocidad, mantuve la tensión muscular porque necesitaba prestar atención a las indicaciones de Griselda, que oficiaba de copiloto, para llegar al holiday park.

Llegamos a las 13:30. Nos quedamos en la playa Takuna, al norte de Auckland. En un aparcadero donde parece que hay varias parcelas con casas rodantes donde hay gente que parece vivir de forma permanente.

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En las primeras horas de la tarde fuimos al centro de la ciudad. Tomamos un ómnibus con aire acondicionado. El boleto nos costó cuatro dólares con cincuenta.

En Auckland vimos toda la gente y los edificios que no habíamos visto en los días anteriores. La estética urbana es de primer mundo con aires de Paris y New York; y una torre que funciona como principal atracción turística y se ve desde todos los puntos cardinales de la ciudad.

La limpieza y la prolijidad siguen cumpliendo con el estándar neozelandés. Pero al caer la noche, la ciudad se rinde ante su condición de centro urbano, y sobre la calle principal aparecen pobres y personas sin hogar que, hasta entonces, habían permanecido ocultas a nuestras miradas.

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En esa famosa torre de Auckland funciona una atracción denominada SkyJump. Consiste en saltar al vacío desde los 192 metros de altura que hay desde la corniza ubicada (un poco más arriba del mirador) hasta la planta baja del edificio.

No habíamos saltado en bungy en Queenstown porque sabíamos que estaba esta posibilidad. Pero cuando llegamos al lugar, la perspectiva de comprobar las dimensiones en vivo y directo nos hizo durar.

Pero bueno, luego de tanta expectativa no queríamos perder la oportunidad. Así que cuando ingresamos al nivel principal del edificio, y Griselda dijo: “si posta lo querés hacer, ahora no te podes cagar”; entonces apreté los dientes y respondí “sí, está bién, voy a saltar!”.

A ella le daba lo mismo hacerlo o no. Tiene nervios de acero. Saltar o quedarse en el último piso de la torre mirando la ciudad no le representaba ninguna diferencia. En cambio mis piernas comenzar a temblar desde el principio.

Primero firmamos una declaración para asumir la responsabilidad de cualquier consecuencia posterior al salto. Después nos pusieron un mameluco. Por último me cambiaron el calzado por championes similares a unos Converse azules y me colocaron el arnés de seguridad.

Con los implementos en el cuerpo, subimos hasta el último piso. A Griselda se le notaba cierta tensión pero la disimulaba con una perfecta cara de póker. Llegamos al lugar del salto y yo decidí ser el primero en probar suerte.

En los instantes previos sentí un profundo miedo. Me temblaba todo el cuerpo y no estaba seguro si saltar o no. Pero ya era tarde para desistir. Los dos tipos del staff habían revisado que los cables y el arnés estuvieran correctamente sujetados. Griselda había quedado atrás de un vidrio y ya no podíamos hablar (horas después me confesaría que si bien disimuló muy bien, el estómago también le daba vueltas).

El muchacho rubio, que se cagaba de risa cuando le decía que realmente estaba asustado, me llevó hasta la cornisa y contó dos veces antes de que yo me animara a saltar. Pero la segunda vez que gritó “Go!” lo hice. Moví los pies hacia ddelante y me dejé caer. La descarga de adrenalina y la sensación de libertad fue inmensa. Los primeros metros fueron de caída libre, luego la velocidad disminuyó gradualmente. Cuando llegué al suelo la satisfacción (y la excitación) era tal, que demoré varios minutos en recuperar la capacidad de razonar.

Pero no sé para que tanta cháchara, para mi vergüenza (y vuestro deleite), aquí les dejo el video:

Después de esto nos fuimos a tomar unas cervezas y no tuvimos reparos en pagar once dólares cada copa. Incluso tomamos unos helados y terminamos la noche conociendo la “zona roja”. Habíamos conocido un nuevo significado para la palabra “intensidad”.

Al día siguiente nos fuimos de Auckland y nos despedimos de este país con paisajes de montañas, glaciares, fiordos y lagos humeantes. Fue la mejor despedida que podríamos haber tenido.

Ahora no sólo recordamos esta ciudad con mucho cariño sino que además somos de esos miles que pueden gritar “yo salté de la SkyTower!”.

Comentarios

2 Comments

    1. Sebastián Villar
      Sebastián Villar

      Qué julepe en ese instante justo antes de dar el paso… pero esa adrenalina no tiene precio, creo. El “yes!” del final es memorable jaja Cero capacidad de pensamiento en ese momento

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