Día 1 – Tierra de hobbits y mujeres macizas

Queenstown
Queenstown desde lo alto

Auckland nos recibió con un cielo totalmente cubierto. La temperatura, con sus veintidos grados, fue el síntoma que confirmó la lejanía de Montevideo. Pero antes de ver las nubes en la salida del aeropuerto, nos llamó la atención los movimientos en migraciones de varios policías con perros sabuesos que olfateaban el equipaje de algunos pasajeros.

Este control, que obviamente no tenía nada de nuevo, me pareció una linda metáfora para presentarnos la conducta ordenada y firme de la sociedad que nos estaba recibiendo.

Estábamos en la terminal de vuelos internacionales y a las dos horas debíamos abordar un vuelo local hacia Queenstown. Para esa conexión, según nos indico en tono amable la oficial de migraciones que nos selló los pasaportes, teníamos que dirigirnos a otra terminal tomando el ómnibus línea verde. La parada estaba a unos treinta metros de la entrada del aeropuerto. En ese momento descubrimos que la señora habló del ómnibus verde, porque el sistema de transporte parece organizarse por colores: mientras esperábamos el verde pasaron otros pintados de azul, de rojo y de amarillo. Todos pintados con colores plenos.

Otra característica que distingue a estos aeropuertos es la tranquilidad de las personas que atienden los mostradores y el ritmo calmado de la gente que circula por sus galerías.

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El vuelo a Queenstown salió puntualmente a las nueve y diez de la mañana. Una diferencia con el servicio a bordo de los vuelos anteriores es que ahora el café y los sandwiches los servían únicamente a quienes estaban dispuestos a pagarlos.

Una segunda observación que me surgió durante el vuelo es que las azafatas eran de estatura media y cuerpos macizos. Con brazos gruesos y espaldas anchas. Podría decirse que son un poco cabezonas pero quizás nos les caiga en gracia. Bueno, probablemente también sean panzonas aunque el resto de sus facciones redondeadas sirvan para disimularlo.

A partir de este último comentario se me ocurre otra interpretación sobre la sociedad neozelandesa: aquí viven las mujeres gruesas. Así que vinculándolo con el pensamiento anterior puedo decir que este es un país de sabuesos entrenados y azafatas fornidas.

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Y llegamos al sur. Ahora el cielo estaba despejado pero la temperatura, con sus dieciseis grados, nos advertía que en pocos minutos deberíamos agregarle ropa al cuerpo.

El impacto apenas bajamos del avión fue grandioso. La escenografía de la pista de aterrizaje, ubicada en una planicie abierta, se conformaba por un fondo de montañas rocosas que se perdían a lo lejos entre nubes grises y blancas. No soporté la belleza de ese entorno y saqué la cámara del bolso para estrenarla en este continente.

El interior del edificio estaba decorado con colores fuertes combinados con muy buen gusto. Pesaban mucho los tonos rojizos y amarronados en contraste con el color crema de algunas paredes. No había una gran cantidad de locales y eso me permitió detectar fácilmente una chocolatería de marca Patagonia. ¿Quién iba a pensar que una de las primeras palabras que encontraría impresas serían una referencia a tierras argentinas?

La gente mantenía la misma calma que en las terminales anteriores.

Para llegar al centro de Queenstown, donde teníamos reservado el hostel, pagamos cuarenta y cinco dólares neozelandeses (dólares “kiwi”). Podríamos haber esperado un ómnibus pero en ese caso pagaríamos doce dólares cada boleto.

Conseguimos estos piques en la oficina de turismo del aeropuerto, atendida por un hombre veterano, calvo y corpulento, con muy buena disposición hacia el trato de turistas. Allí mismo también coordinamos el salto en bungee que Virginia y Rafa harán mañana.

Una acotación sobre la atención que recibimos en esa oficina de turismo: usted podrá decir que el hombre nos atendió bien porque ese es su trabajo pero dejeme decirle que en los hechos el funcionamiento no es tan lineal. Como ejemplo sugiero considerar al señor que atiende la oficina turística en el aeropuerto de Carrasco. El día que volamos desde Uruguay se me ocurrió preguntarle por cajeros automáticos cercanos al aeropuerto y para recibir respuesta tuve que suplicarle ayuda porque ni siquiera me dijo buen día.

Otra acotación referida a oficinas turísticas es que Queenstown debe ser el pueblo con más oficinas turísticas por habitante del mundo. No quiero arriesgar cifras pero quizás haya una oficina cada tres turistas. Ese es un dato que se puede verificar caminando cinco o diez minutos por sus calles.

Mientras nos trasladábamos al hostel, para tantear la amabilidad de los lugareños y conocer su acento, intenté conversar con el chofer. Entendí casi todo lo que decía aunque desconozco si él podrá decir lo mismo de mi balbuceo. Lo importante igual e sque hablamos de temas personales, como que estaba casado con una japonesa nacida en Kyoto y de temas macro como que en Queenstown tiene una población de treinta mil personas (incluyendo a los turistas).

Horas más tarde confirmaríamos que ese pueblo es básicamente un pueblo turístico. Allí todo lo que hay está pensado para la industria del turismo. Hoteles, hostels, restaurantes, un catálogo infinito de actividades al aire libre y deportes extremos y una organización muy bien aceitada.

Primero procuramos alimentos y bebidas para almorzar. La última comida que habíamos ingerido había sido la que nos sirvieron en el vuelo de LAN.

Teníamos el pique de que existe un lugar muy popular donde sirven las mejores hamburguesas de esta zona. Se llama Fergburguer y la verdad es que son unas hamburguesas enormes y muy ricas. Para tomar compramos una caja de doce botellas chicas de cerveza Grolsch.

El almuerzo lo montamos en la cocina del hostel que tiene una vista increíble hacia el lago Wakatipu.

Después de comer y acomodarnos en la habitación, descansamos media hora hasta que salimos con rumbo a una atracción que se llama Luge y consiste en subirte a unos autos estilo kart pero sin motor que bajan desde lo alto de la colina principal de Queenstown y alcanzan una velocidad suficiente para que el cuerpo libere adrenalina.

Grise descendiendo en su Luge
Hasta la cima subimos en unos teleféricos que aquí le llaman Gondolas.

Estuvimos un rato largo jugando estas carreras hasta que se nos terminaron los boletos y decidimos bajar para recorrer el lugar. Caminamos por la orilla del lago. Allí desarrollaron una especie de rambla donde los bares y restaurantes instalaron sus terrazas.

Mientras caminábamos llegamos a un consenso en cuanto a que la cantidad de turistas es muy superior a la cantidad de habitantes nativos que viven acá.

Hablamos con unos pibes de Austria. Luego en el supermercado nos atendió una cajera mexicana, más precisamente de Guadalajara. Y en el hostel se nos acercó un chileno que nos reconoció por el idioma y, a juzgar por su verborragia, tenía ganas de hablar español.

A las nueve de la noche, entre el efecto jet lag y la caminata, ya estábamos liquidados pero Rafa y Grise se pusieron el equipo al hombro y quisieron aprovechar la cocina del hostel para cocinar un guiso y comer rico sin afectar la salud de la billetera. Ah, sí, por cierto: aquí no hay precios baratos.

Yo dediqué los minutos finales del día a bajar las fotos y escribir este post.

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